Perversión de caudillos

Perversión de caudillos

Opinión
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Los guerrilleros sandinistas eran muchachillos que con los rifles empuñados recorrían calles, barrios, comunidades y rancherías.


Al triunfo de la revolución sandinista en Nicargua, derrotado Anastasio Somoza y su dinastía, hube de viajar a Managua en una comisión legislativa. México había jugado un papel tangencial pero importante al romper relaciones con el régimen del dictador a la vez que ayudó a los rebeldes, ya victoriosos, con víveres, medicinas y otros enseres. 


Los guerrilleros sandinistas eran muchachillos que con los rifles empuñados recorrían calles, barrios, comunidades y rancherías. Abrían, casi a golpes, los cuartos en los hoteles para revisar o simplemente ver el interior. Su comandante era Daniel Ortega.


Impresionaban la desolación y la miseria pues además de la destrucción por el levantamiento se había dejado sentir un terremoto.


Ya José López Portillo, en su calidad de Presidente de México, había dado en la plaza de Managua un discurso (junio 23 de 1979) en el que dijo:


“Sean firmes en sus ideales. Nicaragua para todos los nicaraguenses sin distinción”.


Al mando del comandante Daniel Ortega los alzados hacían uso de los bienes somociastas: residencias, autos y demás, con el fundamento de que aquello no lo podían vender y menos destruir.


Las brigadas de alfabetización cubanas ya habían llegado desde plena guerra y se dispersaban por el territorio para a la vez adoctrinar en el marxismo.


Fueron precisamente los enviados de Castro quienes les enseñaron a los seguidores de César Augusto Sandino (un rebelde sumamente humilde a quien en su museo, que no era más que casita de teja, se le mostraba en el realismo miserable que vivió), digo los ilustraron los cubanos respecto de la forma de controlar al pueblo: por calles, manzanas, barrios, zonas rurales.


En todos esos sitios un comité con su enlace en recia cadena, que controlaba acciones, movimientos y comunicaba, casi al momento, lo que acontecía. El dominio resultaba absoluto pues, como si dijéramos, así se tenía el pulso de partidarios, indiferentes y enemigos.


Personas de la iniciativa privada invitaron a los delegados mexicanos a charlar para ilustrarnos respecto a los, para ellos, graves problemas que enfrentaban.


Ninguno de mis compañeros de viaje quiso ir. De plano por miedo a discrepar de la línea sandinista. Yo los escuché. Uno de sus planteamientos fue que comenzaban a ser incautadas empresas, a elevarse estratosféricamente los impuestos y cobros de toda índole. Que como había dos cerveceras, los sandinistas ya se habían apoderado de una a la que le subieron la proporción de alcohol a 14 grados en tanto que la otra marca la dejaron en nueve. La producción agrícola y pesquera casi nula.


En una reunión con los comandantes sandinistas nos hicieron como 50 peticiones, desde ladrillos, cemento, varilla para la reconstrucción, hasta alimentos y equipo de hospitales. Argüían que “el gran presidente López Portillo nos lo prometió” lo cual no era de dudar dado el temperamento de don José y el momento de euforia, que de vez en vez le prendía hasta los huesos.


El marxismo o comunismo fue el signo de los jóvenes que encabezaron la revolución y aunque hubo elecciones en que el poder quedó en manos de la oposición de todas formas Daniel Ortega, a poco andar los años, se encaramó en el mando para tener, ya por varios periodos, todo bajo su control a grado que ahora es Presidente y su mujer la vicepresidenta.


Resulta un nuevo dictador que maneja todo con los “enlaces” a su servicio. Sus medidas contra asegurados, pensionados y estudiantes, han levantado una nueva revolución en la que incluso se involucra, como mediadora, la Iglesia católica militante.


Todos reclaman que cese ya la persecución y matanza; ésta los opositores la cifra en más de 400 muertos. Ortega asegura que no alcanza a ser de 200, como si la cifra fuese un termómetro que midiera lo justo o explicara el apego al poder. Organismos internacionales han demandado que se acorte el mandado del nuevo dictador y se convoque a otro evento electoral. Ortega se resiste.


A dos años del triunfo revolucionario, que fui otra vez a Nicaragua, encontré recostruida buena parte de Managua, lo que se hizo con ayuda internacional, sin distingo ideológico. México había enviado 200 camiones para pasajeros, ya que ese servicio se hacía en carretas. 


Esos autobuses permanecían prácticamente desechados porque les tronaron las cajas de velocidades. En la única librería abierta se encontraba literatura marxista y la historia de la Cuba castrista. Nada de obras de Cardenal, Pablo Antonio Cuadra o Rubén Darío, lo que daba idea clara hacia dónde se encaminaba la ideologización del pueblo.


Lo grave de este acontecer lacerante y cruel, hablando en plano histórico y político, está en que a través de las redes de control que los cubanos les enseñaron, Ortega tiene una mano y si se quiere las dos para manipular en su favor. 


En un nuevo evento electoral él, con sus cadenas, podría volver a ganar si le permitieran ir de nuevo a otra campaña o dejar a unos de sus incondicionales en la nueva presidencia. Eso, claro, si el pueblo inconforme no se organizara para salvar a Nicaragua de otra revolución.