18 agosto 1973, nunca más

18 agosto 1973, nunca más

Opinión
|

Sobre una tragedia y vivencia personal como las de miles de irapuatenses que vivimos...

Javier Martín Ruiz.


Luego de haber comentado algo sobre la historia de los barrios de Irapuato, iniciando con el ‘barrio de Guadalupe’ y el puente del mismo nombre, abro un paréntesis para platicar algo de lo mucho que se ha escrito, pero nunca agotado, sobre una tragedia y vivencia personal como las de miles de irapuatenses que vivimos la inolvidable -por trágica-, pero con grandes experiencias positivas de vida; sí, me refiero a la inundación de ese 18 de agosto de 1973, la cual debe ser recordada ,’siempre’, y no por masoquismo, es decir, por estar continuamente metiendo el dedo en las llagas que aún permanecen abiertas producto de esa inundación; no, es bueno y necesario para que, uno, las autoridades respectivas, constaten positivamente, con estudios profesionales  suficientes y gran, enorme responsabilidad, protejan a la población y áreas vecinas de otra, por mínima que fuera, inundación, y esto se logrará con planes y medidas preventivas, como ya lo he comentado anteriormente, que aseguren la tranquilidad de la población en la que se encuentran inmersos igualmente los familiares de esas autoridades. Lo sabemos que el dragado de los ríos, canales y arroyos que nos suelen afectar debe ser constante, así como la limpieza de sus cauces eliminando tantas plantas que crecen en sus orillas y la basura que los habitantes tiramos indebidamente, afectando todo esto la libre corriente de las aguas por esas vías húmedas. Para esto no es suficiente, ni remotamente, la gran cantidad de letreros que señalan ’prohibido tirar basura en este lugar’, porque, como ‘no se aplica la ley’, los ciudadanos seguimos tirando basura indebidamente en esos y más lugares. No he sabido, hasta ahora, alguna persona que haya sido apercibida, multada y hasta procesada por ser reincidente en este delito que colectivamente puede ser de fatales consecuencias para todos. Conocemos que lo que se necesita para proteger a la ciudadanía es difícil y costoso, pero la seguridad no tiene precio y el reto y compromiso de las autoridades es precisamente el otorgar esa seguridad y tranquilidad subsecuente. Irapuato cuenta con una desventaja y esa es la falta de pendientes en sus terrenos; esto hace que el agua no pueda, por superficie, correr rápida y libremente, y bajo de ellos, los drenajes y demás sistemas de conducción de las aguas residuales, como las de lluvia y las negras, tienen que realizarse a grandes metros de profundidad, sin deber exceder la profundidad de los pozos, plantas de tratamiento, y luego los ríos, arroyos, etc., donde se descargan esas aguas; dos,  que esta experiencia de vida, sirvan para que las generaciones actuales y las venideras tengan constancia de lo que las anteriores a ellos padecieron y sea, esta memoria,  objeto para que continúen trabajando por asegurar un lugar tranquilo para ellos y sus sucesores, con el conocimiento, muy grave, del peligro que corremos todos por el cambio climático y la destrucción que estamos realizando, todos, de la naturaleza, fuente de nuestra vida.


A continuación, transcribo parte del libro ‘La ciudad sacrificada’ que escribí ‘vivencialmente’ a escasos dos meses de esa inundación, experiencias las que, si no se han vivido, no se pueden entender cabalmente como, para entenderlo mejor, si nunca se ha estado preso no se entenderá cabalmente a los presos: día dieciocho de agosto de mil novecientos setenta y tres y en muchos de sus lugares, uno y dos días más, como en la calle de Allende, donde vivía con mi familia-, en la que todavía el lunes veinte por la mañana aún había agua en su arroyo-, me parece que es necesario seguir conservando en la memoria algo de lo sucedido cuando nuestra ciudad y poblaciones aledañas fueron cubiertas por las aguas. Estos comentarios desean ser un homenaje a todas las personas que, vivas, resistieron los embates de esa agua que, convertida en muerte amenazaba con destruirlas. Igual se convierte en respetuoso y sentido recuerdo para tantas personas que murieron mediante una muerte espantosa al ser revolcados y tragados por esa agua asesina y que, muchos de ellos recibieron como tumba, una fosa colectiva, desnudos y terriblemente deformados, en el panteón municipal.


No es fácil resumir un hecho como el sucedido en Irapuato ese imborrable día y, menos aún, transmitir el cúmulo de tan aterradoras emociones que experimentamos todas las personas que padecimos la inundación en aquel día en que las aguas del bajío -parte-, concentradas aguas arriba de nuestra ciudad se volcaron sobre ella después de reventadas las presas de, Santa Ana del Conde, la Sardina, la Sandía, la Llave, la Gavia y la del Conejo en sus dos secciones: el alto y el bajo Arandas. Señalo que no es fácil porque, nunca dejaré de señalarlo, los miles de personas que vimos entrar el agua en nuestras casas, lo hicimos con la angustia terrible de ver en esa agua nuestra muerte. En esos momentos y durante las horas y horas en que continuamos viviendo esa pesadilla veíamos como se acercaba la hora de nuestra muerte en la medida en que el agua subía y subía, no sabíamos hasta cuánto y cuándo –y eso era espantoso-, pues estábamos condenados, casi, a morir ahogados, lenta y conscientemente.


En la calle de Allende el agua subió un poco menos de dos metros. Se dice fácil, pero, ¿El lector de estas líneas podrá entender lo que significó para cada una de las personas que lo vivimos el ver como el agua fue subiendo centímetro a centímetro, metro a metro, trepando por los muros y amenazando los espacios que arriba de nuestras casas eran amenazados cada milímetro con llegar a ellos el agua y ahogarnos irremediablemente? En esas circunstancias, ¿a dónde podría correr una persona?, ¿Dónde refugiarse?, ¿A quién pedir auxilio?... La noche de ese día fue terrible. Solo imaginemos el siguiente cuadro que describo para usted, lector amigo. El agua -en la calle de Allende- entró a las dos de la tarde y el trabajo fue empezar porque rápidamente cubrió el arroyo, las banquetas y entró a las casas por todas las rendijas que encontró. Cuando entró a nuestra casa –en el número 212, donde aparece una placa de barro vitreado con la fecha de la inundación y unas ondas en azul que indican la altura máxima del agua-, ya se habían brincado por azoteas veintisiete vecinos que ahí encontraron refugio y estuvieron con nosotros, algunos de ellos, más de un mes. Como un paréntesis, imagine nuestra casa con treinta y una personas en ellas en la planta alta –porque la baja se encontraba prácticamente cubierta por el agua-, sin agua potable, sin energía eléctrica ni teléfono, sin baño por no contar con agua corriente, en cuatro recamaras, una estancia para la televisión y un pequeño espacio para la costura. Sin conocernos la mayoría, y prácticamente sin alimentos y, lo peor, como ya lo señalé, viendo cómo se acercaba inexorablemente el momento de nuestra dramática muerte. La noche fue terrible. Sin energía eléctrica, la ciudad se quedó totalmente a oscuras; no una sola luz, ni un solo ruido -cinco mil vehículos se encontraban bajo ese líquido inmundo-, únicamente el sonido desesperante del agua en las calles corriendo brutalmente y subiendo su nivel amenazante. Cada casa, cada manzana estaba convertida en islas donde náufragos a punto de ser parte de un holocausto brutal, asistían a su propio sacrificio. Con estos recuerdos escritos termino este artículo. Continuaré el próximo domingo en las páginas de este estimado Diario platicando más sobre el ‘barrio de Guadalupe’. Acepto críticas constructivas para este trabajo. 


 


[email protected]