La hidra
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Opinión
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Demasiados años de grosera impunidad en el que debiera ser un templo de la civilidad. Una sola palabra nos introduce al túnel: porros.


Hay mucho de desesperación acumulada, de amenazante presagio. Demasiados capítulos similares, demasiadas incógnitas, interrogantes del origen que sin embargo tienen un claro perdedor: la legalidad. Demasiados años de grosera impunidad en el que debiera ser un templo de la civilidad. Una sola palabra nos introduce al túnel: porros.



Hay una víctima concreta que se concentra en cuatro letras que son un patrimonio nacional: UNAM. Allí está el semillero de muchas generaciones, de nuevas universidades, el invernadero de la mayor parte de la ciencia nacional, de las artes. A las carreras tradicionales como medicina, derecho, ingeniería y muchas más, se suman la innovación obligada que nace en los centros e institutos. La UNAM está en la historia nacional. Hay nuevas instituciones de educación superior muy sólidas, públicas y privadas. Pero si se escarba un poco detrás hay un vínculo seminal con la UNAM. Esas cuatro letras troquelan al país.



Pero justo allí la grosera impunidad ha echado raíces. Una falsa interpretación de la autonomía como extraterritorialidad, como si se tratara de un planeta aislado de las leyes, ha propiciado que se le vea como una madriguera para la delincuencia común que de por sí goza de la impunidad general, gran reina de nuestro país. Los recuerdos se agolpan. Guillermo Soberón, -un gran Rector- para no irnos hasta el doctor Chávez, presidiendo el Consejo Universitario levanta la mirada y ve entrar a un grupo de vándalos con antorchas que interrumpen al máximo órgano de gobierno universitario. Hay minutos de crisis con las amenazantes llamas allí en el edificio de Rectoría, edificio insignia para todo el país. ¿Quiénes son, de dónde vienen, qué pretenden? Todo se queda sin respuesta. La paternidad de los distintos agresores siempre ha quedado velada. Jorge Carpizo intenta de todo, el doctor en derecho es incapaz de deshacer el nudo. La violencia soterrada brota por aquí y por allá.



José Sarukhán, otro gran Rector y orgullo científico de México, hereda una Universidad embarazada de un Congreso Universitario que dio voz a todas las corrientes, aborda asuntos nodales como la posibilidad de tener cuotas diferenciadas, y de nuevo la autoridad se echa para atrás. La acumulación de traiciones de las autoridades de la ciudad de México y las Federales manda señales a todo el país. Los rectores navegan solos y esa soledad es pública. Sarukhán logra retomar el rumbo académico para la Institución, a pesar de las múltiples traiciones.



A Juan Ramón de Fuente le toca un capítulo que pone los pelos de punta. Casi un año de suspensión de actividades por una huelga que cobija todo tipo de intereses, un coctel explosivo justo en plena sucesión. Y de nuevo ni el Jefe de gobierno, (precandidato) ni el Secretario de Gobernación (precandidato) respaldan a la autoridad universitaria, soy testigo de llamadas telefónicas sin respuesta, de presentación de denuncias que no siguen su curso. El vandalismo asienta sus reales. Ernesto Zedillo espera cauteloso a que la nueva Policía Federal tenga los conocimientos y la práctica para el operativo. Toma la decisión sin consultar al Rector, sólo así podía tomarla, asume la responsabilidad. El operativo es exitoso, limpio y la UNAM regresa a su “normalidad”. Pero claro, en el lenguaje simbólico, el Auditorio Justo Sierra convertido en Che Guevara, queda reducido a una madriguera donde se reproduce una ilegalidad ostentosa.



Y ahora la historia se repite, a un conflicto interno del CCH Azcapotzalco sigue una muy extraña agresión física a los estudiantes de dicho plantel, justo frente a Rectoría, con métodos similares a los utilizados por los halcones en 71, los agresores cruzan la Ciudad de México violando todo tipo de normas de tránsito, los recibe una extraña tolerancia de los cuerpos de seguridad universitaria, que siempre han sido la representación de la impotencia. Pero en el origen la trama -que en realidad se parece a una tragedia clásica, conocemos de antemano el fin- es la misma: a las autoridades locales y federales les tiembla la mano, prefieren mirar a otra parte, máxime que estamos a 50 años de horror de Tlatelolco y la sombra amenaza. Establecer o restablecer la legalidad en la UNAM siempre ha sido un asunto discrecional. Por eso mismo se convierte en imán de la perversión.



Ahora se llama Enrique Graue y tiene que lidiar con cuchillos, palos y bombas molotov. Y la procuraduría capitalina libera a dos implicados. La señal es de nuevo la misma: las autoridades universitarias son impotentes para lograr la aplicación de la ley, dependen de la siempre flexible voluntad de las autoridades locales y de las federales. El Rector de nuevo navega solo, como respuesta recibe el vacío que pagaremos todos los mexicanos por la reproducción de la hidra de la impunidad.


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