El ‘Anónimo’ se esconde a simple vista
El ‘Anónimo’ se esconde a simple vista

El ‘Anónimo’ se esconde a simple vista

Opinión
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Esta opinión no carece de fundamentos.


Cada vez más, me pregunto si el contrariado alto funcionario del gobierno de Trump que escribió la columna de opinión sin firma en The New York Times en realidad representaba a un grupo, como en una trama del “Asesinato en el Expreso de Oriente” en la que todos los asesores de alto rango de Trump sabían de ello y estaban de acuerdo.



¿Por qué? Porque el artículo describió a la perfección el pacto con el diablo que todos ellos firmaron con este presidente: Donald Trump es una persona amoral, deshonesta y perturbada; un hombre en absoluto apto para ser presidente, pero, como el autor anónimo escribió de manera interesada: “Hay puntos brillantes que la casi incesante cobertura negativa del gobierno no ha captado: desregulación efectiva, una reforma fiscal histórica, un Ejército fortalecido, entre otros”.



Ese es el credo republicano anónimo de hoy: sabemos que Trump es un cretino, pero les tienen que gustar las cosas buenas; tienen que admitir que sus recortes fiscales, desregulación, destrucción de Obamacare y escalada militar han provocado tanto crecimiento, gasto en defensa y alzas históricas en el mercado de valores que somos más ricos y estamos más seguros como país, incluso si Trump está loco de remate. Así que nuestra conciencia está limpia.



Esta opinión no carece de fundamentos. El crecimiento económico y el empleo claramente se han disparado desde que Trump asumió el cargo. Eso me alegra.



Sin embargo, ¿qué pasa si el presidente en realidad está aumentando la temperatura de nuestra economía quemando todos los muebles de la casa? Vamos a estar calentitos y a sentirnos bien —al menos por un tiempo— pero ¿dónde van a dormir nuestros hijos?



¿Qué pasa si los recortes fiscales, la desregulación y el desmantelamiento de Obamacare sin ninguna alternativa, así como el alza en el gasto militar de Trump en realidad son iniciativas mal concebidas y centradas en el corto plazo que en general hicieron caso omiso de las opiniones de expertos —porque principalmente surgieron de comentarios improvisados en los mítines de Trump para alborotar a la gente— y en conjunto equivalen a un exceso que no solo será insostenible sino que dejará a nuestra economía mucho más vulnerable a largo plazo?



Tomemos esa opinión y démosle un giro: estoy a favor de los recortes fiscales corporativos, a gran escala, pero yo los habría compensado con un impuesto al carbono, un impuesto al azúcar, y otro a las transacciones financieras a pequeña escala. De esa forma, liberaríamos la energía de nuestras corporaciones mientras mitigamos el cambio climático e incentivamos la creación de la próxima gran industria mundial —la energía limpia—, ponemos un freno al asma infantil y la diabetes y no aumentamos nuestra deuda interna, y por ende nos hacemos más resilientes como país.



Cuando, al mismo tiempo, Trump recorta los impuestos corporativos, retira a Estados Unidos del Acuerdo de París, trata de revivir la industria del carbón disminuyendo las normas que regulan la contaminación y debilita los lineamientos para el ahorro de combustible en el caso de los automóviles y camiones hechos en Estados Unidos, está agrandando con creces las deudas financieras y de carbono que pesarán sobre nuestros hijos.



Además, lo está haciendo a pesar de las advertencias de muchos economistas de que aumentar el déficit cuando la economía ya está creciendo bien es muy imprudente, porque podríamos necesitar ese dinero para incentivar nuestra salida de la próxima recesión.



Así mismo, lo hace en un momento en el que casi todos los científicos climatológicos han advertido que los sucesos de clima extremo provocados por el calentamiento global —como las sequías, las inundaciones y los incendios forestales— presentan un marcado aumento y estamos ante la última oportunidad que tenemos de mitigar el cambio climático a fin de que podamos controlar los impactos que ya son inevitables y evitar los que son aterradoramente incontrolables.



En junio, The Associated Press informó sobre la más reciente encuesta del Fondo Monetario Internacional sobre la economía estadounidense, que concluyó que como resultado de “los recortes fiscales y los aumentos esperados en los programas de defensa e internos de Trump, el déficit en el presupuesto federal como porcentaje de la economía en su totalidad excederá un 4,5 por ciento del PIB para el año próximo, cerca del doble de lo que era hace apenas tres años”. Un “incremento así de grande... no se había visto en Estados Unidos desde que el presidente Lyndon Johnson a finales de los años sesenta aumentó el gasto para la Guerra de Vietnam al mismo tiempo que adoptaba sus programas de la Gran Sociedad”.



Ante una deuda de esas dimensiones, que no podrá superar, continuó el artículo de The AP, parafraseando el informe del FMI, Estados Unidos “podría tener que tomar medidas dolorosas en lo político”, como recortar los beneficios de la Seguridad Social y aumentar los impuestos a los consumidores (tal vez también tengamos que limitar el gasto en las nuevas carreteras, puentes e investigación).



Tal vez quieran hacerles saber eso a sus hijos.



Existían formas responsables de recortar impuestos a las cosas que queríamos proliferar —como la inversión corporativa— y al tiempo aumentarlos en las cosas que queríamos disminuir —como el carbono, la especulación financiera imprudente y la diabetes— que podrían haber estimulado la creación de empleos y el crecimiento, pero que también nos iban a hacer más resilientes en lo financiero y en lo ambiental. Sin embargo, tanto Trump como la multitud republicana anónima las rechazaron, tal como lo hicieron con las mejoras inteligentes a Obamacare, para optar por su absoluta desaparición.



Así que cuando los republicanos dicen que les indigna la ignorancia y la indecencia de Trump, pero adoran sus “desregulaciones” y “reformas fiscales” —esas palabras tan asépticas— esto es lo que les fascina: tomar enormes riesgos fiscales y ambientales —deshaciéndose eficazmente de nuestros parachoques y neumáticos de refacción que tal vez pronto podríamos necesitar para sortear la próxima tormenta financiera o climatológica— a cambio de un auge económico y político a corto plazo.



¿Qué tanto se diferencia eso de la indecencia de Trump? Seamos claros, Trump engañó a su esposa, pero su partido ahora está engañando a sus hijos. Díganme quién es peor.


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