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Quieren mano dura en Brasil

Por Enrique Gómez Orozco

Jair Bolsonaro, el candidato conservador de Brasil, quedó muy cerca de ganar la mayoría absoluta en la elección de ayer. Con un 46 por ciento de la votación, está en el umbral de ganar la segunda vuelta electoral, como se acostumbra en ese país.
Hay un fantasma que recorre al mundo; el autoritarismo conservador ejemplificado por Donald Trump en EU, Vladimir Putin en Rusia, Recep Tayyip Erdogan en Turquía, o Rodrigo Duterte en Filipinas.
En Brasil la gente se hartó de la corrupción política, del estancamiento económico y la matanza creciente con las bandas de narcotraficantes y el crimen organizado.
El ánimo cambia muy rápido en la población. Tomemos el ejemplo de Estados Unidos: en 2008 Barack Obama encabezó una de las campañas políticas más fantásticas que hayamos presenciado. Mientras estados Unidos enfrentaba la peor recesión desde los años treinta, Obama lanzaba con su palabra clara e impecable un mensaje de esperanza. “Yes we can”. Y seguro que pudo. Gobernó con la alianza de las fuerzas liberales y progresistas de su país. Puso en su gabinete a la gente más preparada, ilustrada y sensible. Sacó de la crisis la economía y regresó al sendero del crecimiento sostenido y el aumento de la productividad.
Obama termina como el presidente más popular, como el hombre que restablece la jerarquía política de Estados Unidos en el mundo. Sin embargo su partido pierde la elección que ya daban por ganada. El resultado lo conocemos: llega Trump, un aprendiz de presidente con un grado de narcisismo exacerbado, ignorante, con una visión primitiva del mundo y sus complejidades y pone al globo de cabeza. El líder del mundo libre convertido en el “clown” de todos los países desarrollados y civilizados.
Si Bolsonaro gana la segunda vuelta, Brasil escenificará algo semejante al regreso de Augusto Pinochet o Fujimori, mezclado con Trump. Llegará legitimado y seguro con todo el apoyo del Ejercito al que ha enaltecido en su campaña.
Cuando los países sufren corrupción, desorden, estancamiento y engaño tras engaño de los políticos, la susceptibilidad de la gente los envía a los extremos. Venezuela abrazó a Hugo Chávez. Le creían todo, aunque lo que dijera nunca tuviera sentido.
En México, hartos del PRI y el PAN, los votantes voltearon a ver al líder carismático y le entregaron la mayoría en las cámaras. El ciudadano no tiene muy claro cómo funciona la economía; cuánto producimos y cómo lo administra el Gobierno. Lo que sí sabe es como la inflación limita los salarios; sabe de sobra la inmensa corrupción del presente sexenio y la violencia interminable que termina con la vida de 3 mil mexicanos al mes.
López Obrador, a diferencia de todos los presidentes duros, autoritarios y corruptos, promete un país amoroso, como de poesía de Jaime Sabines. Sabemos que eso no resolverá los problemas pero se agradece el espíritu de tolerancia política. Lo que no sabemos es si esa estrategia pueda desencadenar en 6 años el ascenso de un ultra derechista que quiera regresar al país al orden perdido (por la fuerza). Si las recetas de AMLO no funcionan, en poco tiempo surgirán miles de Bolsoranos en las redes sociales. Pedirán pena de muerte, corte de manos a los ladrones o celebrarán los linchamientos contra delincuentes.
Sería un descenso como el que sufrirá Brasil de llegar otro dictador (electo). Ya veremos que pasa en pocos días.