La identidad en el aire

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Opinión
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REACCIONAR Y RESPONDER

Foto: am


Sin lugar a dudas vivimos en tiempos difíciles para nuestra nación, sobre todo para la juventud (que abarca mujeres y hombres).
Se conmemoran hechos terribles que nos traen dolorosos recuerdos: se cumplieron ya 5 décadas de lo sucedido en Tlatelolco, un año más sin conocer el verdadero paradero de los normalistas de Ayotzinapa, lo que les pasó a los estudiantes de cine en Guadalajara, el reciente evento en la UNAM que enfrentó a porros contra la comunidad universitaria y un sinfín de brotes de violencia, represión, impunidad, asedio y en general un clima hostil para todo aquel que piensa diferente.


La pregunta crítica será: ¿cómo sonreír en un mundo donde tantos sufren? ¡Vaya dilema espinoso! Frente a una realidad tan aplastante y siniestra, no podemos quedarnos ajenos, abstraídos, ensimismados o distantes, tenemos que por lo menos tomar o asumir una postura, pronunciarnos, intentar decir algo.


En este sentido parece que se trata de reaccionar y en primera instancia será cierto, pero no basta con indignarse, sentirse triste hasta las lágrimas o lleno de rabia; habrá que encausar y hasta sublimar dichos sentimientos en algo más, en algo propositivo, una acción que sirva o que por lo menos denuncie lo abominable y deleznable de este mundo. Habrá entonces, en un segundo momento, que responder.


El arte, desde la creación y el disfrute estético, tiene toda la potencialidad para lograr este cometido, ya que si bien responde a una reacción, no se queda en este ámbito, se concreta en una obra o experiencia que terminarán por ser ya en sí mismas respuestas.


Citando al poeta yucateco Manuel Irís “hacer un poema o leerlo es un acto político, porque quien lo ha hace ha optado por crear en lugar de ceder a la destrucción”.


Es importante hacer la advertencia aquí: la rabia desbordada y la tristeza absoluta nos pueden llevar al camino de la impotencia, que bien puede culminar en el de la destrucción y por otro lado: la distancia y el silencio serán rutas seguras para la inacción y hasta la complicidad.


Se trata pues de conmemorar no para lacerarnos todo el tiempo, es con el propósito de recordar la potencialidad que existe en los humanos, tanto para el bien, como para el mal, saber que somos capaces de actos escalofriantes y desde el arte poder conciliar eso, al sabernos también creadores. Y en espíritu se conmemora para que nunca más se repitan sucesos así.


Además de ser ejercicios empáticos, en favor de todo aquel que sufre; porque si bien tenemos impedida su experiencia de dolor por no estar viviendo lo mismo que él, si podemos hacer el esfuerzo de ponernos en sus zapatos, para que por lo menos tratemos de imaginar el impacto de su pérdida y podamos reconocer como legitima su exigencia de justicia y esclarecimiento de los hechos.


Y finalmente recordar jamás sentirnos a salvo de la cruel realidad que azota al país, porque resulta que las burbujas son siempre precarias, vuelan vulnerables en pantanos llenos de agresivos peligros y las fauces monstruosas ya se abren ansiosas y listas para soltar la poderosa mordida, también en nuestra ciudad del viento.