América y la agenda de ultraderecha

América y la agenda de ultraderecha

Opinión
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En los últimos tiempos, hemos visto cómo algunos movimientos de ultraderecha han logrado posicionarse en una lista considerable de países de América Latina. Como podrán imaginarlo, su agenda incluye, entre otras ideas, una férrea oposición a los derechos de las personas LGBTQ+, y el firme rechazo a los derechos de las mujeres, desde la igualdad básica, hasta el derecho a decidir sobre sus cuerpos. Su creciente influencia es visible en los medios de comunicación, en redes sociales, e incluso a través del abanderamiento de sus causas por parte de personajes políticos contemporáneos.


Aunque no son evidentes, existen algunos factores que han incidido en elevar la preferencia electoral hacia esos discursos y sus respectivas llegadas al poder. Uno de estos factores es el apoyo de ciertos sectores de la iglesia evangélica. El ejemplo más conocido, es el de los Estados Unidos y su actual presidente, quien contó con el aval de una considerable cantidad de personas afiliadas a esta congregación religiosa en las elecciones de 2016.


En Latinoamérica también tenemos algunos ejemplos. Los casos de Jimmy Morales, pastor evangélico y hoy presidente de Guatemala, y el de Fabricio Alvarado, quien llegara a la última ronda de la elección presidencial en Costa Rica, dan cuenta de cómo se han fortalecido estas posturas. A su vez, en nuestro país, tras la reciente elección, vimos cómo el Partido Encuentro Social (PES), un partido de bases evangelistas, sumó bastantes simpatizantes a sus filas.


Un caso más reciente y además peligroso, es el del brasileño Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia de dicho país, quien parece imbatible en la contienda. El perfil del personaje se describe a través de sus propuestas y comentarios. Este capitán retirado del ejército, posee un largo historial de comentarios como: “prefiero que un hijo mío se muera en un accidente a que ande con un bigotudo por ahí”; “ella no merece [ser violada], porque es muy mala, porque es muy fea, no es de mi gusto”; “no emplearía a hombres y mujeres con el mismo salario, a pesar de que hay mucha mujer competente”; “el error de la dictadura fue torturar no matar”; o los afrobrasileños “no hacen nada, […] no sirven ni para procrear”. Estos son una muestra de misoginia, homofobia y racismo. Particularmente, Bolsonaro ha logrado sumar el apoyo evangélico -aproximadamente 42 millones de personas brasileñas- y es identificado como el candidato que habla su idioma.


Evidentemente, la oportunidad para el despunte de estas personas ha sido generada por la ineficacia de los Estados al garantizar el bienestar de la población. Con justa razón, la ciudadanía harta de gobiernos que no han sabido cumplir con exigencias básicas, ve a estos como una opción viable, como un cambio radical hacia el orden. No obstante, vale la pena preguntarnos si ese hartazgo justifica el rumbo que se está tomando en la región.


Frente a la laicidad como principio de los estados democráticos y sociales de derecho, las ideas religiosas radicales se refuerzan y se entremezclan en la vida pública como sucede en otras latitudes en el mundo. Empero, bajo ninguna circunstancia pueden comprometerse los avances en materia de derechos humanos, que tantos años de lucha han costado. Las libertades fundamentales enfrentan tiempos difíciles y se hace más que necesario el compromiso de no ceder en el terreno ganado.


Amicus, “Derechos Humanos por el cambio social”


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