Lo asesina por una deuda de ¡152 pesos!

Lo asesina por una deuda de ¡152 pesos!

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Las autoridades policiales acudieron al lugar de los hechos en y los testigos afirmaron que se debió por una deuda de 7 euros.

Policía en el lugar de los hechos. Imagen: Especial.

Roberto y Dani, una pareja de policías que lleva junta más de cuatro años patrullando las calles de Madrid, apenas se estaban desperezando cuando recibieron el primer aviso. Eran las 6.50 del 3 de julio pasado, apenas 20 minutos después de arrancar su turno. En ese momento no podían saberlo, pero en un estrecho margen de horas se encontrarían con un cadáver con el rostro desfigurado, un testigo con sentimiento de culpa y dos presuntos asesinos a la fuga. ¿El motivo? Siete euros.

Unas horas antes, en algún punto de la madrugada que nadie sabe concretar con exactitud, un indigente rumano llamado Florin dormía, aparentemente solo, en el parque Enrique Tierno Galván, en el sureste de la ciudad. Lo hacía en una zona infantil con columpios y tobogán, sobre un suelo acolchado. Un viejo conocido, Eugene, y un amigo de este que acababa de llegar de Rumania, Adrian, lo despertaron para exigirle dinero. Florin se negó a dárselo y fue entonces cuando los dos, veinteañeros, lo apalearon hasta la muerte, según la versión policial.

Utilizaron un tutor, una estaca que sirve de soporte a los árboles jóvenes. El primer sanitario del Samur que vio el cadáver pensó que le habían descerrajado un tiro en la cara. “Es de las agresiones más brutales que he visto nunca”, cuenta el agente Roberto.

Vivía con más personas en situación de calle 

Frente al parque infantil, en una construcción con techo pero sin ventanas ni paredes, siete indigentes han levantado ahora un pequeño campamento con tiendas de campaña. Una mujer francesa y seis hombres. Uno de ellos, Nicola Timu, rumano de 42 años, conocía a Florin y era íntimo amigo de Eugene. Asegura que el crimen se cometió por siete euros que le reclamaban a Florin, de 40 años. Dice que él ha fumado coca con Eugene, y da cuenta de su carácter violento. Ofrece una explicación farragosa de quién debía a quién, si se trataba de una deuda o un robo. Lo único que no varía de su testimonio es la cifra: siete euros. Muy poco para una vida humana.

El grupo de sin techo del Tierno Galván tiene en la estación de autobuses de Méndez Álvaro, a cinco minutos a pie, un lugar en el que pasar los días. Entre la multitud pasan desapercibidos. Allí tienen un refugio contra el frío, baño, enchufes para cargar los móviles. Sentado junto a un pilar, con la maleta entre las piernas, Marian Craciun, bien peinado y erguido, pasaría por un viajero cualquiera. Pero no va a ningún lado. También es amigo de Eugene. Vivieron juntos en una chabola y después viajaron por varias ciudades de la Costa del Sol, donde trabajaron en la construcción. “Sin droga es buena persona. Muestra respeto. Pero con ella, enloquece”, cuenta Craciun, de 62 años. Dice que tras el crimen —del que él no se había enterado ese día— vio a Eugene merodear por la estación, alterado, incapaz de fijar la vista. No ha vuelto a saber de él. Craciun tiene la tentación de avisar a la madre de Eugene —es huérfano de padre—. Según le contó en sus viajes, vive en la región de Dolj, en el sur de Rumania.

En efecto, Florin no dormía solo la noche del asesinato, aunque los atacantes pudieran creer que sí. A unos metros, aunque oculto junto a unos setos, descansaba alguien que llamaremosel testigo. Ese día habría de pasar por tres situaciones emocionales transitorias: pavor, remordimiento y expiación. Con el sueño liviano de quien descansa al aire libre, sobre las tres o cuatro de la madrugada —no está seguro— oyó unas pisadas. Escuchó la discusión, cómo subía de tono, y más tarde los gritos y alaridos que precedieron a los golpes mortales. El testigo fingió que dormía. Después se hizo el silencio. Continuó un rato echado, intentando conciliar el sueño. No pudo. Se levantó, vio el cuerpo tirado de Florin pero no se acercó. Estaba a punto de amanecer.

Se internó en el parque en busca de un jardinero. Encontró a uno. Fue ese empleado municipal quien llamó a la policía. El testigo regresó al lugar del crimen y dijo que por primera vez comprendió que Florin estaba muerto. Tenía la cara deformada, molida a golpes. Se topó entonces con uno de los dos agresores, que había vuelto a recoger una mochila y a deshacerse en unos matorrales de la estaca con la que habían golpeado a la víctima.

—¿Qué has hecho? ¡Estás loco! Te va a agarrar la policía —, le increpó el testigo.

—No me va a coger nadie. Me voy a mi país—, contestó y echó a correr.
El testigo venía rumiando lo ocurrido, según quienes estuvieron con él en las horas posteriores.

¿Pudo evitar el asesinato de Florin? Quizá. ¿Lo hubieran matado también a él por entrometerse? Es probable. Entonces se llenó de determinación y contó lo que había visto. Acompañó a la estación de autobuses a la pareja de policías, Dani y Roberto, y señaló con el dedo a uno de los supuestos asesinos, al que ya habían localizado y rodeado varios agentes de paisano. No le dio tiempo de comprar ningún billete. Eran las 10.30, apenas unas horas después del crimen, y ya estaba casi resuelto. La pareja de policías lo logró en un tiempo récord. Homicidios detuvo al segundo implicado cuatro horas después.

La zona infantil en la que se produjo el asesinato, en el parque Tierno Galván de Madrid J. D. Q.

Por contraintuitivo que parezca, el mundo de los sin techo es más pequeño de lo que parece. Muchos se conocen, en persona o de oídas. Duermen a la intemperie en cualquier recoveco de Madrid pero a las horas sagradas de las comidas se dan cita en los comedores sociales, que son un hervidero de información. Es raro el que no tiene móvil. Tras lo ocurrido, el testigo se supo expuesto a represalias, incapaz de esconderse. Dijo que pronto se iría, cambiaría de ciudad, de país, y pidió prestar declaración en lo que se conoce como una prueba preconstituida, lo que le evitará tener que presentarse en el juicio.

En el parque todavía flota el recuerdo de Florin, el hombre apaleado por una cantidad miserable. Los jardineros le recuerdan rondando el punto limpio, sin meterse en problemas. Si le pedían por favor que se apartara porque tenían que desbrozar, se retiraba y daba las gracias.

 

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