Freddie Mercury para fans

Freddie Mercury para fans

Espectáculos
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Los autores han elegido la más obvia, y quizá la más comercial y menos artística: la inspirada en el mito sin recovecos.

Rami Malek, en 'Bohemian Rhapsody'.

Ante una biografía tan imponente como la de Freddie Mercury, con tantas esquinas y hasta esquinazos, vertientes musicales, vitales, emocionales, sexuales y sociales, caben múltiples posibles películas. Los autores de Bohemian Rhapsody han elegido la más obvia, y quizá la más comercial y menos artística: la inspirada en el mito sin recovecos, solo con facetas, que no es lo mismo, pues lo primero supone una indagación compleja, y lo segundo, un simple recorrido.

Queen fue un grupo con millones de fanáticos acérrimos que nunca fue santo de la devoción de los especialistas, sobre todo a partir de su etapa disco, desde Hot space. Y esa vertiente musical quizá sea lo mejor de la película de Bryan Singer, que logra un itinerario comprensible y detallado desde sus enérgicos inicios, con la rabia efervescente de Keep yourself alive, cuando podían acercarse tanto al hard rock de Led Zeppelin como al glam de David Bowie, quizá sin mucha coherencia, pero con las ansias de experimentación que culminaron en la gloria del álbum A Night at the Opera. En una película que en su fase de preproducción ha sufrido tantos cambios (de guion, de protagonista y de director), la labor final de Singer en este aspecto musical se intuye primordial, y el director de Sospechosos habituales demuestra ser un notable narrador.

Asunto distinto es el de la personalidad de Mercury y la exposición de sus contradicciones. Tiene a favor la interpretación de Rami Malek, un portento físico en el escenario y también en la mirada de la desolación, el cariño y el extravío. Y tiene en contra el relato de dos aspectos fundamentales en la vida del cantante: las drogas y el sexo. Que sean las elipsis las que dominen ambos andamios narrativos ya lo dice todo. A Freddie nunca se le ve en acción, y el sexo se limita a besos románticos con su amor platónico femenino, Mary Austin, y con su última pareja, Jim Huttton, pero sin polvos, ni de los unos ni de los otros, salvo los restos del naufragio de la coca y el billete enrollado sobre una mesa tras una noche de farra. Y además se nota que no han querido hurgar en el dolor de la fase final de la enfermedad, dejando impoluta la imagen del mito: los únicos rastros del sida son de otro joven enfermo, en el que Mercury, recién diagnosticado, se mira como quien observa un espejo del futuro.

Los guionistas, Anthony McCarten y Peter Morgan, ambos de peso, saben encontrar su Yoko Ono particular, su estereotipado malvado revientagrupos, en la figura de Paul Prenter, mano derecha y asistente durante buena parte de su vida artística. Pero, al mismo tiempo, sorprende cómo ponen en boca del villano la frase quizá más certera sobre la personalidad de Mercury, sobre su soledad constante, sus complejos y la apostasía de sus orígenes familiares.

Así que en demasiados aspectos el recorrido no pasa de lo superficial y lo sentencioso, culminando con una larga secuencia final que se configura como el paradigma de la película para fans que es Bohemian Rhapsody. Los 20 minutos reales de Queen en el escenario de Wembley, durante el concierto Live Aid, se reproducen casi al completo. Pero solo es la imposible reconstrucción digital e interpretativa de un momento irrepetible, en el que ni los efectos de multiplicación de la masa en el estadio ni las reacciones del público alcanzan la autenticidad necesaria para tan extenso clímax musical y emocional.