Separar el poder político del poder económico

Separar el poder político del poder económico

Opinión
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En México la separación Estado-Iglesia fue un parto muy doloroso.


En México la separación Estado-Iglesia fue un parto muy doloroso. Las Leyes de Reforma generaron una guerra civil entre liberales y conservadores, miles de muertos y enormes penurias y postraciones para los mexicanos. El clero condenó a Juárez al infierno, pero la Historia le concedió el título de “Benemérito de las Américas”.


La jerarquía eclesiástica nunca perdonó al Benemérito la nacionalización de los bienes de la Iglesia. La expropiación fue acompañada de otras leyes: fin al fuero eclesiástico; el nacimiento, el matrimonio y la defunción, actos civiles, no religiosos; también las nuevas leyes prohibían a los curas participar en política y puestos públicos, con el fin de que no intervinieran en asuntos de gobierno. Además, se decretó el Estado y la educación laicos y la libertad de credos.


El alumbramiento de la Constitución de 1857 fue excusa para que el arzobispo de México amenazara con la excomunión a los católicos que la juraran; además, Pío IX en la encíclica Quanta Cura condenó su contenido y pidió no obedecerla. Un dato singular fue que en su preámbulo la Constitución inicia: “En el nombre de Dios y con la autoridad del Pueblo Mexicano…”


El presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, permanentemente hace alusiones a la historia nacional; sus iconos referenciales son Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. Establecer continuidades y rupturas con el pasado es una preferencia de AMLO. Dicho lo anterior, en campaña sucedió algo que conectó inmediatamente Andrés Manuel con el pasado histórico: Cuentan que en un mitin de campaña un campesino se le acercó y le dijo: “si Juárez separó a la Iglesia del Estado, ¿por qué usted, como Presidente, no separa el poder político del poder económico? Lo anterior no lo olvidó el Presidente.   


Posteriormente los medios de comunicación dieron a conocer el ríspido encuentro entre el Consejo Mexicano de Negocios (CMN) y Andrés Manuel López Obrador. Éste hizo a los 50 hombres más ricos de México un viejo planteamiento, pero que sigue teniendo vigencia y urgencia: separar al poder económico del poder político. “Una cuota de la gran corrupción, entendida ésta como parte del sistema de gobierno, tiene su origen en la rapacidad de grupos de empresarios dispuestos a comprar a quien sea con tal de hacer negocios, los cuales, por lo regular, son sucios,” les espetó AMLO.


Lo anterior probablemente tenga mucha relación con la decisión de cancelar el NAIM. En entrevista días antes de tomar la decisión de cancelarlo, López Obrador insistió en que dentro del sector empresarial hay un grupo que quiere seguir mandando en México y mantener sus privilegios. Entonces, así como hubo la separación en su momento del Estado y de la Iglesia, porque a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, se necesita ahora una separación del poder económico y el poder político, expuso.


Decía algún amigo que era imposible separar la economía del Estado… ¡Cuidado! no es lo que pretende el próximo gobierno. En nuestra Constitución a la letra dice que el Estado será rector de la economía. De lo que se habla es de disminuir la corrupción y evitar que un grupo que controla el poder económico siga mandando sobre el Estado Mexicano. El Estado y el Capital tienen sus funciones bien claras y no es sano que se entremezclen en oscuras componendas.


Pero algo muy importante es que México no regrese al pasado del Estado-Empresario, intervencionista, que pretendía ser propietario y empresario; Andrés Manuel es un liberal en cuanto a lo social, pero en lo económico es un hombre de Izquierda, con la visión intervencionista del Estado. Pero éste debe enfocarse solamente en las funciones de seguridad, justicia, orden interno, y ser proveedor eficiente de servicios sociales. En fin, actualmente es inadmisible volver a la visión del Estado de los 50.


Es condición sine qua non que se actúe bajo el principio de subsidiaridad. Este principio se basa en que el gobierno federal sólo debe actuar cuando los otros órdenes de poder, sector privado, gobierno local o gobierno estatal, no puedan solucionar eficazmente determinada cuestión. El principio de subsidiaridad está implícito en toda estructura federal.


Es sabido por todos que existe una división de poderes: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, que teóricamente representan a los tres grandes poderes en los que se asienta el Estado. Pero no nos equivoquemos, lo cotidiano y pragmático nos muestra otra realidad, que las cosas no son como deberían de ser, esta separación no existe y habría que agregarle un cuarto poder: el económico.


Entonces hablemos de realidades: en México el Poder legislativo y el judicial convergen en el poder político de mayor peso: El Ejecutivo, que a la vez vive en permanente simbiosis con el cuarto poder. Éste apoya al poder político para ascender, en la confianza de que su prestación tendrá una contraprestación, por supuesto económica, que se traduce en beneficios y negocios enormes a costa del bien común. Habitualmente, aunque con sus honrosas excepciones, el cuarto poder, los grandes oligarcas, no se conciben a sí mismos como integrantes del cuerpo social, sino más bien como los rectores del futuro de las vidas los mexicanos y de los derroteros del País.


Si los tres poderes tienen que converger en el bien común y en el interés general de todos, se observa que el poder económico distorsiona esta convergencia en aras del bien particular de unos pocos en detracción del interés general de otros muchos. Por lo tanto, el principio de separación de poderes se altera en el sentido de que los tres poderes están al servicio del interés individual del capital.


La toma de poder por parte de AMLO, cancelando el NAIM, fue dolorosa y equivocada. Si el Presidente electo sospechó que el NAIM era el negocio del sexenio y empresarios, podía haberles dado a beber la sopa de su propio chocolate concesionándoselos y que le devolvieran al gobierno la costosa inversión realizada, o auditar y corregir los abusos y excesos que pudiera haber ahí. 


A los mercados no les gustó la medida, la Bolsa perdió 17 mil millones de dólares en un día, lo que sería más de lo que costaría el Aeropuerto. Pero la mayor pérdida fue de confianza de parte de los buenos empresarios y de amplios sectores de la clase media. El argumento del ahorro se vino al piso, se difuminó en las sumas y restas… Ahorrar significa guardar para el futuro, pero sucedió lo contario: se gastó capital político y costará más el cambio.


No hay discusión alguna sobre la importancia de combatir la corrupción. Ésta ha sido ya casi una cultura de los gobiernos, pero la verdad sea dicha: la corrupción se da entre el poder económico y el poder político. El sexenio que termina fue peculiarmente corrupto, y no fue solo el Ejecutivo federal, fueron también gobernadores, alcaldes, diputados, de todos los partidos; en fin, un sexenio de corrupción de los cuatro poderes y los correlativos de estados y municipios.


Para avanzar es condición que gobierno y sociedad caminen juntos. Las grandes decisiones y reformas no funcionarán si no van acompañadas de las estructuras sociales y la opinión pública. Bienvenida una Izquierda progresista, no aquella que vive atrapada por fantasmas, perpetua evocadora de viejos agravios; una izquierda cuyo quehacer sea tarea de convivencia social, de elaboración y conquista de lo posible, sin renunciar a lo deseable. Una izquierda que renuncie a trastocarlo todo, para empeñarse en cambiar lo inadmisible. Con líderes respetados y respetables, no con caudillos y profetas iluminados.