Oposición

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Opinión
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Mucha tinta ha escurrido para tratar de interpretar el sentido del voto de la última elección.


Mucha tinta ha escurrido para tratar de interpretar el sentido del voto de la última elección. Cada quien ha hecho sus inferencias, algunas verdaderamente fantasiosas. Pero ceo que es más o menos sencillo entender que el voto, como la compra de productos, se produce por una motivación límbica y no intelectual. 


Por eso resulta inútil culpar a sesudas elucubraciones de los ciudadanos la decisión de su sufragio. Es muy claro, se votó contra un gobierno corrupto, en contubernio con un sistema de partidos colonizados por la corrupción, así de fácil. 


Esta situación tiene hartos a los ciudadanos, que durante meses vieron cómo se repetían los más variados escándalos de peculados en todas las administraciones públicas: federal, estatal y municipal. Ningún partido quedó a recaudo, ni el PRI, el más señalado, el PAN, el PRD o el Verde. Todos iguales, en el mismo basurero.


Lo más importante en esta última votación no es el triunfo de Andrés Manuel López Obrador, sino el fin del sistema de partidos como lo conocíamos en México. Y lo que sorprende son las pretensiones de algunos, de continuar el modelo, hecho picadillo el 1 de julio, como si nada hubiera sucedido. A los ciudadanos ya no les interesan los partidos políticos que ellos mismos pulverizaron. 


Ante el desastre, el disminuido PRD anuncia un cambio de piel, e incluso de nombre. Su pequeña estructura, ya parece más una asociación política. Sus tribus resultaron formadas por caníbales, que se devoraron hasta engüirse a sí mismos.  


La tragedia del Sol Azteca se plasma en el triunfo abrumador, de un fatuo futbolista, en el estado de Morelos, que era gobernado por el perredismo. Ni las manitas metieron.


El partido Verde ha perdido su tinte. Rápidamente se colorearon de guinda, entregándole a Morena, a sus diputados, para conformar la ansiada mayoría calificada en la Cámara Baja. 


La promiscuidad con que se conducen los verdes, hacen patente el asco por la política de una mayoría de ciudadanos, que ya no se sorprenden por cada asonada que lleva a cabo este pseudopartido, dedicado a la recolección de dádivas y negocios. Durarán en tanto López Obrador desee mantenerlos vivos. Son escoria.


Los únicos que han mostrado avances son los militantes de Movimiento Ciudadano. Un buen desempeño de sus cuadros en Nuevo León y el contundente triunfo en Jalisco, les dan bríos para seguir adelante en sus intenciones de consolidarse en las áreas que ya dominan y avanzar en otras regiones. El liderazgo de Enrique Alfaro pronto sustituirá la desgastada conducción de Dante Delgado.


El PRI está prácticamente fuera de la competencia electoral. Sus militantes emigran rápidamente a donde huelen posibilidades de perdurar en la vida política. Los escombros del priísmo, son ahora propiedad de Salinas, el dueño absoluto de esas ruinas.


Y el PAN… ¡ay el PAN! De no ganar el ala renovadora, ligada a principios y valores, y decidida a establecer un combate radical contra la corrupción implantada en el blanquiazul, sólo dará pasos rumbo al abismo. Su actual dirigencia se empeña, haciendo a un lado el electrizante mensaje de julio, en reconformar al partido, a imagen y semejanza del que ya fue derrotado. 


Los perfiles de los dirigentes postulados por esta camarilla, son exactamente los que los ciudadanos repudiaron en la última elección. Pero son empeñosos, tercos y ciegos. Persisten en intentar vender un producto descontinuado y desacreditado por los reiterados moches, a los que se han acostumbrado sus representantes y funcionarios.


Transitando ese camino, el partido tendrá menos votos, menos posiciones políticas y menos empleos que ofrecer a sus incondicionales. En poco tiempo solo sus más encumbrados lideres encontrarán abrigo en unas pocas candidaturas plurinominales. Acabarán, por su proclividad a los “bisnes”, mimetizados con los verdes, lo que prefigura un fatal y ominoso destino.


Morena no es un partido político, es un movimiento en torno a un fuerte liderazgo. Se trata de la armadura electoral de un modelo autoritario, que “se cansa ganso” de imponer su obcecada voluntad a los mexicanos. López Obrador aún no toma posesión, y ya está mareado por el poder, al igual que varios de sus allegados. 


No va a lograr controlar su ego. La multiplicación de adulaciones, halagos y lisonjas, por cualquier gracejada que se le ocurra, lo llevará al borde de una patología narcisista. No hay gobernante que aguante tanta zalamería.


Por eso resulta muy importante la conformación de una verdadera fuerza opositora, capaz de hacer frente a Morena en la mayor parte del territorio nacional. La hegemonía basada en torno a un caudillo iluminado es peligrosísima para el destino de un país. Tiene que ser acotada a base de votos. Y los votos no se consiguen con dirigencias y gobiernos cargados de mala fama, que son coleccionistas de sufragios en contra. 


Algo nuevo debe surgir, que envié un mensaje de ánimo a los ciudadanos, que no encuentran un espacio adecuado para participar en política sin ensuciarse las manos o aceptando la frase “todos lo hacen”. 


El fango no es el hábitat de la buena ciudadanía, a ésta hay que entregarle espacios compactos y limpios, desde donde puedan despegar nuevas y fulgurantes candidaturas, confiables y pulcras, que ganen elecciones.


Una oposición encabezada por los personajes tradicionales, desfigurados por la corrupción que ostentan, solo contribuirán a consolidar el autoritarismo. Esos distorsionados “liderazgos”, no sirven para hacer oposición. Pueden ser demolidos de un testarazo. Dan asco y risa.


El tiempo pasa raudo y veloz. El 1 de diciembre se acerca, y los mexicanos debemos comenzar a crear opciones de participación política funcionales, frente al designio hegemónico. No nos tardemos más, debemos empezar ya. 


Los panistas tienen la oportunidad de hacerlo el próximo 11 de noviembre en sus elecciones internas. Los demás que puedan deben de comenzar la reconfiguración cuanto antes, o la oportunidad se va.