Faraónico

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Opinión
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Error dicen algunos, grave error. Pero errar es parte de la condición humana. Uno pretende A y el resultado es diferente. Un médico puede...


Error dicen algunos, grave error. Pero errar es parte de la condición humana. Uno pretende A y el resultado es diferente. Un médico puede errar en su diagnóstico o en la prescripción, pero no pondremos en duda su intención: curar. “Bien acierta quien supone que puede errar”, reza, repito, una sentencia de Quevedo. Pero esto no fue un error.


¿Qué fue? No fue un error porque todos los pronósticos iban en el mismo sentido. Cancelar el NAIM sería una pésima señal sobre la conducción del país. Afectaría los mercados, a las inversiones y a la credibilidad de la nueva gestión. En el diagnóstico no hay duda. Negarlo es una necedad. Del costo real apenas comenzamos a registrar algunas señales: “La decisión... será recordada en la historia económica como una de las peores estupideces de un presidente”. La reproducción al infinito de la simple oración del editorial del Financial Times, ya selló al nuevo gobierno. Los costos en cascada se irán sumando, como ocurre casi siempre con los mercados.


No fue un error, porque ahora lo que está en entredicho es la intención última del nuevo gobierno. Pasar obsesivamente de una obra en proceso y autofinanciable a una carísima ocurrencia, quiebra el sentido común. Los mexicanos no íbamos a pagar por el nuevo aeropuerto, ahora sí pagaremos,  y es mucho dinero que tendrá que restarse a otras obras.


Por qué hacerlo. Por qué empeñarse en Santa Lucía rodeada de vivienda, áreas lacustres, carente de vialidades, arrebatándole a las Fuerzas Armadas una instalación estratégica para su operación y además muy apreciada. Ronda la necesidad de una explicación. No hay proyecto ejecutivo ni estudios de impacto ambiental para Santa Lucía, pero se alega con la naturaleza en la boca. Qué cinismo.


Por qué correr el riesgo de hacer el ridículo nacional e internacional como lo están haciendo. La intención no queda clara y eso introduce, de entrada, una enorme suspicacia y sospecha sobre el proceder de los nuevos gobernantes. Como agravante está la mentira. Ellos sabían de la imposibilidad técnica desde hace tres años, allí está la minuta de la reunión con el Secretario de Comunicaciones en la cual, con toda claridad, los expertos se los hicieron saber. Ellos saben que “la mentada consulta” es una forma obvia de engaño que la sociedad mexicana recordará como piedra de toque de lo que venga.


Con la peor desvergüenza usaron aviesamente el nombre de un mexicano respetabilísimo, un gran científico de la UNAM y del Colegio Nacional, Emilio Rosenblueth, ingeniero notable empeñado en la prospectiva de la cual carece totalmente la obsesión de enterrar Texcoco, para avalar la “consulta”. Pero entonces, ¿de qué se trató la farsa?


Lo primero es la soberbia. Fue una demostración de poder. Ni el sentido común de la población, ni los técnicos, ni el equipo, léase futuros secretarios de Hacienda y Comunicaciones, tienen algo qué decir. Voy solo, se someten a mis deseos, los demás son corte, comparsa. Al futuro secretario de Comunicaciones lo dejan contra la pared. Al de Hacienda con una bomba financiera de corto tiempo. Pongámoslo en perspectiva. En 48 horas, por distintos conceptos e impactos, la estolidez de la que habla Financial Times, costó al país 17.5 billones de dólares, es la suma del dinero enterrado, las indemnizaciones, las pérdidas de las empresas y fondos mexicanos, más otros rubros, así se llegan a esa cifra. Faltaría sumarle el probable aumento de tasas de referencia de Banxico.


Pongámoslo en presas. El Cajón y La Yesca, las dos mayores presas generadoras de electricidad para millones de mexicanos construidas en las últimas décadas, costaron cada una alrededor de 850 millones de dólares. O sea que AMLO tiró a la basura -antes de tomar posesión- 20 presas en un solo anuncio, en 48 horas. Qué poder... destructor. La ignorancia sobre lo que son los nuevos aeropuertos lo exhibe. Viajar no le hubiera caído mal. Demasiado tarde. La confrontación con los inversionistas privados apenas comienza. El costoso trauma está allí.


La factura de su gestión empezó a crecer desde antes de portar la banda. Los acompañantes son ya cómplices. Por más que nos bombardeé con otros temas, el NAIM no caerá en la desmemoria. Es una ofensa mayor.


Lo faraónico no es construir un aeropuerto autofinanciable para 50 millones de potenciales pasajeros.


Lo verdaderamente faraónico radica en pensar que se tiene derecho a gobernar destruyendo riqueza.