A partir de los 60

A partir de los 60

Opinión
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Aunque después de llegar a los 60 años uno siga siendo productivo, ágil y activo, la incertidumbre de cuánto más tiempo seguiremos


Aunque después de llegar a los 60 años uno siga siendo productivo, ágil y activo, la incertidumbre de cuánto más tiempo seguiremos disfrutando de todas nuestras facultades puede acechar constantemente. Así también la angustia de cómo terminaremos nuestros últimos días se hace presente. Es posible que estos pensamientos no lleguen en un principio, pero cuando se ven casos deplorables a nuestro alrededor las preguntas llegan solas y uno se cuestiona: ¿Me sucederá a mí?


Aunque conozco miles de hijos e hijas que cuidan y procuran a sus ancianos padres con mucho cariño y paciencia, también he visto a mi alrededor casos de amigos que han sido desechados por sus hijos, ya no rinden en el negocio como antes, el hijo ya no necesita más del padre; la hija ya está harta de atender las necesidades de su madre que cada vez requiere más atención. Y todo se centra en una palabra: inutilidad. Uno pasa de la utilidad a la inutilidad.


Recientemente escuché una plática que reflexionaba sobre este tema, la cual compartiré con ustedes. El conferencista decía que la vejez es ese tiempo en el cual se acaba la utilidad y entonces ya sólo queda el ser persona. En un mundo en el que se cataloga y mide a la gente por sus habilidades y posesiones, ¿qué pasa cuando éstas ya no existen, cuando ya se perdieron? ¿Dejarán de quererte porque ya no eres simpático, porque ya no cantas y bailas, porque sólo miras desde una silla de ruedas, porque ya no escuchas ni puedes seguir el hilo de una plática?


Es un privilegio envejecer al lado de las personas que te aman, ya que cuando se  pierde esa “utilidad” seguirán amándote como persona.


¿Quién puede proporcionarte la tranquilidad de ser inútil y al mismo tiempo mantener tu valor de persona? Tener a alguien que aunque ya seas aparentemente un bulto, te saque a tomar sol y, sobre todo, luego no olvide meterte. ¡Qué maravilla contar con ese alguien que te procure para tomar aire fresco y al mismo tiempo te cubra para que no tengas frío! Alguien que sepa acoger nuestra inutilidad, alguien que nos mire con cariño, que aunque sepa que ya no servimos de mucho, nos sigue viendo con valor. Alguien que ame esa inutilidad para no sentir el deseo de echarnos de su vida. Sólo el amor nos da las condiciones de cuidar del otro hasta el fin.


Con frecuencia escucho los malabares que hacen las amigas y amigos para atender a sus padres entre el trabajo, los hijos y los nietos. Situación que seguramente hace sentir incómodos a los ancianos progenitores. Ahora se tienen pocos hijos y muchos padres y madres buscan un lugar de adultos mayores donde puedan pasar sus últimos días atendidos, sin causar molestias a sus descendientes.


La plática termina con una frase estupenda: Feliz aquel que tiene al final de la vida la gracia de ser mirado a los ojos y escuchar la voz que dice: Tú no sirves para nada pero no sé vivir sin ti, porque te amo.