La Identidad en el aire

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Opinión
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Tiempo al tiempo: el sentido entre el ciclo y lo lineal.

Diseño: Grupo AM

Principalmente son dos las concepciones para entender al tiempo: por un lado tenemos lo cíclico y por el otro a lo lineal.

La mejor forma de representarnos la primera idea es con un círculo, en tanto que se repite y no tiene comienzo ni final.

La segunda es la antítesis: al ser una recta, necesariamente, empieza y termina en algún punto, por más alargada que ésta sea.

Si rastreamos y analizamos el pensamiento de varias de las primeras culturas notaremos que entendían al tiempo de manera cíclica, se aprecia bien en los griegos antiguos y en tradiciones más distantes como las mesoamericanas. ¿Por qué? Sin duda por la relación más directa que tenían con la naturaleza.

Ante nuestros ojos lo natural responde a ciclos que se repiten infinitamente, así lo dejan ver las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno, todo para volverse a reiniciar, sin destino ni meta más allá del mero acontecer. También sucede con la noche y el día, es un ir y venir.

No es difícil entender que en un pasado un tanto remoto el hombre al saberse no sólo inserto, sino también parte de la naturaleza, percibía los ciclos y se movía con base a ellos; así llegaron los días de las cosechas y otras prácticas que adquirieron valores rituales, porque daban y creaban sentidos necesarios para entender la concepción de temporalidad de cada cultura.

Muchas cosas pasaron, pero sus efectos y consecuencias se sienten en nuestros propios tiempos: nos desterramos de lo natural, creamos una distancia entre los demás animales y nosotros, nos asumimos diferentes.

Y frente a nuestra necesidad de encontrar el propósito de nuestras existencias, entre otras muchísimas cosas, llegamos a una concepción lineal: creemos que estamos aquí para cumplir con algo y en lo colectivo se piensa que la humanidad tiene una meta, un destino. Escuchamos el canto de la sirena que recitaba: progreso, progreso y progreso.

Hoy vivimos tan rápido que no nos está quedando ni el sagrado tiempo de añorar. Recrudecido por una lógica capitalista, donde el principio es la producción incesante, percibimos el devenir como agua que se escapa entre las manos: imposible de parar, veloz y poco sustancial para nuestras vidas.

Para comprobar esto basta con ir a cualquier centro comercial, ya desde octubre ofrecen artículos navideños, síntoma de que ya no alcanzamos a entender el sentido del ciclo, los rituales que tanto servían para conmemorar y prepararnos para entender los cambios (que se repiten) se han transformado u olvidado. Vivimos el tiempo, pero ya no lo entendemos.

Y con el profundo deterioro de la naturaleza todo se ha agudizado más, ya ni en ella sentimos el ciclo, las estaciones comienzan cada vez más tarde, tenemos inviernos con lluvias, primaveras con frío, otoños calientes y veranos extraños.

La nostalgia tiene una potencialidad de resistencia, pues frente a este tiempo avasallador e imparable, que sin darse cuenta tiene de meta la autodestrucción, la melancolía abre una brecha en el tiempo, lo suspende, para detenerse a pensar en lo perdido. Y entre lo que ya se ha ido, considerar y atender a lo que aún puede ser.

Lo que nos queda es actualizar nuestros rituales, procurar celebrar las festividades tradicionales (pero anticipándose a ellas, no dejando de nos atropellen con su secesión implacable), darle sentido al tiempo, encantar de nuevo nuestros días y reconciliarnos con la naturaleza, misiones que no son nada sencillas de realizar, pero aún los pachuqueños necesitamos encontrar y crear nuestro propio tiempo, si queremos asentar una identidad.