La Utopía y el sentido de la realidad. O por qué deseo estar equivocado

La Utopía y el sentido de la realidad. O por qué deseo estar equivocado

Opinión
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El país que dibujó el presidente Andrés Manuel López Obrador fue un sueño, una utopía.


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l país que dibujó el presidente Andrés Manuel López Obrador fue un sueño, una utopía. Un México sin corrupción, sin impunidad, con desarrollo social y económico. Un presupuesto equilibrado y con crecimiento, una sociedad que sale del fango de corrupción a la responsabilidad individual y colectiva, a la honestidad como norma. 


También será un país donde el “neoliberalismo” dará paso a una Cuarta Transformación donde los gobernantes vivan con honesta medianía, lejos de los “oligarcas”. Será la muerte del neoliberalismo para que el Estado equilibre los factores de la producción y ayude a quienes no tienen oportunidades. Un gobierno que atenderá a los olvidados del libre mercado. “Primero los pobres por el bien de todos”. 


Los sueños mueven al mundo, las utopías permiten imaginar paraísos y aceptar que evolucionamos siempre hacia algo mejor. Sin duda los discursos del nuevo Presidente están llenos de visiones donde él no puede fallar, donde la voluntad del pueblo y su apoyo a esa transformación no podrá ser vencida por la realidad. 


La realidad es distinta. Enrique Peña Nieto aseguró que la corrupción era un asunto cultural. Lo vimos en nuestras narices no mover un dedo ante denuncias concretas y ofrecer protección a los delincuentes. 


El problema es: ¿cómo cambiar de un día para otro la conducta de los servidores públicos y de los oligarcas que hacen negocios con ellos?


Dijo AMLO que empezaría por arriba, que las “escaleras se barren de arriba hacia abajo”. Muy bien. Imaginemos lo que sucede en Pemex, en la CFE o en las múltiples entidades públicas. Su historial es negro. Las obras son un río interminable de dinero para los funcionarios que celebran las licitaciones amañadas. Qué decir de las compras o los permisos y concesiones.


Parar la corrupción en seco sería tanto como quitar la adicción de las drogas a un enfermo crónico. 


A cada propuesta de cambio del nuevo gobierno valdría la pena agregarle un ¿cómo?


El que más preocupa es cómo crecer y desarrollarnos sin libre mercado, sin la apertura al mundo y a los capitales nacionales y extranjeros. El desastre de Texcoco y la broma del Tren Maya desalientan porque son ocurrencias sin base técnica. 


Ayer tuvieron que anunciar la recompra de mil 800 millones de dólares en bonos para que no reviente la bomba, además de seguir la obra del NAIM por dos semanas más. Eso fortaleció 25 centavos el peso. Si lo dejaran construir y no destruir, ahorraríamos 6 mil millones de dólares, bajarían las tasas, se recuperarían los Afores y el peso se apreciaría. Además, tendríamos un maravilloso aeropuerto en dos o tres años. 


Un buen amigo me pide tener optimismo. Sé que todos estábamos hartos del PRI y el PAN por su negativa de actuar en contra de la corrupción. Por eso llegó AMLO.


Ahora preocupa el desconocimiento de la economía y la inexperiencia del nuevo gabinete como riesgos mayores. Tal vez sea un asunto personal, pero uno de los mayores deseos que tengo es estar equivocado. Nada me gustaría más que en dos o tres meses el país se enfilara a una mayor prosperidad y justicia. Que me dijeran, “ya ves, estabas equivocado”. Así saldríamos de la pesadilla todos quienes creemos tener un sentido de la realidad.