México decidió…

México decidió…

Opinión
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Andrés Manuel López Obrador llega a la Presidencia con un índice de popularidad del 66% según la encuesta de El Economista.


“En algunos círculos empresariales parecieran estar de luto. Piensan que el sábado comenzará un desastre nacional. Pero… siento diferir. Creo que sí, tendremos problemas y habrá enormes retos, pero al final de cuentas, el país va a ser mejor en el futuro.” 


Enrique Quintana, El Financiero


 


Andrés Manuel López Obrador llega a la Presidencia con un índice de popularidad del 66% según la encuesta de El Economista. Lo anterior, pese a los errores de octubre y de noviembre… Además de ese gran apoyo social, tiene mayoría en las cámaras y en los congresos de los estados. Probablemente desde Vicente Fox ningún candidato había llegado a la Presidencia de México con una base tan amplia de apoyo social.


Pero pensar que con el cambio de Gobierno solucionarán ipso facto los grandes problemas existentes, los barruntos y retos externos e internos y todo va a ser color de rosa, sería una utopía naif. El entramado mundial, la desaceleración económica, el fortalecimiento del dólar, la política proteccionista norteamericana, la baja en los precios del petróleo, el alza en las tasas de interés y el país que recibe el nuevo Gobierno, implican complicaciones para el futuro. 


México ya había tocado fondo: la corrupción, siempre acompañada de impunidad, la simulación de los gobernantes, el narcotráfico, el crimen organizado, miles de muertos y desaparecidos, exigían una catarsis, un cambio de rumbo; además, todo lo anterior sucede en el contexto de una terrible y lacerante desigualdad social y económica. México no podría cambiar si no sintiera vergüenza de los lamentables acontecimientos mencionados. No hay caminos fáciles, todos los cambios tienen pérdidas y ganancias. No se podía seguir simulando que todo cambiaba, para que todo siguiera igual, como en El gatopardo.


Una sólida mayoría eligió a AMLO y aprobó sus propuestas de campaña. Pero errores de forma de la transición han asustado a los mercados y presionado la paridad peso-dólar; algunos analistas temen que el país pueda quedar liderado por un populista cuyos planes ahoguen las finanzas públicas y se lesione el Estado de Derecho. Además, grandes fondos de inversión amenazan con volar a Brasil donde, dicen, se ofrecen más garantías y mayores ganancias de capital. ¿Será? Allá gobernará un militar, Bolsonaro, de extrema derecha, racista, que elogia a lo que fue la dictadura de su país: “El error de la dictadura fue torturar y no matar...” ¿Estarán más cómodos los capitales con esta visión?


El triunfo de AMLO ha influido en el ánimo nacional de diferentes maneras: hay personas imbuidas en pensamientos negativos, que a la vez les generan miedo; otras, las más, tienen puesta su esperanza y entusiasmo en la Cuarta Transformación que iniciará el nuevo Presidente de México. Éste fue capaz de generar esperanza para las mayorías, pero miedo y desconfianza para las minorías. Sin embargo es muy importante y determinante la actitud mental que asuma cada persona en su fuero interno, para que México pueda avanzar con optimismo y caminar hacia adelante. 


Pero, cuidado de tantos rumores sobre debacles financieras, crisis sociales y evocación de fantasmas, de visiones catastrofistas de las aves agoreras del fracaso y la desventura. El ser humano sufre más por lo que imagina y no por lo que realmente sucede… Se ha llegado a tal paroxismo que hoy circulan correos de piadosos enfermos mentales, que le piden a Dios que “se lleve a AMLO a su Santa Gloria, lo más pronto posible, antes del 1° de diciembre… Amén.” Esto no conducirá a nada bueno, solo a crispar y enrarecer el ambiente. Por desgracia, en este caso las palabras no se las lleva el viento. Cada palabra destruye o edifica, hiere o cura, maldice o bendice.


México ha sobrepasado muchas crisis sociales y económicas y ha quedado demostrado, a lo largo de su historia, que su gente es mucho más grande que las acometidas de amenazas y adversidades. Los temas del Aeropuerto, las iniciativas del Legislativo, el proyecto de limitar las comisiones bancarias, la iniciativa de regulación minera y lo que venga, bueno o malo, es salvable, sustituible, remontable y negociable… Tenemos que avanzar en lo posible, sin renunciar a lo deseable y sin trastocarlo todo. 


Los inversionistas, los extranjeros nunca dejarán México, nunca se han ido de aquí, desde la Conquista hasta la fecha, sus inversiones se han pagado con creces; en México existe una democracia electoral y grandes oportunidades, aunque también amenazas, porque el país no es un paraíso utópico, como el mítico Shangri-La; estos paraísos no existen. Por eso existe la política, no porque todos los hombres sean buenos, sino, tal vez, para que tengan la oportunidad de serlo. 


Entendamos la utopía de la esperanza: Los estratos sociales más pobres y desprovistos se plantean permanentemente la necesidad de una sociedad mejor, no solo en términos sociales y económicos, sino sobre todo humanos. Los hombres, para sobrevivir, construyen sus propias utopías, buscan consuelos intelectuales y morales en ellas. Es el mito de la felicidad, la ilusión armónica entre el hombre, la sociedad y la naturaleza. En la utopía, siempre se piensa que el futuro será mejor. Pero el peligro es que cuando se despierta de ésta y todo era ilusorio, sobrevendría entonces el fantasma que recorrería la nación: El conflicto.


Por lo tanto es muy necesario, para todos, que le vaya bien a Andrés Manuel. No puede ni debe este Gobierno ser un fracaso más, el fin de la utopía, que generaría un terrible desencanto y malestar en millones de mexicanos que contemplan una nueva esperanza en la Cuarta Transformación. Las clases más desprotegidas ya se cansaron de tanto esperar y se perdieron de tanto buscar.


AMLO será, desde Lázaro Cárdenas y López Mateos, en menor grado, el primer presidente de Izquierda en décadas en México, con la promesa de combatir la extendida violencia que azota al país, desterrar la corrupción y disminuir la pobreza que padece casi la mitad de la población. No mentir, no robar y no traicionar será el decálogo bíblico del nuevo Presidente.


Además, el político de Macuspana, Tabasco, ha sido muy claro en el sentido de que respetará los equilibrios macroeconómicos, la autonomía del Banco Central y que no gastará en exceso. “No va a haber expropiaciones, actos arbitrarios, vamos a terminar con la corrupción, con la impunidad. México va a ser un país seguro, un país que va a dar mucha confianza a la inversión, que además necesitamos”. ¿Más claro? AMLO quiere marmolizarse en el tiempo como un gran presidente. Sus referencias históricas trazan perspectivas a los constructores de la patria, referencias ineludibles del pasado, para alumbrar el futuro. Por el bien de todos, otorguémosle al nuevo Presidente el beneficio de la duda. 


No podemos seguir decretando fatalidades y tragedias que hoy solo están en nuestro imaginario, cambiemos de actitud, así es la democracia: se gana y se pierde. El optimismo está íntimamente ligado a la confianza que tengamos en nosotros mismos. Andrés Manuel tiene fe en sí mismo, en México y en su Cuarta Transformación. También nosotros tengamos confianza en nosotros mismos y en nuestro país. 


México ya decidió, entre el miedo y la esperanza. Optó por la segunda, porque brinda aliento y porque es un estado de ánimo más favorable a las circunstancias de la vida y del mundo en su conjunto. Sumémonos, la unidad no significa necesariamente uniformidad. La calidad de los pensamientos hace a la persona levantar los horizontes de la mirada, o inclinarse sin sentido. La calidad de los pensamientos hace la diferencia entre ser feliz o vivir con miedo catastrofista. 


 


P.D. Felicito a mi gobernador, Diego Sinhue, por haber afinado su sensibilidad política, y dejado atrás la idea de formar y liderar un bloque de gobernadores azules Vs. AMLO. Bien por ser institucional y llevar una relación sana y de respeto entre poderes. Guanajuato no puede ser rehén de intereses partidistas.