Culpable o responsable

Culpable o responsable

Opinión
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Psicología

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No es lo mismo ser culpable que ser responsable. Estas palabras corresponden a dos visiones distintas sobre un hecho y dan resultados opuestos. El culpable se repliega buscando el secreto y el castigo; el responsable crece y madura cada vez que se hace dueño de sus actos.
Todos alguna vez hemos experimentado la culpa. Ésta es como una deuda, un desequilibrio, y nos apremia a volver al supuesto equilibrio que teníamos antes de un hecho que cometimos y nos desagrada, por las razones que fueren.
La culpa duele y avergüenza. Por tratar de evitarla, negamos que existe: “No es mi culpa”, “yo no tuve la culpa”, “la culpa es de los que me aconsejaron”, “fue un accidente, yo no quería”, “me vi forzado”, “la vida tuvo la culpa”. Pero por más que la neguemos, la culpa sigue viva, actuando y empujándonos a buscar el equilibrio, a veces a través del castigo.
Las pérdidas más dolorosas son aquellas en las que nos queda culpa. Alguien querido muere y, mal que bien, uno puede sobrevivir, salvo si la culpa lo impide. Entonces la persona busca un castigo en el sufrimiento, la tristeza, la depresión y hasta la falta de sentido de la vida. Pero ninguna expiación tiene la virtud de devolvernos la paz.
La única manera de vencer a la culpa es hacerse uno responsable. “Sí, yo lo hice, así lo decidí porque en aquel momento me pareció buena idea. Respondo por las consecuencias”.
Responsable es el que responde. ¿A qué? A las circunstancias y exigencias de la vida y a las consecuencias de las propias elecciones.
Elegir no siempre es fácil. Todos nos hemos visto alguna vez en la necesidad de tomar decisiones que nos desagradan, debido a que un conflicto de intereses ocasiona que si elegimos “x” perdemos “y” o viceversa. Como cuando un amigo muy querido se enamora de la propia novia, un empleado eficiente y al que le hemos tomado afecto nos roba, alguien que apreciamos nos exige complicidad en un acto peligroso y no queremos exponernos, la empresa en la que trabajamos nos exige despedir a determinado número de trabajadores, un amigo nos solicita en préstamo el dinero que necesitamos para la despensa, y múltiples circunstancias más.
Por lo general, este tipo de elecciones ocasionan culpa, así como otros sentimientos, entre ellos frustración e impotencia, tanto más grandes cuanta mayor es la dificultad para equiparar la pérdida evitada con la ganancia resultante. Quizá el amigo que se distancia del amigo para conservar a la propia novia duda si valdrá la pena renunciar a esa amistad en pos de un amor que no es cien por ciento seguro. Una decisión así puede resultar más confusa que la de despedir al empleado que robando rompe su lealtad y pone en peligro un capital. En este segundo caso es más fácil calibrar las pérdidas y ganancias; hay una pérdida (la eficiencia del empleado) contra dos o más ganancias (preservar el capital y alejarse de una persona desleal); por lo tanto, la culpa es menor.
Nuevamente, la culpa se vence haciéndose responsable. “Sí, lo hice, me distancié de este amigo por mi voluntad y porque lo juzgué conveniente”.
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