El articulista

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Opinión
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Las opiniones del país se encuentran divididas. Unos quieren que se convierta en un nuevo país y otros que vuelva a ser el país que ya dejó


M


i Amigo vive en un país lejano. Lo menciono con mayúscula porque mi respeto supera a la confianza. Es un modelo a seguir, entre otras cosas porque no se considera un modelo.


Le pedí permiso para acompañarlo durante una semana. Quería saber cómo escribe artículos en una sociedad polarizada. “Te enterarás de muy poco”, dijo con sequedad.


Sus vecinos saben quién es. La señora del Uno dejó de hablarle porque escribió un texto sobre una mujer tan amargada que cuando fue al banco pensaron que depositaría un rencor. Aunque él se inspiró en otra persona, ella se sintió retratada.


En la Planta Baja vive un joven que aprendió a leer con los cuentos infantiles de mi Amigo. Le tiene cariño por eso, pero no está de acuerdo con sus artículos políticos.


En el piso Superior vive una chica que da clases en una primaria donde lee los cuentos de mi Amigo. Le tiene cariño por eso, pero tampoco está de acuerdo con sus artículos políticos.


Las opiniones del país se encuentran divididas. Unos quieren que se convierta en un nuevo país y otros que vuelva a ser el país que ya dejó de ser. El joven pertenece a un bando y la chica al otro. Mi Amigo vive a mitad del edificio y opina lo siguiente: “La verdad es el hueco entre dos sillas”. Unos lo consideran Conservador, otros Radical. Como las ideas cambian, los que antes lo juzgaron Conservador ahora lo acusan de Radical.


Él vive en compañía de un gato que puede ser Conservador o Radical. Según el caso, se orina dentro o fuera del arenero.


Una tarde lo acompañé en su ronda para “pescar ideas”. Antes de salir se puso los zapatos que más le aprietan: “La incomodidad ayuda a estar atento”, explicó. En la calle, unos lo vieron con la sorpresa de que una leyenda siguiera viva y otros con la indiferencia que se concede a un lugar común. Él mantenía la mano en su bolsillo derecho, donde movía los dedos. Le pregunté qué llevaba ahí y sacó tres garbanzos: “El hombre piensa porque tiene manos”, citó a un clásico, y añadió algo de su cosecha: “Hay que distraer las manos para pensar en otra cosa”.


Hace poco escribió un “Elogio de la azotea”, que tuvo una consecuencia interesante. El joven de la Planta Baja subió por primera vez al techo sembrado de antenas. Ahí se topó con la chica del Superior, que fuma en ese sitio mientras mira atardeceres. Poco después mi Amigo publicó un “Elogio del sótano”. En ese espacio, el joven de la Planta Baja ha improvisado una cava. La chica del Superior bajó a conocer el vientre secreto del inmueble y se quedó atrapada. Fue liberada por el joven que llegaba con una botella de tempranillo (la descorchó de inmediato para mitigar el susto de la chica).


Durante mi estancia, el Amigo impartió una conferencia en el Ateneo de la ciudad sobre “Ajedrez y literatura”. Sus conocimientos del deporte-ciencia le acarrean admiraciones, pero también denuestos. Si alguien no está de acuerdo con él, le grita: “¡ajedrecista!”, como si se tratara de un insulto.


Durante hora y media, mi Amigo reprodujo de memoria célebres partidas y habló con autoridad de Nabokov, Zweig y otros autores. Luego vinieron las preguntas. Un par de reporteros quisieron saber qué pensaba del país. Él valoró las dos culturas que sueñan países distintos. Al día siguiente, la prensa no comentó su conferencia. Un periódico dijo que le daba miedo el cambio y otro que quería desesperadamente un cambio. En la calle volvieron a gritarle “¡ajedrecista!”.


Esa noche fuimos a una tertulia con sus amigos de toda la vida, unos sordos, otros distraídos, la mayoría resfriados. Ninguno le preguntó por sus textos y eso pareció sentarle bien.


El Amigo no usa elevador porque detesta “las cajas que se mueven”. El miércoles coincidimos en la escalera con el joven de la Planta Baja, que lamentó las declaraciones de mi Amigo leídas en un diario que detesta, y sugirió: “Mejor escriba de la azotea”.


El jueves, la chica del Superior, que sostenía el periódico rival, comentó con una sonrisa: “Usted es incorregible”. Luego, agradeció que hubiera escrito del sótano.


Mi Amigo concluyó su columna semanal sin que yo conociera el contenido. Destapó una botella y abrió la ventana del balcón. Entonces oímos los inconfundibles murmullos de dos cuerpos que se unen.


“Mi artículo”, el Amigo alzó su copa.


La noche caía en el país dividido.


Mientras tanto, un cuerpo afinaba los sonidos de otro cuerpo.