Andy Murray, el ‘mejor ‘intruso’

Andy Murray, el ‘mejor ‘intruso’

Deportes
|

El escocés, que dejará el tenis a los 31 años por la cadera, alcanzó la cima y ha sido la mayor amenaza para Federer, Nadal y Djokovic.

Murray devuelve la pelota durante un partido en Roland Garros de 2016. Foto: AFP


Detrás del soniquete monótono que desprende su acento scottish y de esa apariencia de autocontrol permanente, Andy Murray esconde una fiera. Un carácter rudo e incontenible que después de una infancia salpicada por la tragedia solo pudo ser reconducido por la intervención de dos personas: una, su madre Judy, entrenadora en sus inicios y asesora en cualquier circunstancia; la otra, Ivan Lendl, el técnico al que alguien le robó algún día la sonrisa, una persona tan pétrea y volcánica a la vez como el británico, quien ayer, justo antes de competir en Melbourne, anunció el punto final a su carrera porque ya no resiste al dolor y dice no reconocerse sobre la pista.


 


“Andy es especial, pero él y yo siempre nos entendimos a la perfección”, deslizaba el técnico hace tres años, al retomar la relación profesional con un tenista al que siempre le persiguió la inmensa sombra del Reino Unido, señalado como un icono deportivo nacional desde que ingresase en la élite, allá por 2005. Entonces, cuando todavía era solo un proyecto, con infinidad de aristas por pulir, Murray ya soportaba sobre sus espaldas un doble menhir: el personal, porque su mente nunca ha borrado aquel 13 de marzo de 1996 –día en el que un desequilibrado asesinó a 16 niños y un adulto durante un ataque a un colegio escocés, del que Murray escapó–, y el profesional, porque desde las islas se le exigió ser algo que tal vez no era, o al menos no en tal proporción.


 


En 2013, con su triunfo en Wimbledon, Murray logró espantar después de 77 años el fantasma de Fred Perry, el último británico que había ganado el majorlondinense. Sin embargo, Murray jamás consiguió deshacerse de la injusta comparativa que le incluye en la máxima dimensión del tenis moderno, junto a Roger Federer, Rafael Nadal o Novak Djokovic. Desde Gran Bretaña se propagó y se enfatizó el concepto del Big Four, cuando los tres citados deambulan en un estrato distinto al del escocés. Sin embargo, este ha tenido siempre la virtud de sobreponerse a ese diabólico nexo y ha sabido bailar con los gigantes pese a medir un palmo menos.


 


Sin la seda del suizo, el poderío del español ni el repertorio del serbio, de alguna manera Murray siempre ha sido sospechoso en un deporte estético y glamuroso. Sus aspavientos y su estilo tosco, más bien robótico, hicieron que el reconocimiento haya sido tardío. Los más puristas siempre contemplaron su tenis con recelo hasta que hace tres años rompió el corsé y se hizo con el número uno, posición que defendió durante 41 semanas consecutivas a base de juego analítico, un repliegue fabuloso y muchas agallas. Luego vino el calvario: el dolor, la lesión y el quirófano; primero, medio año en la reserva y después, cuando teóricamente ya debería haber remitido la dolencia, más sufrimiento y medio curso más de ausencia. En definitiva, un viaje de vuelta sin retorno porque, según detalló ayer el protagonista, la cadera ya no solo le impide competir en la pista sino que le dificulta incluso llevar una vida normal.


 

Comprometido y sin estridencias


“Tengo dolores hasta caminando, así que imagínense jugando un partido…”, admitía ayer en una entrevista concedida al Open de Australia, el que puede ser el último torneo que dispute a no ser que su cuerpo amplíe el crédito hasta Wimbledon, como así desea. “Todavía puedo jugar, pero no al nivel que quiero”, prosiguió Murray, campeón de tres grandes, por los 20 de Federer, los 17 de Nadal y los 14 de Djokovic. “Siento mucho dolor y no quiero seguir así. No sé cuándo se irá. Lo he intentado todo, pero no ha funcionado. Hablé con mi equipo y les dije que no puedo continuar así. Necesito terminar ya”, proclamó en Melbourne entre lágrimas.


 


“He tenido una gran vida deportiva. He viajado por todo el mundo y jugué partidos memorables. Y, sobre todo, he competido contra los mejores de la historia”, ampliaba el de Dunblane, casado y padre de dos hijos, sin temor a posicionarse públicamente –en 2014 afirmó que votaría a favor de la independencia de Escocia– y seguramente el jugador masculino que más se ha expresado a favor de la paridad entre el circuito masculino y el femenino; una estrella sin estridencias que comparte amistad con Nadal y tantos otros jugadores del tour, al que el próximo año le faltará una pieza clave: sin el SirMurray, el mejor intruso, el tenis perderá a un maravilloso activo.