En la cresta del precipicio social

En la cresta del precipicio social

Opinión
|

Ustedes y yo, respetados lectores, hablamos con sobrada frecuencia del tejido social.


Ustedes y yo, respetados lectores, hablamos con sobrada frecuencia del tejido social. Y decimos que está roto en una gran proporción, por lo que urge reconstruirlo.¿Qué hacemos para ello? Tal vez poco o nada.


Leemos la nota roja o amarilla de los diarios para percatarnos que ayer hubo tantos más cuantos ultimados, que se suman al mes o a una anualidad que espanta por el número. Entonces caemos en eso que se denomina impotencia y razonamos que si la autoridad no es capaz de hacer lo concerniente, nosotros menos.


Tal conclusión se antoja verdadera, para dejar limpia la conciencia personal. Llevamos de esa manera nuestra responsabilidad social-moral, a una especie de túnel escapatorio.


Para invitarlos a seria reflexión, que no es reproche a nadie, ni siquiera para los actores principales, comento que hace unos días fue abatido un muchacho de 40 años. Omito el lugar y los pormenores, no me atrevo a mencionarlo por su nombre o el apodo con que era conocido. Suprimo esos datos por respeto.


De niño fue abandonado y sobrevivió del hurto. Ora aquí, luego allá. De eso básicamente se mantenía, durmiendo en casas que la gente abandona, cubierto con harapos.


Mi primera reflexión es el por qué los padres le ponen una especie de coraza al sentimiento; no aman ni mínimamente a sus hijos y los colocan en el precipicio. Los vecinos ven o vemos que ese ser humano deambula como zombi. Apoco le damos un taco pero no el consejo para sacudirle la conciencia o tal vez se lo propinamos pero por su condición lo rechazó.


Proclive a lo delincuencial, luego de ultimado la autoridad concluyó que fue ajuste de cuentas. Entonces la madre arropó el cadáver con lágrimas y unida con parientes le dio sepultura.


Reflexiono. Sin que sea reclamo y menos un reproche justificado: ¿no hubiera sido bueno, sano, oportuno, que esas lágrimas rociaran al hijo vivo?


El muchacho entró y salió más de 50 veces del Cereso (Centro de Readaptación Social) de León. Se entendería que por lo menos recibió una sesión psicológica o psiquátrica en cada ingreso. 


Si así ocurrió tenemos la urgencia de inquirir el por qué los resultados fueron negativos ya que no se apreció corrección y antes al contrario sus métodos para hurtar, engañar, asaltar incluso a mujeres de su cercanía familiar, se superaban. 
Tal vez su consciente ya estaba muy bloqueado y en el subconsciente no se producía asimilación de los métodos para regenerarlo.


En el Cereso debe existir un expediente de esta persona, valdría la pena asomarnos a él para, sin ser especialistas en la materia, concluir si se le dio tratamiento o únicamente pan y frijoles para cumplir plazos y subsistir.


El doctor en derecho, Sergio García Ramírez, en su tratado sobre la materia para recuperar a los internos a efecto de reinsertarlos en la sociedad, pondera que si no hay ese celo o cuidado aplicado al interno, todo es nulo esfuerzo.


Cito solamente este caso, que no es único, a manera de ejemplo y entendido que la delincuencia, de todos los tamaños y niveles, tiene su sustento humano en el tipo de seres que generalmente provienen de una familia que los abandonó o toleró.


Don J., persona que conozco de hace años, por la cercanía de su  familia, un día se presentó para tratar de venderme un cuadro grande, con imagen religiosa, de 80 por 30 centímetros que, me contó, había elaborado su hijo como interno del Cereso. 
Me disculpé al no adquirirlo; pero, ya entrados en la charla, me contó que el muchacho vendía alfalfa. “¡¿Alfalfa?!”, exclamé sorprendido por la aparente ingenuidad del progenitor. Me aseguró que así era. El muchacho tenía en la azotea de su casa unos costales con ese producto, pasaban sus clientes, le lanzaban un chiflido, él se asomaba y al mandarle dinerito arrojaba el paquete según la cantidad recibida.


Le dí insignificante apoyo y a la vez el consejo de que ojalá cuando el muchacho cumpliera su sentencia, dejara el negocio de la marihuana.


Antonio E. me llamó un día a mi oficina en el entonces Distrito Federal, para comentarme que en Monterrey habían aprehendido a su hijo. Me trasladé para conocer que el muchacho era adicto. Los padres aseguraron que lo ignoraban. Nadie les creyó, desde luego, ya que si el joven trae dinero, como el sacristán que vende cera sin tener cerería, ¿de dónde la sacaría? Logramos, por su edad, que se le diera una sentencia rehabilitatoria externa.


Como se ve, para reconstruir el tejido social, hace falta una acción de todos, padres, educadores, planteles, autoridades, iglesias. Si rehuimos esa obligación nosotros mismos ponemos a la sociedad en el despeñadero porque la comodidad y la falta de conciencia y acción nos impiden entender que hay valores más allá o superiores a lo meramente utilitario.


Nota marginal: El H. Ayuntamiento de León sabe, cómo los ciudadanos y hasta niños informados, que en la plaza frente a nuestra Catedral, fue colocado hace años un gran mural que recuerda la matanza del 2 de Enero de 1946. Hay luces especiales para que sea iluminado. Pues en reciente fecha conmemorativa allí ni guardia, ni un moño; todo en el abandono. Unos cuantos bebedores de alcohol en el bajo barandal. Don Héctor René, ¿así de percudida está nuestra conciencia cívica?