Nube Estéril

Nube Estéril

Opinión
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Huachicol.

Diseño: Grupo AM

De tu cuerpo quedaron las cenizas, algunos huesos confundidos con la tierra chamuscada en una milpa de alfalfa.

El fuego consumió tu carne, dejó al descubierto tus vértebras y costillas, desapareció tus piernas y la tapa de tu calavera. Te desfiguró, borró tu nombre, te sumió en las tinieblas.

Una expresión indefinible de lo que fue tu rostro, en un gesto lejano, borroso, los huecos de tus ojos, de lo que fue humano, en lugar de ello grabado el terror del último momento de la existencia, del dolor inimaginable.

Tu memoria se niega a morir, porque desde este lado te buscan, exigen a los peritos que intenten de nuevo, la credencial que nadie vio, ese fragmento de hueso que no levantaron, la cadenita, un pedazo de dedo con piel, sombras de lo que tuvo vida hace algunos días.

O en un hospital intentan recuperarte, que no cruces esa linea, quédate con nosotros, y que no te abandone tu último aliento.

A lado tuyo quedaron otras cenizas, otros huesos consumidos, otra carne que obscureció la árida tierra del valle, la sembraron de muerte.

En los videos, vistos en todos los rincones del mundo, corres desesperado con otros cuerpos que se queman. La ropa deshecha, el fuego consumiendo tus muslos, te avientas a una canaleta, luego caminas desnudo.

Tírate, tírate, te gritaban pero ya no escuchabas, pedías que te sacaran de ahí, enloquecido, perdido. Te caíste y aún extendiste la mano para que alguien te levantara, pero ya no había nadie. Nadie escuhó tu voz que estaba formada por muchas.

Antes te vi, como a cientos, con tu garrafón de color azul o blanco, que después quedó abandonado sobre la milpa, misteriosamente a salvo. 

Brotaba como una fuente llena de vida, un surtidor mínimo y después potente, fluido de promesas para acabar con tu necesidad de llenar huecos, carencias, una insatisfacción, una furia, porque aquí te tocó vivir.

Llegaron cientos sobre esa zanja con sus garrafas para llenarlas, con las mismas necesidades que tú, algunos lograron retirarse a tiempo.

Nunca pensaste, no te importó el peligro, ni las advertencias de los soldados, que ese manantial que brotaba de aquel ducto, de aquella toma clandestina, estallaría en una columna de fuego que crecía y crecía en medio de la noche y arrasó con tu débil cuerpo, al final te diste cuenta que eras frágil.

Tu piel se hizo humo y subió y avanzó hasta donde la gran nube caliente te abandonó flotando.

Las llamas dejaron otras personas a flor de piel, roja, como plástico, con las manos solidificadas en ese último esfuerzo que ya nunca se concretó, en ese gesto de muerte documentada por cientos de fotografías y videos que circularon en las redes sociales.

La violencia generó su propio lenguaje y cambió los "levantones" por una palabra que cada vez toma fuerza, que la repiten los niños entre risas pero que da escalofrío: “huachicol”, con sus camionetas incendiadas, la violencia de sus asesinatos y ductos que estallan y provocan desalojos de viviendas.

Lo que nos dejó fue el llanto de los sepelios y decenas de personas que se aferran a la vida con el cuerpo totalmente quemado en las salas de los hospitales. Las muertes que suceden en cada corte informativo que la prensa actualiza.

Nunca nos dimos cuenta cuando se salió de control, de repente el robo de hidrocarburo estaba entre nosotros como algo cotidiano, desde el taxista hasta la ama de casa y cuando las autoridades trataron de erradicarlo les estalló como una toma clandestina, letal.

Y como siempre, la ayuda llega cuando en la mayoría de los casos es demasiado tarde.