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¡Agua si, termo no! (O las minorías tiranas)

DISEÑO: GRUPO AM

El “pueblo sabio” de Morelos está enojado porque el Gobierno quiere construir una planta termoeléctrica en ese estado. Los lugareños pidieron a gritos al presidente Andrés Manuel López Obrador que pare la obra.

Una manta decía: “Sr. Presidente, usted tendrá su termoeléctrica, nosotros a cambio la muerte”. En otras pancartas se leía “Agua sí, termo no”. Con el ánimo encendido, López Obrador elevó la voz para decir que no se acabará el agua, que hay suficiente. La gente no dejó de gritar consignas.

Se celebrará una “consulta” a popular a fin de mes para que la gente diga si o no a la planta. Los pobladores usarán la misma receta que el presidente usó para destruir el NAIM, la mayor obra de infraestructura de Latinoamérica: una votación de gente sin conocimientos del tema. Ignorancia de fanáticos.

Una termoeléctrica, dependiendo de su tamaño y eficiencia, requiere de 150 a 250 litros por segundo para enfriar sus torres. Lo que se consume en la agricultura a cielo abierto en 250 hectáreas. Nada que represente una gran producción comparada con el beneficio de tener electricidad suficiente, incluso para bombear agua del subsuelo para la misma agricultura.

López Obrador tiene razón, la termoeléctrica no acabaría con los mantos freáticos y siempre se pueden encontrar técnicas para recuperar parte de ese consumo. Los campiranos, manipulados por líderes oportunistas, darán al traste con el proyecto si se respeta la votación. A menos que desde el Gobierno lleven acarreados para contrarrestar a los radicales.

El problema es que las minorías radicales no deben decidir sobre el destino de la infraestructura del país. El daño al futuro económico y a las nuevas generaciones será tremendo. Una minoría de apenas el 0.5 por ciento de la población, ubicada en los lugares con menor educación, destruyó -alentada por el radicalismo inexplicable de AMLO, el futuro aeronáutico del país.

Un puñado de maestros de Michoacán mandan sobre el tráfico de trenes y paran millones de toneladas de carga que la mayoría de los mexicanos necesitamos para el consumo, la industria y el comercio; para las exportaciones también.

Minorías que rompen la ley pueden trastocar todo con sólo proponérselo. Y el Gobierno, ausente, se cruza de brazos, luego tiene que elevar la voz para procurar el uso de la razón del “pueblo sabio”.

Sólo imaginar que el pueblo de Temacapulín en Jalisco decida sobre la presa del Zapotillo nos hace temblar de coraje. Porque pueden usar la misma demagogia de someter a votación la presa que daría agua a León. Una obra ya realizada que sólo necesita un ducto para traer el agua a Guanajuato y a Los Altos de Jalisco puede ser cancelada porque unos 200 o 300 pobladores de Temacapulín así lo desean. Dos millones de habitantes, sometidos a la voluntad de una minoría a la que se le podría dar casa nueva como se hizo cuando se construyó la presa de La Purísima en Guanajuato.  

El atraso del Zapotillo tiene ya más de 4 años y no hay para cuando se decida terminarlo. Ya van al menos 2 mil millones de pesos gastados en la cortina de la presa, dinero inútil desperdiciado por ineptitud e indolencia burocrática federal y estatal.