Frenología

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Opinión
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De amor… poco.

Diseño: Grupo AM

Hace un año, entre las numerosas ofertas de temporada, un motel ofrecía un paquete económico que consistía en una noche de hospedaje con cena incluida; el menú: sincronizadas o hamburguesas, una botella de ron o tequila, refrescos y hielos. 

El mismo sitio ofreció opciones más costosas, pero esa me llamó la atención porque me gustan las sincronizadas e imaginé una velada romántica aderezada con cátsup y un Jarrito de tamarindo. Por supuesto, sin queso amarillo, aún somos gente civilizada.

Generalmente en San Valentín veo poco amor. Dinero, flores, cajas con forma de corazón (ahora pizzas y hasta tortillas) y osos con dimensiones sobradas en sitios minúsculos como un taxi regular o en extremo concurridos, como el metro, sí; pero de amor, poco. 

Lo que más he visto son peleas. Discusiones porque el restaurante es caro, está lleno y alguien olvidó hacer una reservación o llegar más temprano. También porque el regalo fue insuficiente, ya por el precio, ya porque el contenido de una caja envuelta en papel rojo al parecer denota qué tan bien se conoce a una persona y, por lo visto, casi nunca se hace bien.

Por supuesto: caos. Las ciudades se agitan durante San Valentín; las calles se llenan de automovilistas y peatones impacientes y furiosos (hasta parece 10 de mayo). Todos de malas, a excepción de comerciantes que por las mañanas abren sus negocios, frotan sus manos y relamen sus bigotes en espera de amigos y enamorados.

Entre todo, me gusta el olor de las flores. De esas que carga una señora en una canasta y que están envueltas en la transparencia del celofán. Como las que me ofrecieron un día en un bar en el que estaba acompañado por tres queridas amigas. “¿Una flor para las damas?”, me dijo. Acepté y pedí tres.

Ese mismo día, horas después, un hombre sentado en la mesa contigua se acercó a mí durante algún éxito cumbianchero que sonaba en el lugar: “¿Puedo sacarlas a bailar?”, dijo. “Pregúntale a ellas”, respondí. No me extrañó la pregunta, la he escuchado antes, incluso alguna vez la hice. Mal.

Crecí en un mundo sin ubicuidad tecnológica, por lo que aún permanezco ajeno en algunos rubros. En alguna ocasión una amiga intentó explicarme Tinder, la aplicación que ofrece un menú de personas con la finalidad de pactar encuentros. Parejas a la carta y ‘on demand’. “Mira, este está guapo pero es sociólogo y esos terminan por hacerme encabronar”.  

La posibilidad de descartar personas en automático basado en características poco atractivas detalladas en un perfil digital pareció llamativo por un momento, pero al final soy hombre de mi tiempo y tengo callo en propiciar silencios incómodos en cenas insípidas tras películas mediocres. Una cita normal, pues.

Además, como un tipo que todavía busca videoclubes para rentar películas, la opción de una pasarela de candidatas en la pantalla del celular me pareció franca afrenta a las más elementales formas de interacción humana y algo que Bauman habría desmenuzado en un libro.

Me son ajenas las nuevas formas de interacción o búsqueda de pareja, aunque también lo son las tradicionales, pues a nadie le pareció atractiva la oferta de la sincronizada y el Jarrito. No obstante, aún soy adepto del adoctrinamiento televisivo de los 90 y siempre recomiendo, para esta y otras fechas similares: regale afecto, no lo compre.