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Enfermedad mental marca a este pueblo de Guanajuato

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Los padecimientos mentales entre los habitantes de este rancho tienen más de 50 años.

Los habitantes de Palo Colorado atribuyen los padecimientos mentales a la contaminación del agua. Foto: Omar Ramírez.

Palo Colorado es un rancho de Guanajuato rodeado de campos de cultivo, escondido entre llanos y cerros áridos.

Ahí viven unas 450 personas marcadas por el estigma de una enfermedad mental.

“Nos dicen el rancho de los locos...”, afirma Pablo Aranda el ex delegado de la comunidad, ubicada en el municipio de San Felipe.

“Para qué nos vamos a enojar si es la verdad”, remata.

Por sus calles de tierra, donde abundan nopales y cactus, casi siempre se ve poca gente, menos cuando es día de fiesta en Palo Colorado.

Es domingo, pasa del mediodía y se escucha el tañer de las campanas del pequeño templo, construido a unos metros de una represa.

Dos hombres aparecen por uno de los caminos hasta llegar al atrio. Ríen entre ellos.

No platican. Solo ríen. Caminan de aquí para allá, de un lado a otro.

Por una vereda de tierra que conduce a la represa se escucha un grito. A lo lejos surge una silueta. Es otro hombre que se acerca al templo. Los hombres que ríen se alegran de verlo. Lo reciben sin pronunciar una palabra. Solo ríen.

Un niño cruza frente al templo con su rebaño de ovejas.

Les grita algo incomprensible y ellos responden con un sonido igual. Pareciera que tienen su propio lenguaje. Los cuatro padecen problemas neurobiológicos.

“Casi en todas las casas hay un familiar que está mal de su mente”, dice Pablo Aranda, por eso los discriminan en los ranchos cercanos.

“No nos da pena decirlo, porque así nos conocen todos aquí alrededor, nos dicen el rancho de los locos”.

La gente comienza a reunirse en el atrio del templo para la coronación de su patrona la Virgen de Guadalupe. Pronto bajará del altar la imagen de la guadalupana para recorrer las calles en procesión.

Todos en el pueblo asisten, los sanos y los enfermos. En la familia Solís Aranda es donde hay más enfermos, seis hijos nacieron mal. Pero no son únicos.

Eduardo Ávalos y Esperanza Olaez tuvieron 13 hijos, entre ellos un embarazo de gemelos: uno nació enfermo y el otro sano. El hijo sano murió hace dos años en un accidente de auto a sus 21 años.

Un caso extraordinario es el de Socorro Olaez. Ella nació con una discapacidad mental pero esto no le impidió ser madre de dos niñas, quienes están plenamente sanas.

A algunas familias la enfermedad las ha perseguido a cientos de kilómetros.

Una de ellas es la de Pablo Aranda, que baja la mirada cuando recuerda a una de sus hijas que vive en Phoenix, Arizona, en Estados Unidos. 

Ella procreó a cinco hijos y todos nacieron enfermos. Por las calles empolvadas es común encontrarse con “El Cornetas”, “El Panzón”, “Don Juan” y al “Chuchuruco”. Así han “bautizado” los lugareños a algunos enfermos.

En el último censo de población en Palo Colorado se contabilizaron 454 habitantes.

En un diagnóstico, am ubicó 121 familias. Veintitrés de ellas procrearon 129 hijos. Cincuenta y uno nacieron con algún trastorno mental. Los enfermos tienen entre seis y 50 años. Presentan problemas de habla, su capacidad para entender y mantener una conversación es limitada. Su comunicación son respuestas breves: “Sabe. No sé. Hey. No, Sí. Ajá. He. Mmm…”

Su mirada se pierde o queda fija en un punto por mucho tiempo o ríen constantemente sin razón alguna. Muchos movimientos de cabeza y manos parecen involuntarios.

Algunos incluso necesitan ayuda para realizar actividades básicas como atarse las agujetas o ir al baño, por su incapacidad de valerse por sí mismos.

›› Un pueblo estigmatizado

En la fiesta del rancho quienes tienen un padecimiento mental se notan entre los asistentes. Ríen, se carcajean, bailan, brincan, ayudan con los juegos pirotécnicos, participan en la peregrinación.

Pero no todos conviven con ellos, pero eso no les importa, saben cómo comunicarse y pasarla bien.

Los hermanos Marcos y Jesús toman un montón de cohetes, invitan a los asistentes a participar, pero pocos les hacen caso. Muchos ni los voltean a ver.

Álvaro, otro de los enfermos, también ayuda a coordinar la peregrinación pero solo con señas porque no habla.

Pareciera que son una comunidad distinta, aislada. Se aprecia una distancia entre los “sanos” y los “enfermos”. 

“Hey, ven, ven”, repite insistentemente Marcos a un par de jóvenes que se ríen y lo ignoran. Camina a unos puestos de comida y repite la acción. Nadie lo voltea a ver, pero no le importa. Su entusiasmo es mayor que el desaire de la gente. 

“En la fiesta del pueblo ellos se juntan para platicar, se entienden, pero mucha gente se burla. Este día bailan, gritan y hacen muchas cosas, la gente que viene de fuera nomás (sic) se les queda viéndolos. Como ven puros loquitos”, dice Pablo Aranda.

Las familias de los afectados han aprendido a vivir con las criticas constantes y las burlas. 

Incluso han sufrido el rechazo al intentar establecer una relación de pareja por temor a procrear hijos con esta condición de salud.

Leticia Barraza Barraza fue rechazada con frecuencia por los familiares de los jóvenes que la cortejaban. Decían que nunca tendría hijos sanos. La mamá de Leticia tuvo 12 hermanos. Una de sus tías tuvo cuatro hijos y dos nacieron con dificultades mentales.

“Cuando empecé de novia la mamá del muchacho no me quería, porque iba a tener hijos ‘loquitos’ y dejó de buscarme, y así cada hombre que se me acercaba era lo mismo con sus familiares, le decían que iba a tener hijos enfermos”, recuerda.

A pesar de las criticas Leticia se casó, tuvo dos niños y tres niñas. Todos con problemas mentales. “En la familia nomas yo y una tía tenemos hijos así”, comenta.

Cuando se casó emigró con su marido a Estados Unidos donde tuvo su primer hijo.

La familia regresó a Palo Colorado donde procrearon su segundo bebé, pero la escasa economía los obligó a regresar. 

En Arizona nacieron otros dos de sus hijos.

Leticia quedo viuda y tuvo otra pareja con quien tuvo el quinto de sus hijos.

Actualmente vive en Phoenix, Arizona. Se dedica al cuidado de sus cinco hijos adolescente las 24 horas del día porque dependen totalmente de ella.

La familia sobrevive con ayuda del Gobierno de Estados Unidos, que les da apoyo económico, educativo y de salud.

››‘Siento muy feo lo que me le dice’

A diferencia de Leticia que recibe apoyo del gobierno estadounidense, a Lidia Aranda Barraza que tiene dos de sus siete hijos enfermos el Gobierno del Estado le quitó este año el apoyo del programa Prospera.

Cada mes recibía más de 2 mil pesos en becas para dos de sus hijos. “Con lo que me daban de las becas nos ayudábamos un poco, pero ahorita solo tenemos un apoyo extra de mi hija que trabaja en una casa de León haciendo la limpieza”, lamenta.

Lorenzo de 14 años y Ceferino de nueve, sus hijos enfermos, dependen totalmente de un adulto.

Cuando están solos se pelean, “si salen a la calle los chuchos (perros) los muerden, o si están en la cocina se queman, no saben amarrarse los zapatos, como Ceferino que no sabe desabrocharse el pantalón para ir al baño. Lo único que los entretiene es la televisión”.

Cada ocho días los lleva a una escuela especial a la cabecera de San Felipe. El maestro pide que asistan al menos dos veces por semana, pero para Lidia es imposible por cuestiones económica.

“La gasolina está bien cara para irnos en camioneta, en camión tenemos que caminar más de una hora a la carretera. El pasaje son 40 pesos de cada uno más el mío de ida y vuelta”.

Entre semana Ceferino asiste a la escuela regular de Palo Colorado, pero Lidia prefiere que se quede en la casa porque los niños se burlaban él.

“Se llegó a hacer del baño varias veces en la escuela. Para comer se mete la mano porque come muy desesperado. Además les pegaba a los niños, pero ellos también le pegaban, quise sacarlo de la escuela porque siento muy feo lo que me le dicen, pero la maestra es la que me insistió en no sacarlo”, platica.

Y aunque hace el esfuerzo de mantenerlos en la escuela asegura que no aprenden nada.

Los hijos de Lidia no son los únicos enfermos en la familia. 

De 14 hijos que tuvo su mamá, Lucía de 49 años, Andrés de 46 y Juan Jesús de 29 años también nacieron con trastornos mentales.

A Lidia le tocó atender a sus hermanos, y ahora además de sus hijos también ayuda con sus cuñados.

Su suegra Antonia Barajas tuvo nueve hijos y tres resultaron con deficiencia mental: Bonifacio de 43 años, Jesús Argelio de 36 y Marco Antonio de 30.

Bonifacio es el único que trabaja, cuida animales por 250 pesos a la semana, pero solo ocasionalmente y tiene que estar bajo las indicaciones de otra persona.

››Seis enfermos en la familia

Ofelia Aranda Picón y José Guadalupe Solís procrearon 16 hijos. Ocho nacieron mal y fallecieron cuándo eran pequeños.

De los sobrevivientes sólo Florencio que radica en León está sano. Trabaja como obrero y ayuda a mantener a siete hermanos enfermos.

Ofelia destina 200 pesos semanales que le da Florencio para comprar un bote de 20 kilos de masa y tres de frijol.

Se completa con una despensa mensual que le entrega el gobierno con arroz, frijol, Maseca, soya y algunas latas de atún.

Con esto alimenta a sus hijos, que “salieron muy buenos para comer”.

Ellos viven en una pequeña casa construida con adobes y láminas metálicas que se ve desde el camino de acceso a Palo Colorado.

Miguel, Rolando, Álvaro, Jesús y Juan Francisco tienen entre 17 y 35 años. Los cinco, a pesar de su enfermedad, ayudan con labores en el campo.

Su padre está enfermó.

Sebastiana es la única mujer.

Ella apoya con las tareas domésticas.

Sólo Leandro de 23 años no trabaja ni en el campo ni en la casa. Su discapacidad se lo impide.

Él pasa horas detrás de la cerca de piedra que rodea la propiedad. Observa a quienes cruzan el camino empedrado que conduce a la presa. Mueve su cabeza de lado a lado, como si negara lo que ve.

Su rostro y su mirada parecen de enojo, pero es tranquilo.

Su hermana Sebastiana le hace compañía. Ella también tiene problemas para comunicarse.

“Él no habla, por eso no lo lleva mi mamá (a trabajar)”, explica con dificultad.

Leandro toma una escoba tirada en el patio y barre sin control. Camina al corral de las chivas, recoge un palo seco y lo acomoda en otro lado. Dentro de la cocina de Ofelia más de 20 cubetas y tinas almacenan agua de la represa. Está tan turbia que no se alcanza a observar el fondo de los recipientes.

Son pocas las familias que tienen un aljibe o pila para almacenar agua de pipa. Así como la sacan de la represa la usan para lavar los trastes y la ropa, o hasta para cocer los frijoles. Desde hace algunos años ya no la beben, asegura Sebastiana.

›› Las sospechas del agua

La “Banda Nuevo Valle” ameniza la fiesta, Marcos, Álvaro, Jesús, Lorenzo, Bonifacio y Juan son los espectadores más entusiasmados. A un costado de la agrupación musical gritan cada que inicia una nueva melodía.

Un grupo de danzantes del torito que llegaron de Silao hacen reír a los asistentes con sus bailes. Álvaro y Marcos están muy contentos sentados en la barda del atrio del templo, los demás los observan con burla por lo fuerte de sus risas.

Palo Colorado es una las 425 comunidades de San Felipe, el municipio con más extensión territorial en Guanajuato, sus límites topan con los de San Luis Potosí, Zacatecas y Jalisco. 

El pueblo ubicado a 40 kilómetros de la cabecera municipal y a 90 de la capital del Estado, parecieran surgir de un cuento de Juan Rulfo.

En el siglo pasado era conocido por las minas de estaño que operaban ahí. Hoy vive de la agricultura.

Las excavaciones que quedaron de las minas fueron usadas por los lugareños para surtirse de agua para beber, a pesar de estar contaminadas por el mineral que se extraía. Así fue por décadas. 

“El hecho de que se haya extraído del subsuelo el estaño y que la gente utilice algunas de estas minas para abastecerse de agua, pues son un riesgo donde pudiera haber un problema”, considera Mauro Javier Gutiérrez, el edil de San Felipe.

Después su fuente de agua fueron la “Presa Chica” y la represa “De la Cruz” que rodean el rancho. Algunos todavía sacan agua de ahí para uso doméstico.

Un estudio realizado por la Comisión Estatal del Agua de Guanajuato, a petición de la asociación “Tus Manos Crean A.C.”, reveló que también están contaminadas.

Está comprobado que ahí el agua tiene metales pesados, indica el alcalde, y recuerda que por mucho tiempo bebieron de ahí los pobladores.

Por eso en el pueblo muchos atribuyen la enfermedad mental al agua contaminada.

Javier Gutiérrez no descarta que esa pueda ser una causa. Recuerda que se hizo un estudio y al parecer sí había un problema con el consumo de agua.

Otros consideran que son problemas genéticos provocados por casarse entre familiares.

Esa posibilidad tampoco la descarta el alcalde: “Tenemos conocimiento de personas (enfermas) de mi edad de 50 años que traen problemas genéticos, al parecer en el cerebro”. 

Medio centenar de enfermos tienen apellidos comunes como Aranda, Barraza, Olaez, Ávalos, Arrona, Solís y Barajas. 

›› El componente genético

La genetista María Magdalena Mediana Aguado reconoce que “los metales en el agua pueden contribuir a este tipo de alteraciones”, pero considera que el origen del padecimiento puede tener otras causas.

“No creo que sea el detonante porque finalmente lo consume toda la población y son muy seleccionados quienes tienen el padecimiento”, indica.

Por el tipo de comunidad puede ser por endogamia (matrimonios entre familiares) y sería importante analizarlo con un estudio genético, indica.

“Esto es común en comunidades pequeñas, ellos pueden decir que no son parientes, pero si nos vamos para atrás en el árbol genealógico descubrimos que son parientes lejanos en común, y los genes se van manteniendo por el parentesco, aunque ellos no lo reconozcan o no lo sepan”, afirma.

El padecimiento es autosómico recesivo. Significa que una persona debe recibir el gen afectado de ambos padres para heredar el rasgo, trastorno o enfermedad.

Explicó que cuando los padres son portadores tiene la posibilidad de un 25% que sus hijos nazcan enfermos, un 25% de que estén sanos y un 50% que sean portadores sanos.

“En cada embarazo ella se juega la moneda de que sea un 25% enfermos, 25% sanos, un 50% sanos portadores. Se debe de hacer un estudio para saber cómo se está heredando el gen”.

Si el papá es portador y la mamá está sana, hay un 50% de posibilidades de que sean sanos y otro 50% de que sean sanos portadores.

Si un hijo que hereda el gen alterado de papá y el gen sano de mamá, él nace sano, pero es portador. Cuando él tenga un hijo con alguien portador sano, como ambos son portadores van a tener hijos enfermos, por eso la enfermedad se salta a unos y luego es lineal.

María Magdalena explicó que también existe la heredabilidad; que es un componente genético alterado y multifactorial. Por ejemplo, la esquizofrenia tiene una heredabilidad de 80% y un 20% multifactorial. Sin embargo, por su experiencia descartó que esto pase en la comunidad. 

Quienes visitan Palo Colorado de otras comunidades el día de la fiesta saben de los trastornos mentales de algunos pobladores, pero pocos hablan del tema. 

“Hay muchos loquitos aquí en Palo Colorado, eso siempre se ha sabido, pero sabrá Dios por qué están así”, dice María López, del rancho Santo Domingo.