Más pragmatismo, menos dogma

George Will, quizá el editorialista conservador más respetado en Estados Unidos, dice que "el populismo es la creencia de que las pasiones de la gente son claras y deben trasladarse a políticas públicas, sin que las medien o refinen las instituciones representativas".

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Por: Jorge Suárez-Vélez

George Will, quizá el editorialista conservador más respetado en Estados Unidos, dice que "el populismo es la creencia de que las pasiones de la gente son claras y deben trasladarse a políticas públicas, sin que las medien o refinen las instituciones representativas". Eso es peligroso. Lo es más en medio de una revolución tecnológica que inscribe uno de los momentos más disruptivos en la historia de la humanidad, y cuando vivimos la pandemia más mortal en casi un siglo. 

La compleja realidad que vivimos demanda competencia de quienes diseñan las políticas públicas que nos permitirán insertarnos en un mundo que cambia rápido y en el que, por lo mismo, hay que correr de prisa para evitar quedar al margen de una era que promete progreso sin precedente.

Esa es la lógica de que quienes ocupan cargos en órganos autónomos como la CRE (Comisión Reguladora de Energía), el IFT (Instituto Federal de Telecomunicaciones) o COFECE (Comisión Federal de Competencia Económica) cuenten con la capacidad técnica indispensable para impulsar políticas públicas que incidan en eficiencia, competitividad, transparencia y en una serie de condiciones que le pondrán la mesa a la inversión productiva, al crecimiento económico, al empleo y a la prosperidad.

El gran problema de un gobierno que a todo le imprime el sesgo de la ideología es que cuando le pone el sello de "tecnócrata" o "neoliberal" a la competencia técnica, para descalificarla, poblamos entidades esencialmente técnicas con quienes carecen de esa competencia, literalmente, con incompetentes. 

La salida de Alejandra "Jana" Palacios, al acabar su brillante término al frente de COFECE, marca el fin de un ciclo que fue de enorme importancia en una entidad que hoy lucha por sobrevivir, aunque su función a todos beneficia, y más a los pobres. Nada incide más en precios justos y abasto suficiente que el diseño de regulación que fomente que las empresas inviertan, compitan entre sí, e impida la creación de oligopolios. 

¿Por qué este gobierno no apoya una tarea que claramente coadyuva a su tan pregonada lucha contra la pobreza? La respuesta: los ciega el dogma. No entienden el poder del mercado ni la importancia de atender las señales que provienen del sistema de precios. Creen inocuo regresar a la funesta era de los monopolios estatales, creen que es patriótico subsidiar ineficiencias. Ante la amenaza de inflación al alza, pronto recurrirán a controles de precios.

México sólo logrará crecer y desarrollarse si enfrentamos simultáneamente los retos educativos y medioambientales de nuestro tiempo, sólo si integramos con éxito a las mujeres a la fuerza laboral, sólo si fortalecemos instituciones y construimos un Estado de derecho. El crecimiento no se logra por decreto. La cruel desigualdad que nos oprime no se resuelve empobreciendo al rico y menos forzando a los empresarios a migrar a ecosistemas más propicios para su misión.

Por eso no debe sorprendernos que la competitividad de México cayera por tercer año consecutivo. De acuerdo con el índice del IMCO, ocupamos el lugar 37 de 43 países analizados. El índice nos recuerda que la competitividad exige la combinación de "condiciones estructurales económicas, sociales y políticas". Se requiere tanto de innovación, como de un sistema educativo que dote a la población con las aptitudes que demanda el mercado laboral, de infraestructura moderna y de un marco legal inteligente. 

Pero, sobre todo, necesitamos pragmatismo para dejar que quien tiene mayor probabilidad de realizar una actividad con éxito sea quien la realice -público o privado, nacional o extranjero- desde generar energía hasta producir alimentos. Superemos traumas patrioteros. A veces pareciera que el gobierno entorpece a las empresas privadas para que sea menos cruel la comparación con las patéticas empresas estatales.  

La competencia está allá afuera. Otros países van rápido y aceleran. Nos urge un gobierno más preocupado por generar competitividad que por proteger ineptos.  

La polarización daña. Las etiquetas estorban. México tiene todo para competir. Nos falta un gobierno que lo crea.

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