David

Vine a ver a los de la fila, parecía interminable y a la vez tan chiquita; observé que los huesos de un señor encorvado por el tiempo le crujían del frío más el temor de meterle al cuerpo un vetúasaber

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Por: Velia María Hontoria Álvarez

*A los que se fueron, a los de la fila

Vine a ver a los de la fila, parecía interminable y a la vez tan chiquita; observé que los huesos de un señor encorvado por el tiempo le crujían del frío más el temor de meterle al cuerpo un vetúasaber.

A ratos se recostaba en unos costales que le compartía un paisa. En todas esas horas -me contó- no podía borrar la imagen de Carina. Aquellos escalofriantes gemidos que se escuchaban a través de las paredes llenado la casa del bicho ese, el sofoco que parecía eterno. He de decirle -me dijo con la vida hundida- supliqué a Dios se acabará, por eso, carraspeo, me siento tan culpable de estar aquí en la fila y no ella. Varios días me tapaba la boca, las orejas con la chamarra para no escucharla. La desesperación fue horrible, nunca no la recibieron en el hospital -no tenían ya lugar nos dijeron- muchos días a muchas horas me tapaba la nariz para saber que sentía ella y, se siente infame, peor que si te quemaras con brea.

Al momento descubría una cicatriz ancha, arrugada que tenía en el antebrazo; fue más de una hora de tose y tose de buenas a primeras se calló. Nos quedamos todos en silencio un buen rato, alguien tocó la puerta y yo creí que era muy noche, era la doñita que nos traía un taco, cuándo le abrí me pregunto por la Cari y le dije que ya no tosía y me dijo ¿ya se asomó David? ¿no vaya a ser, qué? Me tomo de la manga, sentí que me arrastraba a mirar lo que yo ya sabía, lo que sabíamos todos. Viera que rara quedo, parecía de cera, más en sus ojos vi la desesperación que deja el ahogo por eso le di gracias a Dios de que su tormento hubiera acabado.

Ahora que tocan a mi puerta llevándome azúcar morena y me dicen que primero estamos nosotros no les creo nadita. Son  puros habladores. Sacó un viejo paliacate y se sonó no supe a bien si era para despegarse el dolor o solamente la manía de quien dice hasta aquí llegaste anunciando que ahí viene la mía.

Seguí caminando mirando, unos sentados en unas sillas que habían traído de sus casas, otros rasgando la guitarra entonando hermosas canciones que intentaban calentar un alma que ya no sentía. Escuché a aquel que me decía con un ceño canoso encendido: mire seño, ¿usted cree que es justo que nos tengan aquí esperando por algo que es su obligación dar? Mi nieto Juan vive en Tabasco y nos cuenta como allá hasta refris les regalan los de la guardia y los tratan como si fueran de oro, nomás para asegurarles el voto a éstos.

Deveras eso es de plano no tener… Creo que ya no pude caminar, sentí que los pies me arrastraban se quedaban con todos aquellos que estaban ahí, con los letreros del que guarda el lugar, con los chicos afables que anotaban puntuales en una libreta como iban llegando para que no salieran los abusivos. Una muchacha me dijo que un señor que estaba parado en una esquina vendía los lugares, no tuve fuerza de ir a preguntar.  Bajé la vista, me topé con un pedazo de periódico donde leí: presume 2ª dosis Pepillo Origel, en la foto se le veía sonriente con una copa, desde Miami. Volví a mirar la fila y me dije…tú sí vas a ir a votar, esto no debe quedarse así.

*Cualquier similitud con la vida real, mera coincidencia.

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