Opinión

Desplegar las alas para continuar el viaje

Ante lo incierto de lo inmediato y los retos del futuro, los invito a que por un momento dejemos atrás las sombras y los miedos, para viajar en el tiempo y recordar a quienes se atrevieron a desplegar las alas para continuar el viaje:
Tuvieron vida en sus sueños, aceptaron el reto, vivieron la vida y destrabaron el tiempo.

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Por: Alejandro Pohls Hernández

Desplegar las alas para continuar el viaje

Desplegar las alas para continuar el viaje

Ante lo incierto de lo inmediato y los retos del futuro, los invito a que por un momento dejemos atrás las sombras y los miedos, para viajar en el tiempo y recordar a quienes se atrevieron a desplegar las alas para continuar el viaje:
Tuvieron vida en sus sueños, aceptaron el reto, vivieron la vida y destrabaron el tiempo. “No te rindas, que la vida es eso…”.

“Usted se sentará en la silla de Felipe”, le dijo una mujer madura, un día de 1965, a un joven senador que por entonces aspiraba a la gubernatura de Yucatán. –“Perdóneme, ¿quién es usted?” –Preguntó el sorprendido político.

–“Alma Reed”– repuso la mujer. –“Señora, es un honor...” –acertó a decir el legislador, percatándose de que se le estaba augurando la concreción de sus sueños, pues “Felipe” no podía ser sino Carrillo Puerto, el fusilado gobernador yucateco.

“Usted será gobernador de Yucatán” –insistió Alma Reed–, “y quiero pedirle un favor para cuando llegue a la gubernatura; que cuando yo muera, me sepulten en Mérida, cerca de Felipe Carrillo Puerto”. 

Pasó el tiempo, y una noche el senador, quien efectivamente llegaría a la gubernatura yucateca, recibió por conducto de un diplomático estadounidense, una urna con las cenizas de Alma Reed, quien había fallecido en la Ciudad de México el 20 de noviembre de 1966, justamente en el aniversario de la Revolución, que ella había conocido de cerca.

Alma Reed, desde muy joven, sobresalió en el periodismo por su defensa de la gente que vivía olvidada y desvalida, en el anonimato del silencio. 

Reed nació en San Francisco, en 1889. En una ocasión, un adolescente mexicano acusado de asesinar a su patrón, fue salvado por Alma y logró que las leyes californianas prohibieran la ejecución de menores de edad.

El New York Times la contrató para cubrir una expedición de arqueólogos y antropólogos norteamericanos a Yucatán, comisionados por el Instituto Carnegie, con la misión de hacer una evaluación y proponer el rescate de los sitios arqueológicos mayas de la región, por entonces sujetos al saqueo y la depredación.

Alma Reed denunció el saqueo de joyas de oro y jade maravillosas y obras de arte mayas, con enorme valor arqueológico, para ser vendidas en los Estados Unidos. 

Este saqueo propició que México reclamara una devolución de los tesoros hurtados a su patrimonio cultural. Junto al cenote sagrado de Chichén Itzá, la periodista conoció al gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, con quien estableció una idílica relación sentimental que hubiera concluido en matrimonio, de no haber sido por el asesinato del Gobernador.

Las últimas cartas de Alma Reed, un mes antes del asesinato de Felipe, fueron el epitafio más triste a su pasión interrumpida: “Estoy muy ocupada con muchas cosas en preparación de nuestra vida común, y estoy lista para ir a mi tierra tropical o cualquier otra parte del mundo, si es contigo…”.

Felipe Carrillo Puerto, influenciado por su trabajo con Emiliano Zapata, da su primer informe en maya, enseña el español a los indios, funda diversas instituciones de educación, promulga la Ley del Divorcio, promueve que fueran las propias mujeres las que discutieran su situación social y pudieran ellas mismas decidir el número de hijos deseados; combate al alto clero por sectario y subversivo y traidor… según él; impulsa las Ligas Feministas y se opone a la existencia de espacios denominados “sólo para hombres”: Cantinas, prostíbulos y palenques... pero pagó caro sus ideales socialistas y libertarios, pues tuvo como enemigos a la llamada “casta divina” y la jerarquía eclesiástica.

Fue también el hombre enamorado, romántico, apasionado, quien en sus cartas a Alma supo mezclar de una manera admirable la ideología y el amor.

El 3 de enero de 1924, en el Cementerio General de Mérida, soldados delahuertistas que se habían rebelado contra el presidente Álvaro Obregón llevaron a Felipe Carrillo Puerto hasta una pared donde lo fusilaron. 

Se cuenta que un momento antes de que el gobernante yucateco cayera abatido por las balas, llamó a uno de sus ejecutores, puso en sus manos un anillo y le dijo: Entrégaselo a la “peregrina de ojos claros y divinos,” Alma Reed.
Instantes después, el cuerpo se desplomaba sin vida.

El intenso amor entre el gobernador yucateco y la periodista estadunidense duró unos cuantos meses, pero ella le guardó luto toda la vida. Su forma de amarlo más allá de la muerte fue impulsar la pintura mexicana. 

Gracias a Alma Reed, Orozco pintó sus grandes murales estadunidenses y mediante la galería que abrió en Nueva York impulsó a muchos otros de nuestros artistas como el entonces muy joven Rufino Tamayo. 

Escribió incansablemente libros y artículos sobre México. En 1950 volvió al país y vivió 16 años en su modesto apartamento de Río Elba 53. Aunque fue recompensada con el Águila Azteca, sus condiciones eran tan precarias que sus cenizas quedaron embargadas en la agencia funeraria Gayosso por falta de pago.

Los restos fueron rescatados por el cónsul norteamericano y enviados al gobernador de Yucatán, Carlos Loret de Mola, aquel que siendo senador recibió la súplica de Alma Reed de que cuando muriera la sepultaran en Mérida, cerca de su amor, Felipe. 

Carlos Loret cumplió la promesa que le hizo entonces, de que la urna fuera depositada en el cementerio de Mérida, donde fue fusilado y enterrado Carrillo Puerto…

El nombre de Alma Reed y su romance con el gobernador yucateco están indisolublemente unidos a una canción, aroma de los aires del Mayab: “Peregrina”. 

Al narrar la historia de la canción, la periodista pone en labios del poeta Luis Rosado Vega, autor de la letra, palabras que prácticamente hacen coautor a Felipe Carrillo, y enmarca el origen de la música en la modesta casa de Ricardo Palmerín, donde éste tocaba el piano, mientras Felipe y Alma platicaban en el jardín, a la luz de la luna, bajo unos naranjos en flor…

“Peregrina, de ojos claros y divinos y mejillas encendidas de arrebol, mujercita de los labios purpurinos y radiante cabellera como el sol. Peregrina que dejaste tus lugares los abetos y la nieve, y la nieve virginal y viniste a refugiarte en mis palmares bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical…”.

Fuentes: Pacheco, Emilio José Huchin, R. Eduardo, La Peregrina del Mayab Reed, Alma, Peregrina / Mi idilio socialista con Felipe Carrillo.

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