El mandarino sabio

A un lado del jardín, hay un mandarino añoso que guarda celosamente los huesos de Susset, y los de Pecas, el dálmata. Es que, habiendo tantos perros, era inevitable que se fueran muriendo; por eso, mi abuela escogió ese lugar.

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Por: Salvadora Álvarez Ledesma

A un lado del jardín, hay un mandarino añoso que guarda celosamente los huesos de Susset, y los de Pecas, el dálmata. Es que, habiendo tantos perros, era inevitable que se fueran muriendo; por eso, mi abuela escogió ese lugar. Sin dudarlo, dijo:

“A un lado del mandarino, junto a la jaula de las palomas”.

Antes, los enterraban en el cuarto de las sillas de montar. Ahí, tuvieron su honroso lugar Lady y Galopín. A ellos, se les hicieron lápidas a nivel del suelo, que yo esquivaba para no perturbar sus sueños eternos. Una decía: “Lady, noble amiga”. La otra: “Te recordaremos siempre, Galopín”.

Aunque, pensándolo bien, creo que fue mayor la suerte de Susset y Pecas, porque el mandarino es sabio y tiene la gran virtud de saber escuchar.

Ahí, acostada bajo sus ramas, el tiempo transcurría rápido; Él escuchaba todas mis confidencias sin interrupción, me estiraba sus frutos amistosos que yo comía gustosa; a veces, me quedaba dormida bajo su sombra protectora.

En una ocasión, Laura Rosa y yo encontramos un pajarillo que había caído de un nido y piaba asustado. Lo pusimos en el pasto para que lo recogieran sus padres, por consejo de Lola y, de rato, lo encontramos muerto. Así que cavamos junto al gorro de chino, por ser un lugar colorido y alegre; lo enterramos envuelto en un periódico. Al pasar los días, consideré que su lugar estaba bajo el mandarino, así que fui por él. Removiendo la tierra con una cuchara, saqué el envoltorio húmedo, y ¡horror absoluto!, los gusanos blancos se removían inquietos como una masa viva, entraban y salían de sus cuencas y su pico. Yo, asqueada, lo regresé a la tierra.

Creo, que ese fue mi primer encuentro con la muerte. Entonces empecé a encontrarle más sentido a sus diálogos.

—Salvador, cuando me muera, no me vayas a quemar, prefiero que me entierren —decía mi abuela.

—Pues mira, si me tocara primero, sí me quemas, al cabo ya no voy a sentir nada —contestaba él, y se reía con ganas.

Yo quise comentarle a ella sobre la suerte del pájaro, para que cambiara su decisión, pero me miraba sin verme, con sus pensamientos en otro lado. Levantándose, se alejó por el pasillo.

Los tíos hacían más o menos lo mismo. Cuando yo intervenía en la conversación, era amonestada:

—No interrumpas, vete a jugar.

Me di cuenta de que, guardando silencio, podía quedarme arrellanada en el sillón sin que me dijeran nada. Hablaban y hablaban de gente que yo no conocía. Al final, la tía María se despedía y me decía:

—Adiós niña —con lo cual me comprobaba que yo no era invisible.

Podría enumerar a muchos personajes apáticos, puedo repasarlos como las cuentas del collar de perlas blancas que dormían dentro de una bolsa de terciopelo y que a mí me gustaba poner en mi mejilla, imaginando las ostras del mar que las habían creado, pero ya no tiene ningún sentido.

Cuando la conversación era inocente, yo podía permanecer ahí. Cuando se ponía más subida de tono o se decían cosas que no eran apropiadas para mí, me ordenaban que me fuera a jugar, y guardaban silencio hasta que salía de la estancia. Entonces retomaban el hilo.

En una ocasión, ella tejía en su sillón, y yo me senté a su lado porque quería decirle muchas cosas, pero estaba puesta la televisión, y yo no quería hablar en los comerciales.

Con la nana, tenía que ser muy explícita, porque contaba las cosas a su modo y no exactamente como habían sucedido. Otros personajes solo me veían hablar, con su sonrisa boba, y me decían alguna tontería como: “Sácales la lengua” o “Acúsalos con la maestra”.

Pero, ¿cómo explicar que en la escuela sucedía exactamente lo mismo? Te oían sin escuchar, te veían sin observar, y casi podías sentirte en el estado fantasmal de los ingrávidos.

Mis anécdotas no eran suficientemente buenas, mis relatos solo despertaban un largo suspiro, una sonrisa mueca, un bostezo ahogado, la mirada acuosa de unos ojos incrédulos.

Fue cuando aprendí que escuchar y comprender eran habilidades destinadas a unos cuantos, que eran un tesoro escondido como las perlas de las ostras, que era necesario sacar, pulir y engarzar para que lucieran como el collar de mi abuela, que tanto me gustaba.

Por eso yo bendigo al mandarino: porque sabe escuchar sin interrumpir, porque cuida los huesos de mis mascotas, porque me da toda la fruta que yo quiero sin escatimármela. No sé en dónde se encuentre su corazón, si en sus ramas, en su tronco o en sus raíces, pero lo que es seguro, es que sí lo tiene.

 Yo me inclino a pensar que está en sus raíces. Las imagino profundas, abrazando de forma protectora sus esqueletos blancos, espantándoles los gusanos traidores para que reposen con dignidad. Él florece frondoso, fértil, amable, sabio, en el fondo del jardín.

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