Opinión

El valor de la palabra

Hoy en día sorprende la fragilidad de la palabra, se aprecia el deterioro del lenguaje, la pobreza en su contenido, la vulgaridad en su uso y el poco compromiso que significa lo manifestado con ella.

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Por: Humberto Andrade Quezada

Hoy en día sorprende la fragilidad de la palabra, se aprecia el deterioro del lenguaje, la pobreza en su contenido, la vulgaridad en su uso y el poco compromiso que significa lo manifestado con ella.

Entre otros factores, el manejo de redes sociales ha influido en relativizar lo que se publica, poniendo al alcance toda la información -aunque ésta sea consultada con poca profundidad- y confundiendo al usuario entre lo que es verdad y lo que es mentira.

Nos admira el contrastes en los jóvenes, con una gran facilidad para conseguir datos y cifras en cualquier dispositivo, por más sofisticadas que sean y al mismo tiempo con la limitación en el número de palabras que utilizan para expresarse: las muletillas como el “buey”, que con diferentes acepciones debe ser la más usada y otras palabras altisonantes, son el universo de su lenguaje, no importando el nivel de educación o de escolaridad que tengan.

Y sucede también con los gobernantes, que se exhiben a la vez con una autoestima descaradamente inflada, una pobreza discursiva y una capacidad muy limitada en el manejo de la palabra; y lo increíble es que nadie repara en ello, a la mayoría de los ciudadanos no les importa, pese a que el lenguaje es fiel indicador de preparación, de emociones, sentimientos e inteligencia.

En nuestro País es manifiesta día a día la pobreza de ideas, la redundancia de conceptos y lo accidentado del discurso oficial, pero quiero referirme a lo que sucede en los Estados Unidos a 9 días de la elección presidencial, con el presidente Trump desbocado en discursos carentes de ideas y sobrados de odio, xenofobia e ilegalidad.

Escucharlo hace necesario cuestionar qué pasa en el mundo, qué sucede en aquel poderoso país, por qué a nadie le importa la pobreza educacional de los lideres, por qué reinan las emociones y la ignorancia por encima de la racionalidad. Basta oírlo aferrado al poder desacreditando la constitucionalidad, enfrentando a los ciudadanos, alentando los peores sentimientos; soberbio, ególatra, majadero, alejado de la realidad y pese a ello, con millones de seguidores dispuestos a votar por él.

Basta escuchar algunas de las cosas que ha dicho Trump desde su campaña para llegar a la presidencia por primera vez, afirmando que: “podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no perdería votos” o “cuando eres una estrella puedes hacer cualquier cosa. Agarrarlas por el coño, lo que quieras”.

Y en los últimos días, acusando a su contrincante de comunista y títere de China, ya que el señalamiento que le hizo de ser viejo y dormilón -pese a que Biden es solo tres años mayor que él-, no surtió efecto en el electorado. Afirma también que: “el calentamiento global es un invento creado por China para que la economía estadounidense no sea competitiva” y en ésta colección de tonterías que dice sin parar, arremete contra los expertos de su propio gobierno, “la gente están harta de Fauci y esos idiotas”, comentó el mandatario refiriéndose a Anthony Fauci, máximo experto de su país en enfermedades infecciosas, tildándolo de un desastre por las recomendaciones hechas para cuidarse del Covid.

No es posible que no reparemos en lo que proyectan las personas con sus expresiones y su actuar diario, que nos acostumbremos a sentencias y bravatas sin resultados, a palabras sin valor.

La falta de capacidad, el afincamiento del fanatismo, la venganza y la ignorancia resultan un coctel efectivo para manipular millones de seres humanos en todo el planeta y, la mejor explicación de porque, el mundo está de cabeza.
 

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