Fantasmas

Las primeras batallas que enfrenté fueron contra mis miedos.

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Por: Salvadora Álvarez Ledesma

En mi vida, he peleado muchas batallas. Algunas las he ganado, otras las he perdido, pero una vez en pie y con las heridas cicatrizando, he seguido caminando, porque siempre hay retos nuevos que son semejantes a las olas del mar, que voy sorteando según se me presentan. Las primeras batallas que enfrenté fueron contra mis miedos.

Ella compró esa casa que antiguamente había sido un internado, la remodeló, le puso terrazas y cornisas a las ventanas; yo, sentada en su alféizar, podía ver la alameda, y en las tardes, al cielo negrear de urracas buscando el refugio de los árboles.

La casa de mi abuela era antigua, de grandes cuartos y techos altos, algunos de ellos con un falso cielo de tela.

La planta baja, donde dormía con ella, tenía un largo pasillo con varias habitaciones. Ya en la noche era mejor no salir, porque reinaba la más absoluta penumbra. Para encender la luz, había que cruzarlo y, aunque eran solo unos pasos, el miedo me paralizaba porque sentía que algo, alguien, me abrazaría por la espalda, rápido como una centella.

Mis hermanos dormían en la planta alta, que no era tan atemorizante y se respiraba otro ambiente, menos opresivo. Cuando venía mi mamá a visitarnos —ya que ella, a raíz de su divorcio, vivía en México, dejando nuestra tutela a mis abuelos—, también dormía en el piso alto. En esos días, era tanta mi ilusión que, con gusto, vencía mis temores y subía a verla.

Ella se acostaba en su cama de techo de tela con pliegues rosados, en cuyo centro tenía un gran moño, al cual era imposible apartar la vista, porque tenía un efecto hipnótico, ya que los pliegues del raso hacían que poco a poco me adentrara en ese extraño universo, y que todos los objetos a mi alrededor dejaran de existir.

La cama tenía cuatro postes de madera torcidos como charamuscas de piloncillo, al igual que la cabecera, solo que de barrotes delgados. Toda la decoración de su cuarto era irreal: había un tocador y un sillón que tenían garras de león, y, cuando me sentaba, me daba la impresión de que tomaría vida y saldría caminando conmigo arriba por toda la casa.

Ya acostada con su camisón, los cuatro ocupábamos nuestro lugar rodeándola: uno en el sillón, otros recargados en los postes; el tiempo transcurría rápido, como suele hacerlo cuando nos sentimos felices.

Platicaba muchas cosas, hasta que llegábamos a la conversación preferida: “Los espantos”. Ella nos contaba del fantasma de la mujer que se confesó con el padre Guevara y del espíritu del viejito que vagaba en casa de su amiga Isolda y atravesaba las paredes perfectamente uniformado; luego venía la historia del niño que se suicidó colgándose de una viga cuando la casa aún era internado.

Mi mamá seguía contando y mi corazón latía apresurado. Se me helaba la sangre y cortaba la respiración solo de pensar que tendría que bajar a dormir con mi abuela, atravesar la biblioteca en penumbras, el largo oscuro y tenebroso pasillo, donde los fantasmas en tropel tratarían de darme alcance.

Mis hermanos empezaban a bostezar y de uno por uno se iban a la seguridad de sus cuartos.

Como un exiliado al que arrancan de su patria, salí de su cuarto, pasé junto al gran cuadro de la Virgen Dolorosa, quien, anegada en llanto, abrazaba el madero desconsolada. Esto me dio una genial idea: empecé a bajar la escalera rezando la “Magnífica”, que mi abuela decía que era una oración sumamente poderosa.

Bajé despacio, porque al pie de la escalera estaba la lámpara encendida. Jalé la cadenilla de bolitas, y me apresó la oscuridad en la profundidad de su negrura. Ahora, había que pasar la terrorífica biblioteca con los enormes sillones verdes; en uno de ellos, imaginaba a una anciana meciéndose con sus brazos blancos de venas azuladas, que me sonreía con mansedumbre, pero solo por un momento, justo el que ocupé en pasar a toda carrera.

Ahora, venía el peor desafío: el pasillo. Corrí con toda la prisa que da el miedo de saberse perseguida por la mujer del sillón, el fantasma del padre Guevara, el ánima del ahorcado; todos eran igual de veloces que yo.

Entré al cuarto a punto de enloquecer, rezando hasta que mi corazón se tranquilizó y me quedé dormida con la presencia protectora de mi abuela a mi lado.

Mis temores han mutado, como en el cuento de Alicia. A veces crecen, otras disminuyen, trato de acotarlos con el pensamiento para limar sus aristas más filosas, porque sé que la función de esa emoción es mi sobrevivencia.

Por eso, a veces me remonto al ayer y recuerdo mis primeras batallas, porque aseveran en mí que los miedos hay que enfrentarlos, y que es inútil salir huyendo.
 

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