La pedrada a Echeverría

En París, rumbo a Noruega, para asistir a un congreso internacional, comíamos un platillo tradicional Lupita, la esposa del entonces diputado federal, José Murat Casab, Meche mi señora y yo.

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Por: Juan Aguilera Azpeitia

Los hechos se esconden; por eso hay que escudriñarlos" Algo para recordar.

En París, rumbo a Noruega, para asistir a un congreso internacional, comíamos un platillo tradicional Lupita, la esposa del entonces diputado federal, José Murat Casab, Meche mi señora y yo.

Salió a la luz, en la charla, el suceso de cuando Echeverría presidente, con una piedra fue descalabrado en Ciudad Universitaria.

Un grupo de estudiantes, afiliados al PRI, partido gobernante, le propuso ir a inaugurar los nuevos cursos.

El entonces mandatario se resistía, igual que sus asesores, ya que el recuerdo del "2 de octubre" no cicatrizaba -ni cicatrizará-, la insistencia de los muchachos y su planteamiento estratégico fue tal, que don Luis terminó aceptando.

El simple anuncio creó una expectativa con ánimos alterados al máximo. No entraría el Estado Mayor, con su aparato, de seguridad y fuerza, porque podría revertir el suceso. Brigadas de priístas, hombres y mujeres, cuidarían la seguridad, no el orden supuesto que se preveía  habría protestas controlables.

Ya en CU, cuando apareció don Luis y dijo la primera palabra,el griterío resultó estruendoso. La protesta se alzó casi al infinito. El actor principal o sea Echeverría concluyó en rápido silencio entre manos alzadas. Cuando lo iban a bajar de la tarima, que era a manera de estrado, una mano anónima lanzó piedra al tamaño de un puño, que le pegó al Mandatario en la frente.

El espectáculo fue sobrecogedor. Nadie podía suponer la gravedad del hecho. Ni tiempo para buscar o aprehender al actor.

Echeverría fue rodeado y sacado casi en vilo. Murat a la cabeza del grupo se adelantó hasta donde estaba un muchacho dentro del carro estacionado. Mostrándole una pistola ordenó encendiera la unidad en la que introdujeron luego al Presidente. Ya afuera del campus el Estado Mayor abría paso hasta llegar a Los Pinos. El dueño del auto no supo en ese momento de qué se trataba. Al ordenarle que se fuera ya, una persona uniformada le mostró un dedo en los labios, indicándole que se callara a la vez que ponía en sus manos un portafolios que luego vería el actor, era dinero.

Echeverría sanó, físicamente luego; pero en su estado de ánimo presidencial, debe haberle quedado una profunda y muy señalada huella, de un gran rechazo a su persona por parte de -que no fue el único inconforme con el mandato- ese sector juvenil.

El hecho de que este personaje haya vuelto, a más de medio siglo de distancia, a Ciudad Universitaria para vacunarse contra la pandemia, hizo recordar pasajes de una historia que aún estaba por ser escrita.

Nuestros políticos, -diré mejor: los políticos- de todos los tamaños y tallas morales, le tienen miedo, ellos y ellas, a la verdad. Por eso ignoramos los simples mortales cuanto sucede en las entretelas del poder. ¿Quién sabe que Díaz Ordaz, ya en Palacio Nacional, no quería ni contestarle a su antecesor una llamada telefónica. El día que tomó el auricular y sabiendo quien le llamaba, gritó: "díganle a ese señor, que estoy muy ocupado". Eso me lo confidenció Humbero Romero Pérez, secretario de ALM, hasta que el toluqueño falleció.

El único que se aproximó a la desnudez histórica, fue José López Portilo, en su biografía denominada "Mis Tiempos". Aún allí quedó a deber varias verdades, entre otras la de los barcos por lo que su amigo Jorge Díaz Serrano, que obedeció órdenes de familia, fue encarcelado. Pero eso, como dice la viejita: es otra historia.

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