Opinión

La vejez, ¿en la realidad cuenta?

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Por: Juan Aguilera Azpeitia

La vejez, ¿en la realidad cuenta?

La vejez, ¿en la realidad cuenta?

Para algunas personas, sobre todo entronizadas en las cumbres del poder, la gente adulta, principalmente las mujeres, deben dar servicios al máximo.

Esto es tan cierto que en el Gobierno Federal se tomó la decisión, por ya sabemos quien, de no proporcionar dinero a guarderías sino a los padres de los pequeños, para que ellos lo transfieran o, si lo prefieren, se los entreguen a las abuelas (no a los abuelos) como pago por atender a los infantes.

Aquí se cayó en una contradicción ya que si son, como dice ya sabemos quién, primero los pobres, los bebés, varoncitos y mujercitas están delante del requerimiento.

En mucho, valorativamente hablando, era una etapa superada supuesto que la guardería en sí, tuvo y tiene muchos y muy variados elementos de servicio. No entenderlo es supina o caprichosa ignorancia.

El pretexto fue que en esos servicios había abusos, lo que no es de dudar, empero digamos como ejemplo, porque una profesora cobra en cierto plantel la plaza de otra, ¿cerrar la escuela es lo mejor?

Hoy que Derechos Humanos manda al Gobierno Federal una nota y el exhorto para que reencauce el asunto tan grave, el Presidente se exalta, impugna verbal y públicamente para dar a entender  que no hay marcha atrás ya que, se advierte, desea vehementemente tener a ciudadanos y ciudadanas que reciban ese dinero, en su lista de partidarios. 

Así el absolutismo no pierde; la mejor muestra de lo que puede ocurrir la tenemos en Baja California Norte. 

Sí, ya entiendo que ese es otro tema pero no deja de llamar la atención que los corruptos de todos los partidos (se dice que a 20 millones por cabeza), aprobaron lo que es un pico de ganso, nada más para calar si el pueblo aguanta lo que puede venir a nivel federal.

En tratándose de las guarderías si se hubiesen depurado y a la vez invitado a las abuelas como voluntarias, otra sería la realidad. 

A tal propósito hay que decir que las abuelas, con la edad que tengan y los achaques de índole diversa, son y han sido, hoy más que nunca el sostén de bebés, niños y niñas. La madre que trabaja o estudia, quien no se casó pero tiene hijos, la señora cuyo esposo se fue pa’l norte y allá encontró otra querencia, deja a los hijos al cuidado de la abuelita, quien jamás dice “no”.

A esas damas de tan enorme espíritu, sabias por naturaleza, infatigables aunque las venzan malestares y hasta el sueño, a ellas les rindo, aquí y ahora, tributo de respeto y admiración.

Y no faltará  el o la que inquiera quién soy yo para asumir ese papel. Un ciudadano común, nada corriente, aclaro, que no quiere vivir con la carga de la ingratitud.
Como acaba de llegarme una hermosa e impactante historia, no novela, sino realidad viva y vividicante, escrita por el cronista a perpetuidad de Romita, que es mi hermano Felipe, le cedo el espacio para que nos ilumine con una inmensa realidad.

Se trata de una página suelta de la historia romitense que se desprendió al paso de los años.

Una mujer es el personaje central y real. Baja de estatura, encorvada, nunca ha sido ni delgada y menos obesa. Se levanta con el sol, lava su ropa y los trastos. Todo queda pulcro.

Llueva, truene o relampaguee va por las calles con una carriola en la que recoge cartón, plásticos, papel o latas. Barre algunas banquetas, por lo que la gratifican.

A todo el mundo saluda, a la antigüita, con el “Buenos días le dé Dios”.

Llega con el panadero y lleva unas piezas de esas delicias. Le dice “ya vuelvo”. Con el de la verdura chilitos, cebollas y jitomates que coloca en una bolsita. “Ya vuelvo”.
Y regresa a pagar. Si le dicen: “creí que se le olvidaría”, se toca la sien y se va. 

Juana Cuéllar Sánchez, el 24 de junio que acaba de pasar, cumplió 101 años, un siglo y, dice el cronista, “el pilón”, como en los viejos tendajones.

Es la mujer que todo lo dio y sigue dándolo, ejemplar en los diversos sentidos de la existencia, que para nadie es carga sino, antes al contrario, apoyo e inspiración para su familia y cuantos la conocen y tratan.

Una mujer de esa estatura, ¿qué merece? Un homenaje; al menos el reconocimiento por su grandeza de vivir al servicio de la humanidad.

La gloria para ella. Gracias, Felipe cronista per secula seculorum por esta página suelta con que nos muestras la entraña de un humanismo verdadero.
 

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