Lo reconocieron al partir el pan

Jesús resucitado se afana en reafirmar nuestra fe. Pero, para Él, no basta que creamos, de manera genérica, que está vivo. Quiere que asumamos los matices y las consecuencias que de ahí se desprenden.

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Por: Pbro. Carlos Sandoval Rangel

Tercer domingo de pascua

Jesús resucitado se afana en reafirmar nuestra fe. Pero, para Él, no basta que creamos, de manera genérica, que está vivo. Quiere que asumamos los matices y las consecuencias que de ahí se desprenden. En ese sentido, el evangelio de hoy es sumamente rico. Regresan los dos discípulos de Emaús para contar a los demás que se les ha aparecido y que lo han reconocido al partir el pan. Y estando todos reunidos se les vuelve a aparecer, les muestra los signos de su identidad, les hace ver que todo lo sucedido es según las Escrituras y termina enviándolos a anunciar a todas las naciones la necesidad de volverse a Dios (Cfr. Lc. 24, 35-38).

Por una parte, la fe en el Resucitado nos llama necesariamente a formar comunidad. Los discípulos de Emaús, una vez que entienden que, efectivamente, Cristo está vivo, de inmediato regresan a anunciar la noticia y a reintegrarse a la comunidad de los apóstoles. Y estando todos reunidos, Jesús se les vuelve a aparecer para reafirmarlos en la fe. Pero el hecho no queda ahí, pues los envía a los pueblos a anunciar la necesidad de volverse a Dios. Sin esa dimensión eclesial, la resurrección de Cristo no logra sus cometidos. Dios nos creó bajo un proyecto de pueblo, de familia, y la salvación es sanar y fortalecernos bajo ese proyecto. La oveja sola se pierde, la rama que se desprende del árbol se seca.

Otro de los matices esenciales de estas apariciones que nos presenta el evangelio, es la identidad de Jesús, expresada en sus diversos modos de hacerse presente. Por una parte, los discípulos de Emaús lo reconocieron al partir el pan. Y eso le vienen a contar a los demás, “le hemos reconocido al partir el pan”. Es ahí donde, de modo predilecto, lo reconocemos nosotros. Se quedó no como un signo más, sino vivo y presente en la Eucaristía, en el Pan sagrado, donde humildemente quiso quedarse. Así celebramos su presencia en cada santa misa. Se trata de Él mismo, por eso después dice a los apóstoles: “no teman, soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona”.

Pero su presencia viva le da un sustento y significado especial a la comunidad, cuando ésta cree y se reúne en su nombre. Al aparecerse a todos, podemos decir que no celebró la Eucaristía, no hizo la fracción del pan, pero comió con ellos, que es un modo especial de hacer comunidad. Comer juntos es siempre un signo eclesial importante. Es más, la riqueza de la comunidad toma una dimensión única e inigualable, cuando se reúnen en torno al pan eucarístico.

Y un matiz más de su presencia viva es como cumplimiento de un proyecto divino. “Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados” (Lc. 24, 48).

Cierra la riqueza de estas apariciones con dos elementos prácticos que concretizan el beneficio de su resurrección: por una parte, “la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados”. Pero, además, una tarea: “ser sus testigos”.

Abrir de verdad el corazón a esta riqueza de la presencia viva de Cristo, junto con la experiencia del perdón y de ser tus testigos, nos aseguran algo fundamental: la fe, como enseña Benedicto XVI, no se queda en una leyenda o un mito (Misa, 25 de marzo, Parque Bicentenario, Silao, Guanajuato), sino que se convierte en una experiencia que genera vida y vida plena.

¡Señor, ábreme el corazón para entender la riqueza infinita de la Eucaristía y de tu Palabra, para creer enteramente que estás vivo!

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