Opinión

Los caminos torcidos del poder

Celaya es como los cajetes que algún día la hicieron famosa, dura por fuera, pero hueca por dentro. Casi la mitad de su población vive en la pobreza, y el resto se divide en gradientes que generan un espejismo de bienestar

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Por: José Luis Ramírez

Celaya es como los cajetes que algún día la hicieron famosa, dura por fuera, pero hueca por dentro. Casi la mitad de su población vive en la pobreza, y el resto se divide en gradientes que generan un espejismo de bienestar. No habría mayor problema, excepto porque el brillo de las lentejuelas atrajo en los últimos años la mirada y la ambición de tiros y troyanos.

El confinamiento por motivos de salud, nos ofreció varias lecturas para comprender lo que pasa en nuestras calles. Pudimos ver desde la ventana como la amenaza de la violencia y el crimen, se unían a la epidemia del Covid-19, para generarnos un sentido de fragilidad y vulnerabilidad impensable. Si bien las calles lucen abandonadas, eso no ha significado que las sirenas y las torretas roji-azules, hayan apagado su sonido y luz de muerte.

Algunas reflexiones sin lugar a duda han cruzado por nuestra mente: ¿Cuánto tiempo ha necesitado el virus de la violencia y el crimen para incubarse en nuestra ciudad? ¿Qué nos bajó nuestras defensas hasta el grado de ser un blanco perfecto para cualquier acto delictivo? ¿Por qué no se ha encontrado una solución que nos dé certidumbre en nuestra integridad física y patrimonial?

Ya había señalado que desde el 2012 la huella organizada de la delincuencia se había multiplicado desde dentro de las instituciones. Durante un buen tiempo, se invisibilizó la presencia de los protagonistas de la nota roja. Es con el ciudadano Lemus, que nuevamente las 8 columnas de la prensa destacan la impunidad del crimen en nuestras calles y casas. Sin embargo, los presupuestos de gasto para seguridad pública fueron desbordándose, y, por otro lado, la plantilla policiaca fue disminuyendo drásticamente. Estamos hablando de 5 años en los que la inseguridad creció como espuma hasta colocarnos como una de las ciudades más violentas y peligrosas del mundo y el país.

Es muy subjetivo señalar que los pobres son los culpables de la inseguridad, pero de cierto entre la bonanza de unos cuantos, y la necesidad económica de muchos, aunado a la impunidad, la complicidad y la corrupción en las instituciones, el caldo de cultivo no solo fue propicio sino alentador. El huachicol fue la mina de oro que por años que llenó de dinero a la clase política, y de paso, vulneró la fortaleza y la ética policial.

Los delitos del fuero federal, como el robo a Pemex, y el uso de armas exclusivas para el ejército tenían una historia de tolerancia más antigua. Desde hace años, se omitió como delito el acopio y uso de armas de alto poder en el Código Penal; el huachicol fue el negocio que cómodamente permitió que se tejiera la estructura delincuencial a diestra y siniestra. ¿Hasta dónde ha terminado? Eso es una gran incógnita.

El anterior escenario, en paralelo a un desgaste moral personal, y abandono de la profesionalización policial en el municipio, trajo consigo que la seguridad pública se debilitase hasta lo innombrable, y con ello, arrastrara a la principal responsable de la seguridad, la ciudadana Paniagua. Recordemos que la primera figura de autoridad que observa el ciudadano es la policía municipal, y al presidente municipal.

Por eso, la ciudadana Paniagua desde su llegada como alcaldesa nunca pudo levantar su imagen. Carecía de una policía profesional, de una estrategia para renovarla y ponerla al servicio de la seguridad pública. Ella se hundía en el barco, sino de la incapacidad sí de la irresponsabilidad, porque nunca pudo tomar las riendas del gobierno, y finalmente no comprendió que su futuro estaba encadenado al futuro ciudadano.

Después de haber consumido inútilmente más de la mitad de tiempo de su gobierno, la falta de oficio político e insensibilidad social, la tienen hundida en la desaprobación ciudadana, de la que ya no saldrá. Solo por tomar algunas referencias, en los últimos ocho meses se le comparó con los gobiernos de las 100 ciudades más importantes del país, y ocupó los últimos lugares.

El periodo de encierro que vive la población, fue una oportunidad de oro para ajustar los mecanismos de gobierno y administración, pero la perdió. Su estructura administrativa la mandó a descansar, y dejó que sólo los plazos de la quincena fueran lo que marcaran el ritmo de una gruesa y costosa burocracia. No planeó, no organizó, no tomó la iniciativa para anticiparse a las problemáticas que se presentarían por la contingencia sanitaria, sólo salió en el curso de 60 días a enfrentar de manera espontánea, los estragos en la economía local. Sus actos más notorios para frenar el covid19 fue usar las instituciones de seguridad para amedrentar a los comerciantes. No es gratuito que seamos una de las ciudades con el más alto índice de muertes por contagio del coronavirus.

Hoy la ciudad está paralizada, por un lado, el crimen y la violencia marca los territorios de la impunidad, y, por otro lado, el covid19 destroza la economía local. Los programas asistenciales y económicos, son una ridiculez porque han dimensionado la crisis económica y social con un enfoque tradicional y partidista.

Los caminos torcidos del poder se le han cerrado a la ciudadana Paniagua, los días que vienen serán de sobrevivencia. Quizá solo un camino, el menos pensable, se le abrirá: reconstruir su gobierno replanteando su estructura administrativa, delegando la seguridad a la Guardia Nacional, y reorientando el gasto para satisfacer las necesidades elementales de la población, pero eso no sucederá.

Revolcadero.

El uso de los magros recursos públicos con fines partidistas, es un festín. No entienden.

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