Pelé y la política

Me referiré al interesante documental sobre la biografía de Pelé, el mejor futbolista de todos los tiempos, que se puede ver en la plataforma Netflix, el cual aborda los retos que tuvo que enfrentar el inventor del “jogo bonito” para triunfar sin discusión, en su carrera deportiva.

Avatar del

Por: Carlos Arce Macías

Me referiré al interesante documental sobre la biografía de Pelé, el mejor futbolista de todos los tiempos, que se puede ver en la plataforma Netflix, el cual aborda los retos que tuvo que enfrentar el inventor del “jogo bonito” para triunfar sin discusión, en su carrera deportiva.

El magnífico guión se basa en la consecución de los tres títulos mundiales de Brasil, y por consecuencia la obtención de la histórica copa Jules Rimet. Remata con la participación en el campeonato mundial de 1970, en México, del que hace una descripción pormenorizada de los momentos claves que les permitieron llegar a la final y levantar el trofeo más preciado del orbe futbolístico.

Eso me lleva a rememorar la enorme suerte que tuve de ser testigo directo de parte de esa hazaña, ya hace cincuenta años, en el Estadio Jalisco. Los emotivos juegos que presencié contra Checoslovaquia, Inglaterra y Rumanía. Los cuartos de final contra el Perú de Cubillas y Chumpitáz y la durísima semifinal contra el más temido adversario: Uruguay con Mazurkiewicz, Matosas y Esparrago. El documental no refleja a plenitud el ambiente mexicano a favor de los brasileños y Pelé. Pero recuerdo las prácticas del equipo, semanas antes, en la cancha Nieto Piña de la ciudad de Guanajuato. También el partido amistoso jugado contra el Irapuato, en donde ganó Brasil por un discreto 2-1. La afiliación popular a la simpatía que irradiaba el Rey Pelé, siempre sencillo y alejado de escándalos mediáticos. Un jugador profesional en toda la línea.

En el estadio Jalisco el apoyo a los brasileiros era incondicional. Estaba acompañado de la “Torcida do Brasil”, que apoyaba a su selección en los momentos más intensos de los encuentros, con el ritmo cadencioso de sus tambores. Parecía como si marcara el ritmo del equipo. Era entonces cuando la pantera número 10 comenzaba a mover espectacularmente al conjunto, utilizando los ataques como ráfagas de sus ofensivos: Jairzinho y Rivelino, mientras Tostao enervaba a las defensas enemigas y Gerson amagaba con fuertes disparos de media distancia. Un concierto de futbol ofensivo, jamás antes visto, cuyo recuerdo resulta un gozo para aquello que tuvimos la suerte de presenciarlo directamente en el estadio.

El documental toca un tema delicado, la relación del fútbol con la política. El regreso triunfante de la verde esmeralda a Brasil y el apoteótico recibimiento a los dueños de la copa mundial, frente al oportunismo del sangriento dictador Emilio Garrastazu Médici, con el fin de aprovechar la victoria deportiva para ganar popularidad y apoyar su cruento gobierno.

Siempre sucede. Los políticos intentan utilizar a los dioses del estadio, para manipular a la ciudadanía, urgida de triunfos y victorias. Nada nuevo bajo el sol, la misma receta del circo romano. Intentan entender la mecánica del futbol, la verdadera religión popular, que no ofrece el paraíso, pero si parte de la gloria que concede Niké, la diosa griega de la victoria. 

El deporte le pone alas a la casa comunal, y acredita a la localidad como algo valioso, especialmente para los depauperados. Para una urbe, poseer un equipo destacado es invaluable; veamos el caso de Münich, Mánchester, Londres, Madrid o Barcelona, sus equipos son su principal símbolo y representantes globales.

Pero el olfato de los políticos por ganar adeptos y utilizar al deporte como un acicate para obtener simpatizantes y ganar elecciones fallan. Como es el caso de Brasil 1970, y el intento del dictador de utilizar a Pelé y a los campeones del mundo, como apoyos solidarios.  De nada sirvió, pues el pueblo sabe que los partidos los ganan los jugadores, no los gobernadores ni los políticos oportunistas. Los dioses del estadio son autónomos y se comunican directamente con el aficionado, son más prácticos que la religión institucional. El Club León, Davino, Tita, el Chapo Montes, y menos la Tota Carbajal, representan hoy a ningún partido político y menos el voto por quien pueda disponer irresponsablemente, en tiempo de una mortal pandemia, de 735 millones de pesos para adquirir un estadio con fondos públicos, que fue arrebatado por la mala, al pueblo de León.

Es tiempo de dignidad y valentía, de poner en su lugar a los políticos de cualquier signo que intenten manipular a los ciudadanos a través de los divinos símbolos deportivos. Los dioses futboleros son otra cosa, más vale que los respeten, porque pueden convertirse en enemigos terribles y llevarles la destrucción a sus organizaciones políticas, por abusivas. Mejor vayan con cuidado.

Opinión

Opinión en tu buzón

Deja tu correo y recibe gratis las columnas editoriales de AM, de lunes a domingo

8am
En esta nota:

Y tú, ¿qué opinas?