Pilares de la enseñanza jurídica en León

Hasta antes de la década de los 90 teníamos en nuestra ciudad abogados formados y egresados en su mayoría de la Universidad de Guanajuato y excepcionalmente algunos avecindados por cuestiones de su trabajo, egresados de la Facultad de Derecho de la UNAM y algunos de Universidades de otros Estados o de la Escuela Libre de Derecho.

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Por: Mtro. Paulino Lorea Hernández.

Hasta antes de la década de los 90 teníamos en nuestra ciudad abogados formados y egresados en su mayoría de la Universidad de Guanajuato y excepcionalmente algunos avecindados por cuestiones de su trabajo, egresados de la Facultad de Derecho de la UNAM y algunos de Universidades de otros Estados o de la Escuela Libre de Derecho.

Nos remontamos a esa época porque poco antes y luego unos años después egresaron las primeras generaciones de abogados primero de la Universidad Iberoamericana Plantel León, y segundo, de la entonces Universidad del Bajío, A.C. (ahora De LaSalle); de tal manera que durante los últimos treinta años los abogados que ejercen la profesión en diversos ámbitos de nuestra ciudad, del Estado y en algunos otros lugares del país, en diversas instituciones o en despachos particulares son leoneses, o bien, de otros municipios de Guanajuato pero que estudiaron en estas dos universidades.

 Los Abogados que han sobresalido en diversas materias ya en esta nueva etapa, son reconocidos por su eficacia, capacidad y hasta liderazgo en el entorno en que se desarrollan, producto de una enseñanza sólida que se fue conformando a base del esfuerzo, ejemplo, constancia, perseverancia, permanencia y entrega de un grupo de Maestros Juristas que forjaron las bases para dar prestigio y atracción al estudio de la carrera de Derecho en nuestra localidad.

Me refiero a cuatro Maestros que durante más de tres décadas dedicaron parte de su tiempo a la enseñanza del Derecho indistintamente o exclusivamente en estas Universidades. Me referiré inicialmente al Maestro Ernesto Arrache Hernández quien tras ocupar cargos públicos y políticos en una larga trayectoria y ejercer la Notaría Pública, decidió impartir cátedra en la Universidad Iberoamericana desde su fundación en la educación jurídica, en la cual constituyó un baluarte y dudo mucho que algunos de quienes fueron sus alumnos lo hayan olvidado; su madurez como maestro en las aulas de la Ibero fue producto de largos años de práctica en la docencia en la Escuela Preparatoria de León; sus exposiciones magistrales estuvieron plagadas de anécdotas y de experiencias personales que aparte de mostrar un humor, sarcasmo e ironía en su contenido, con sabiduría, dejaba en los jóvenes ejemplos vivos de la práctica del Derecho; siempre brillante hasta su ausencia (1944-2013).

Precisamente con motivo del cumpleaños número 80, apenas hace unos días, del Maestro Mario Emilio Vargas Islas surgió la idea de la entrega de hoy. Tuve conocimiento del arribo del Maestro Vargas Islas a nuestra ciudad porque laboraba para el área jurídica de un importante Banco de rango nacional y aquí expandió sus actividades, entre ellas, la docencia y luego cuando renunció a la Institución financiera, se dedicó al litigio en pleno y con el paso de los años ahora es el Corredor Público número 1 de la localidad. Tengo entendido que continuó varios años más impartiendo su cátedra en la Ibero y durante algunos años en la Universidad ahora De LaSalle, aún después de que renunciara a esta actividad quien esto escribe, al cumplir treinta años de docencia, por lo que estimo que casi llegó a los cuarenta años de servicio. Muchos de sus alumnos y demás maestros comentaban que aunque fuera el más pequeño de estatura en el cuerpo docente, era uno de los más grandes Maestros, por una característica que lo dignificaba: su amor a la enseñanza del Derecho y a la generosidad con sus alumnos; coincidíamos en el mismo horario en la Ibero, pero siempre cuando pasaba por su aula después de haber cumplido mi clase, permanecía en su escritorio rodeado de varios alumnos aclarando o ampliando algunos puntos de la clase del día, por lo que a veces lo apremiaba a que ya nos fuéramos porque pasaba de las nueve de la noche.

El Maestro Francisco Arrona de la Rosa, a quien no se porqué, cuándo, ni dónde ni cómo se le atribuyó un apodo que no voy a repetir pero que ahora se le menciona con cariño, permaneció en las aulas de varias Universidades durante más de treinta años; también fuimos compañeros en la Ibero y a la fecha creo continúa en alguna institución impartiendo cátedra; su paciencia y tolerancia parecen inagotables, aun ante tantas preguntas y consultas de sus alumnos, a veces por muy insulsas o torpes que parezcan; pero lo que sí no permite es el que se le cuestione o se denueste a la justicia laboral como ineficiente y corrupta, porque la defiende a capa y espada, aclarando que en la Universidad se va a enseñar la teoría, los principios y las bases del Derecho, no la desviación y falta de ética del ejercicio y la práctica profesional, decía el Maestro: “eso se aprende en la calle”.

Por último, no puedo dejar de mencionar al colega, compañero, amigo y Maestro Marcelo Gay Guerra, pues ambos coincidimos en estas dos Universidades pioneras de la enseñanza del Derecho en nuestro Municipio, a veces hasta en el mismo horario y salones contiguos; así que durante treinta años periódicamente fuimos partícipes de las convivencias universitarias y protagonistas de diversas anécdotas entre alumnos y maestros. Su voz fuerte, grave y estentórea al impartir sus clases, proyectaba de manera netamente oral la armonía entre los fundamentos de la razón, la teoría y la práctica del Derecho. Algo indescifrable e incomprensible para los demás maestros, era su trato y relación maestro-alumno, debido a que otorgaba gran confianza, pero a la vez inspiraba respeto ante sus pupilos, quienes aceptaban muchas veces alguna expresión específica o forma de dirigirse a ellos no por su nombre sino por oriundez, y así se acuñaron algunos sobre nombres en los patios universitarios como “El Jaralito”, el “Irapuatito”, la “Celayita”, etc. Sus clases eran tratadas con sumo cuidado y dedicación a través de la lectura y la discusión, abrevadas con abundante bibliografía y su técnica escolástica resultaba impecable; hasta donde tengo conocimiento rebasó los treinta y cinco años de servicio constante en la docencia universitaria de la enseñanza del Derecho.

El gran número de abogados que se forjaron bajo la guía y dirección de estos Maestros pilares, continúa dando frutos pues son por sus propias palabras quienes más homenaje brindan hacia ellos donde quiera que se encuentran ejerciendo la profesión. Qué lástima que las instituciones universitarias donde contaron con sus servicios más allá del deber y de la magra remuneración, no compensen con un homenaje y reconocimiento a quienes dedicaron la mitad de su vida para el engrandecimiento y crecimiento de sus servicios docentes en la ciudad (¡ios, que buen vassallo, si oviesse buen señor!.- Cantar del Mío Cid). 

Vaya este modestísimo homenaje para ellos que me brinda la oportunidad este diario de mayor circulación en el Estado y que los convoque a saludarnos en torno a una botella de buen vino tinto. ¡Salud por estos grandes Maestros!.

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