Quien me ve a mí…

Felipe tuvo que aprender que Jesús y el Padre son uno; y que Jesús no solo es el Mesías esperado en la Ley y los Profetas, sino la actualización del amor y lealtad de Dios.

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Por: Dante Gabriel Jiménez Muñoz Ledo

Juan 14, 7-14

~ Si me conocen a mí, conocerán también a mi Padre;

desde ahora lo conocen y lo han visto ~

Felipe tuvo que aprender que Jesús y el Padre son uno; y que Jesús no solo es el Mesías esperado en la Ley y los Profetas, sino la actualización del amor y lealtad de Dios.

El problema de Felipe, puede ser el nuestro. Ver a Jesús como enviado de Dios, pero no la presencia de Dios mismo en el mundo. La manera de superar esta carencia, es volver sobre nuestra convivencia con Jesús. Si consideramos las veces en que Jesús nos ha liberado, creceremos en nuestra adhesión y entrega; estaremos seguros del rumbo que llevamos hacia el final-principio de nuestra vida en Dios.

Una vez que identificamos nuestros mejores momentos con Jesús, podemos descubrir su amor, su Espíritu y su Vida, que hacen presente a Dios, así, de una manera tangible y natural, sin grandes representaciones. Las señales que Jesús realizó en el pasado y que sigue realizando en nuestras vidas, no son producto de nuestras ilusiones, sino una realidad constatable. Son obras que liberan al hombre, ofreciéndole vida. Si lo pensamos bien, nos damos cuenta de que Jesús cambia el rumbo de la historia y de nuestra historia. Pero toca a cada uno de nosotros, seguir ese rumbo.

Al escuchar este Evangelio, nos queda una grata sensación: que no estamos solos en nuestro camino hacia Dios, Jesús sigue actuando en nuestras vidas, a través del amor del Padre y en Él podemos hacer obras grandes.

Hagamos igual de real la condición de Jesús, en nuestra propia persona, digamos a través de nuestras obras: quien me ve a mí, ve al Padre.

Oración:

Señor Jesús, aunque soy tardo en entender, me inspira saber que puedo hacer obras en tu nombre. No permitas que olvide los mejores momentos de nuestra relación; ayúdame a tener presente las veces en que me has liberado, y a producirme con firmeza en la práctica del amor.

Que en mi hogar, no descansemos hasta hacer presente tu vida por medio de actitudes y de obras que se distinguen por tu presencia. Amén.

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