Reflexión de Semana SantaLa pavorosa culpa

Con los ojos en blanco y sonoros golpes de pecho: “¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa…!”

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Por: Alejandro Pohls Hernández

Con los ojos en blanco y sonoros golpes de pecho: “¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima culpa…!” Probablemente, la mejor exposición del sentimiento de culpa que padecen millones de personas se encuentra en el libro “El Proceso”, de Franz Kafka, en el que un hombre, Josep K., despierta para descubrir que está siendo juzgado por un crimen desconocido que no le es revelado; la situación le genera una constante opresión y agobiante angustia… 

En Occidente, de acuerdo a la religión cristiana, se es culpable de pensamiento, palabra, obra y omisión; es decir, imposible librarse de la pavorosa culpa. Según esto, el mundo en sí es un lugar de culpa permanente, todo lo que rodea al individuo es un inmenso y confuso proceso acusatorio… Quizás muchas personas, en cierta forma, como Kafka, sienten este peso encima y por eso no pueden dejar de buscar consuelos intelectuales como la religión, sin darse cuenta que ésta fue la que insertó esa culpabilidad con la que se ha de cargar desde el nacimiento.

Culturalmente, el sentimiento de culpa es generado por visiones predominantemente moralistas y rígidas, de religiones monoteístas que sustentan el control de las vidas mediante la culpa, el miedo y el castigo. Por ejemplo, en el cristianismo: se nace culpable por un supuesto Pecado original. Según dicen, la primera pareja, Adán y Eva, desobedecieron y tuvieron sexo, una pulsión natural e inherente al ser humano.

Sin duda alguna, en los últimos mil quinientos años el sentimiento de culpa más inculcado en la cultura de Occidente es el relacionado con la sexualidad. La conciencia sexual de Occidente fue formada moral y religiosamente por San Agustín, que insertó un terrible sentimiento de culpa con relación a la pulsión del placer sexual. El santo varón sugería comer poquito para no padecer demasiadas pasiones y dormir tantito para evitar sueños eróticos. Uta Ranke Heinemann, socióloga, calificó al Santo varón de neurótico y padre de un milenio y medio de culpabilidad y terror sexual.

El cristianismo es una religión de culpa permanente, se nace culpable apenas con la luz de la existencia, los nuevos seres son ya reos de culpa; y, al morir, se dice que van a ser juzgados. Por lo tanto, se afirma que escucharán una tonante sentencia emitida por juzgadores que no ignoran nada de la vida del enjuiciado, conocen hasta los secretos más íntimos de alcoba. En la portada del expediente está plasmado un sello rojo, donde se lee: “Culpable desde el nacimiento”. Dicho tribunal es contrario a los principios jurídicos universales donde existe la presunción de inocencia del acusado hasta prueba en contrario.

El mundo inconfundible de Franz Kafka dio lugar al adjetivo kafkiano, que es una manera de calificar ciertas situaciones absurdas de la existencia que oprimen la vida. Lo kafkiano es la negación de la libertad, el deseo insatisfecho por el peso del lastre de la culpa que pesa y doblega el andar de la existencia. Así, el ciudadano vivirá pendiente del veredicto de su juicio y de la tortura psicológica que ello conlleva al no poder defenderse ante una supuesta culpabilidad, siempre esperando una sentencia de un delito ignoto.

Lo anterior, provoca que innumerables personas lleven vidas atormentadas, disfuncionales, llenas de prejuicios, viven acarreando sentimientos de culpa que las tienen atadas y frustradas, no son felices con la pesada carga que les hacen llevar: una terrible tensión culposa por sus pulsiones y el fincado “deber ser moral”. Cualquiera que examine con atención “El Proceso” se dará cuenta que Kafka se está refiriendo a la culpa moral religiosa: El Pecado original, la vieja culpa de la humanidad. No hay nada más kafkiano que este increíble grillete religioso. Así las cosas, el hombre es naturalmente culpable por ser de la raza humana, frente al poder de lo desconocido: la muerte.

Estimado lector, tal vez la vida no le exige tanto, solo le pide ser feliz, no se angustie por sus errores e imperfecciones; somos ni más ni menos lo que nuestra condición humana es. Deje a un lado esos sentimientos de culpa que lo asfixian, debido a que se los incrustaron en el inconsciente desde que inició la existencia. Disfrute su vida, usted no es culpable, más que de no intentar ser feliz… 

Pero, no se asuste... La existencia de este supuesto infame tribunal celestial que imparte espantosos castigos, no es más que el producto de la ficción humana; nada se parece más a lo humano que esos abominables conceptos, que sería imposible que provinieran de un ser superior. La neurosis de culpabilidad que padecen millones de personas por el ejercicio de la sexualidad es producto de la indisoluble confluencia de la naturaleza humana y la religión que practique. 

Quien controle las pulsiones del ser humano y los sentimientos de culpa, controla al individuo”: Erich Fromm

alejandropohls@prodigy.net.mx

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