San Miguel, el final de la franquicia

Una de las grandes sorpresas de la reciente elección fue el derrocamiento del actual alcalde de San Miguel Allende, Luis Alberto Villarreal. El municipio parecía estar escriturado a su nombre y al de su hermano. No se advertían señales tempranas de derrota.

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Por: Carlos Arce Macías

Una de las grandes sorpresas de la reciente elección fue el derrocamiento del actual alcalde de San Miguel Allende, Luis Alberto Villarreal. El municipio parecía estar escriturado a su nombre y al de su hermano. No se advertían señales tempranas de derrota. 

Cuando hablé con conocidos de San Miguel sobre el inesperado resultado electoral, uno de ellos me comentó: “se acabó la franquicia Villarreal, estábamos hartos de corrupción”. Efectivamente, solo el gobernador de Guanajuato, no se enteraba de lo que acontecía día a día en la administración municipal encabezada por su excompañero en la diputación federal. La tóxica mezcla de poder con negocios había conducido a la sociedad sanmiguelense a elegir otra opción partidista y darle la espalda a Villarreal.

A principios de este siglo, la carrera de Luis Alberto empezaba a despuntar. Se le reconocía como un político con un luminoso futuro, aunque ya se le vinculaba con los intereses de casineros neoleoneses. Sin embargo, su llegada, quizás siendo demasiado tierno al senado de la República, le provocó el peligroso extravío que genera el poder a las personas con poca templanza. Ya con la brújula despistada, su desempeño en la oprobiosa LXII Legislatura Federal, como coordinador del grupo parlamentario del PAN, resultó un fracaso, ya que terminó manipulado por uno de los políticos más aviesos del sistema mexicano: Manlio Fabio Beltrones.  No necesitó más de tres tarascadas el sonorense para engullirlo completo, y con él a casi toda la bancada panista. Los negocios sucios menudearon en San Lázaro, y la imagen de Acción Nacional terminó en la ignominia, mancillada por fiestas escandalosas plagadas de meretrices y denuncias por exigencia de moches a diversos alcaldes. Pero concluyó su trienio con las alforjas colmadas de dinero, aunque  tuvo que renunciar a la dirección del grupo parlamentario luego de tanto desenfreno y abusos. Pero el “modus operandi”, se le convirtió en costumbre.

Luego de tan estrepitosa gestión su caída parecía definitiva, a no ser por la intervención salvadora, del entonces gobernador de Guanajuato, Miguel Márquez, quién le entregó la franquicia del PAN de San Miguel, escriturándole la alcaldía al apellido Villarreal. Ya entronizado y al mando de una partidocracia devastadora, el desgaste se fue produciendo durante tres administraciones familiares consecutivas, que, si bien cuidaron con esmero la imagen de la ciudad, hay que reconocerlo, impuso gravosos pagos extraoficiales a los múltiples negocios a desarrollar en la localidad. Es conocido en tierras queretanas y guanajuatenses, que portafolios atiborrados de billetes debían entregarse antes de comenzar cualquier negocio, especialmente en el ramo inmobiliario. 

Mientras tanto, el personaje de esta historia instauró un gobierno autoritario y bronco, sujeto a sus caprichos personales y enfermiza soberbia. Con ánimos taurinos, templó al toro municipal, hasta que, pase tras pase, año tras año, se expuso tanto a la cornamenta del burel, que este acabó prendiéndolo y lanzándolo por los aires, fuera del gobierno comunitario. 

El reciente acontecimiento electoral de San Miguel nos deja aprendizajes que debemos aquilatar: el pueblo se cansa de tanta tranza. Por ello es mejor atemperar la ambición desbordada, y dedicarse a instaurar administraciones limpias, que obren con rectitud, y extiendan el beneficio de la buena administración y prestación de servicios a todos los ciudadanos, para que gocen de ventajas competitivas justas.

Duro golpe para Alejandro Navarro, imitador sin gracia de Villarreal, que continuará extendiendo la larga pesadilla de su gobierno sobre los guanajuatenses capitalinos. Por cierto, el PAN perdió San Miguel, porque la votación se dividió en tercios y hubo una operación electoral profunda en las comunidades rurales, que pulverizó la compra y condicionamiento del voto, como generalmente se venía utilizando. Tiempo antes, la maquinaria de clientelización se fracturó, cuando el principal operador de Villarreal, Osvaldo García, exdirector de Desarrollo Social, dejó el puesto, por profundas diferencias políticas con el alcalde: quería ser él, el candidato. 

Así perdieron por allá, no obstante, las contrataciones con sobre precios como la del paso deprimido de la glorieta del Pípila, las sospechosas autorizaciones de ciertos fraccionamientos y distritos comerciales con problemas de abasto de agua, las concesiones como la de la basura y los contratos con empresas constructoras poblanas, herencia de la vinculación política pactada con los opacos intereses del desaparecido Rafael Moreno Valle. 

Y mientras en SMA se desmoronaba el reino absolutista de los Villarreal, los ciudadanos del lugar suspiran, esperanzados en que todo mejorará pronto con la siguiente administración, restableciendo el orden legal y una tramitología neutra, que permita la apertura del espacio económico local, a todos aquellos que simplemente cumplan con la regulación establecida, sin necesidad de entregar moches ni hacer tratos obscuros. 

Mientras tanto en Guanajuato Capital, durante la campaña, continuaron circulando despensas, estufas y calentadores solares al mayoreo. Las despensas se distribuyeron, y los votos se compraron sin riesgo alguno, como acontecía años antes en el vecino municipio. Cerca de diez mil votos se obtuvieron con malas mañanas. Pero las franquicias se agotan y acaban, esa es la enseñanza que nos ofrece por ahora San Miguel de Allende. Esperan un gobierno mejor.

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