Vientre generoso

No sé por qué el mundo tiene fronteras, porque nos dividen las dimensiones y nos limita la materia, dependemos de nuestra corporeidad y de nuestros sentidos, para plasmarnos en la mente y en el corazón de los demás.

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Por: Salvadora del Rocío Álvarez Ledesma

No sé por qué el mundo tiene fronteras, porque nos dividen las dimensiones y nos limita la materia, dependemos de nuestra corporeidad y de nuestros sentidos, para plasmarnos en la mente y en el corazón de los demás.

Tal vez, esa sea la más grande facultad que se nos ha dado como humanos, para trascender, para seguir viviendo, lo que damos de bueno a los demás, y así, podemos estar tranquilos en las tardes cuando las remembranzas nos invaden.

Veo tu mirada en las fotografías, y se me instala el candor de tus ojos, me envuelve un halo misterioso, te siento conmigo, dejo de ser una veleta, ahora, persigo un rumbo, el arraigo de ti, el mapa de tu amor.

Y aunque ya no estés conmigo, permaneces como los arboles añosos que me cubren con su sombra. En este momento, me siento instalada justamente en ese trozo de corazón tuyo que destinaste para mí.

Ahí, pernocto y duermo, me guarezco como si fuera mi cueva o guarida, mi refugio personal del que yo sola tengo la llave y nadie puede sacarme a empujones ni cerrarme la puerta, es mío, tú me lo diste en exclusiva para mí, es mi más preciada pertenencia.

Y no sé si ahí donde estés, el tiempo se mida en años, o los espíritus envejezcan como lo hace  lastimeramente la carne mortal, lo ignoro, pero aquí, sería un año más, trecientos sesenta y cinco días de seguirte escuchando, un año más, de que tu risa irrumpiera en mi vida como un viento fresco de lluvia.

Y ese aire que se llevaba mis temores, limpiaba mi casa y abonaba mi tierra con polen invisible, y me hacía florecer en tu amor nuevo, que me renovaba con brotes nuevos.  Porque tú, creías en mí, y con orgullo decías que era tu hija y que nos parecíamos. De esa manera, sabía que tú eras mi campo, y que podía extender mis raíces confiada de no estar usurpando propiedad ajena.

Ahora tu voz me invade, aumenta su tono y sus decibéles, llena hasta el último resquicio. Sé por supuesto que estás presente, tan mía como mi piel, como mi sangre silenciosa que corre sin mi permiso, aseguro tu presencia con algún sentido secreto, afirmo que no te fuiste del todo.

Hoy, no me avergüenza decir que tengo nostalgia de ti, por eso, abrazo tu recuerdo y bailo con él, sin temor, lo ciño a mi cuerpo como un traje hecho a mi medida, y me visto de ti.

Solo me queda agradecer que pernoctes en mi sangre, por la herencia de tus rasgos que ahora me definen, por tu cuerpo, el que me prestaste para que pudiera gestarme, y que fue el primer campo en el que germiné y florecí.

Y si pudiera volver a verte, antes de enunciar palabra alguna, te abrazaría, y mi cuerpo con su lenguaje, te agradecería por la generosidad de tu vientre.

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