Opinión

Y, por fin llueve

Durante años creí que el rugir de una montaña era parte de alguna metáfora que alguien con buen tono había escrito o dicho

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Por: Velia María Hontoria Álvarez

Durante años creí que el rugir de una montaña era parte de alguna metáfora que alguien con buen tono había escrito o dicho; hasta un día hace muchos ayeres, a los pies del Gran Sasso -Italia- pude escuchar esa sonora y valiente voz, tal fue su impacto que grabada en mi alma quedo.

Este sábado pasado, cuando la noche se hace eterna pareciendo que se prende de la luna negándose a morir por la llegada del amanecer, volví a escucharla fuerte, recia, vibrante, levantaba por los aires un himno que gritaba: el Bajío sigue en pie, nunca estaremos dispuestas a rendirnos. Tenemos alma de inoxidable, pies con ruedas y manos de artesano. Esta ciudad y su región se compone de hombres, mujeres valientes y trabajadores.

Las notas se fundían con el grisáceo aire que habían dejado “esos” la basura y seguía: No hay cabida para brazos ociosos, tampoco para el vandalismo, menos caben aquellos que prefieren empuñar una daga en lugar de una pala. El Bajío es tierra de valientes, de esos que cantan al arrancar el día y con alegría deciden trabajar para hacer de esta tierra llana motivo de orgullo y tranquilidad.

Bien sé que mi ciudad tiene muchas razones para estar triste, para dejar que el odio que vierten los canallas nos infecte y transforme en los mismos bichos que ellos son. Más no saben o quizá lo olvidan -por ser de tierras lejanas- que nosotros desde hace muchas lunas nacimos protegidos, nos conocemos los de la rodilla para abajo, los del barrio, como los pegados al río. Sabemos a qué hora suenan las campanas, conocemos el crujir de los túneles que un día se abrieron para protegernos de los perversos. Las mañanas se arrancan a campanadas, las tardes se bañan con dulces de leche y en las noches con risas o a carcajadas dejamos que se despida el día.

Componemos una ciudad amable por naturaleza, tiradores de basura por relajados hasta el destorlongo; solidarios y resueltos. Chismorretos y vaciladores. Gobernantes van y otros vienen, con aplausos o sin ellos más todos marchan y desfilan unos al panteón norte, otros al sur y algunos “vetúasaber” dónde quedan sus huesos. Puedo irme lo sé, correr y dejar el solar que tanto he amado para que otros con sus rudos pies destruyan y hundan lo que mis abuelos iniciaron. Alcanzaré a batir mis alas, puede que con lágrimas de ausencias llene de nuevo el viejo cauce del Laja.  En la inquietud, se pueden decidir cientos de cosas, me llamaran timorata, otros inocente, estúpida o charlatana más este es mi hoy y mi mañana. Cada decisión que tome sobre mis pasos los acompaña no el albur, ni la suerte sino los ojos de cientos y miles de celayenses que me cuidan, a quien protejo.

Soy quien decido a quien otorgarle el poder y eso poco tiene que ver con votos, urnas ni pacotillas de colores. Con López, sin Juanes, repleta de sargazo Celaya camina. El domingo,  miré edificios quemados, supe de dolorosos funerales, observé ojos desolados; no había autoridad que dijera: No se apuren de los gastos, ahorita vemos los cómo y entre todos. Supe que docenas de valientes sin tregua apagaron el fuego, otros expusieron sus vidas, reconocí entonces el rugir de mi pueblo que aun silbaba: El Bajío es tierra de valientes…entonces, llovió y sigue la tierra mojada.

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