Yo soy la vid

El domingo pasado Jesús se autodefinió diciendo: “Yo soy el buen pastor”. Ahora se vuelve a definir, a través de otra imagen: “Yo soy la vid”.

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Por: Pbro. Carlos Sandoval Rangel

V Domingo de Pascua

El domingo pasado Jesús se autodefinió diciendo: “Yo soy el buen pastor”. Ahora se vuelve a definir, a través de otra imagen: “Yo soy la vid”. Pero, de esas dos definiciones que Jesús da de sí mismo brota algo fundamental: un llamado a la vida íntima con Él, expresado en maneras diferentes: como buen pastor, “conozco a mis ovejas y ellas también me conocen”. Y, ahora, como vid, “permanezcan en mí y yo en ustedes”. En ambos casos, se trata de hacer de la relación con Cristo un ambiente vital, un modo de vida, una verdadera comunión.

El pastor pasaba días y noches, durante meses, junto al rebaño, lo cual le llevaba a un conocimiento mutuo y a una confianza inquebrantable de las ovejas hacia su pastor. De ahí la continuidad que ahora Jesús le da a su mensaje: “permanezcan en mí y yo en ustedes”.

Mas, la relación con Cristo, como espacio vital, tiene como fin esencial dar frutos. “Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanecen en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí” (Jn, 15, 1ss). Es más, “al sarmiento que no da fruto en mí, el padre lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto”. “La gloria de mi Padre consiste en que den mucho fruto y se manifiesten así como discípulos míos” (Jn. 15, 8).

En definitiva, la fe nos mueve a hacer de la relación con Cristo un espacio vital, lo cual se da en la oración continua, en la frecuencia de los sacramentos y otros actos de culto. Pero todo esto no cumple su fin en sí mismo, o, dicho de otro modo, los alcances de la fe no se reducen a eso. La oración y los sacramentos nos deben capacitar para amar en actos concretos, nos mueven a actuar conforme a la verdad.

Sólo Dios sabe lo que hay en el corazón de un enfermo, en la oración de un pobre; sólo Él sabe lo que una persona vive en el silencio de la soledad, lo que piensa durante la noche un niño que duerme en la calle. Pero hasta ahí podemos llegar movidos por el amor que Cristo suscita en nosotros, gracias a la relación íntima que llevamos con Él, como espacio vital. Lejos del corazón de Dios, el creyente no puede hacer nada, sólo se acomoda y busca a Dios para él sentirse bien.

Respecto a la comunión con Jesús, dice San Juan Crisóstomo: “No lo desprecies cuando lo contemples desnudo… ni lo honres aquí en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”. A lo cual el Papa Francisco precisa que no hay que esperar a que el prójimo necesitado toque a tu puerta, tal vez no tenga esa capacidad, al prójimo que más te necesita hay que salir a buscarlo (cfr. Fratelli Tutti).

“Permanezcan en mí y yo en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanecen en la vid, así tampoco ustedes, si no permanecen en mí”. Obvio, estas palabras chocan con quienes han absolutizado la ciencia, la técnica, el dinero, el poder terrenal, la política y otros factores. Por desgracia, como decía Pablo VI, el hombre moderno está educado, por encima de todo, a la vida exterior. Nuestro pensamiento se dirige principalmente al reino sensible y social. Señala el mismo pontífice: en esto cosiste el drama espiritual actual. A lo que podemos agregar: no solo el drama espiritual, sino también cultural, civil y humano en general. La exigencia exterior en que se enfoca el hombre de hoy, no le permite apreciar la bondad de la unión con Dios ni mucho menos trabajar en favor de quienes la misma cultura actual califica como gente para descartar, para excluir.

El Papa Francisco nos pone algunos ejemplos muy simples sobre los frutos que pide el Evangelio: si una señora al ir al mercado se encuentra a su vecina “y comienzan a hablar, y vienen las críticas, pero esta mujer dice en su interior: no, no hablaré mal de nadie”. Y si esa misma señora escucha con paciencia y afecto a su hijo que le cuenta acerca de sus fantasías. “Luego va por la calle, encuentra a un pobre y se detiene a conversar con él con cariño. Esos son los frutos que nos pide Jesús” (Gaudate et exsultate, 16). A veces la oportunidad de dar fruto aparece en las cosas más cotidianas de la vida, otras veces las circunstancias nos ponen exigencias más altas.

¡Señor, que el abrazo de amor que me das en cada sacramento y en cada espacio de oración no queden estériles!

Necesito conocerte más, necesito tratarte más, necesito imitarte más.

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