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presupuesto, financiamiento y salud

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Por: Juan Manuel Cisneros Carrasco

El concepto de presupuesto aplicado al sector salud, no es un ejercicio simple de estimación de gastos e ingresos. Su trascendencia y complejidad, radican en ser el proceso de definición de la asignación de recursos para producir los mejores resultados, orientando los esfuerzos a objetivos clave de transformación de la realidad de un estado, sirviendo como uno de los pilares para la implementación de políticas y estrategias de salud pública. 

La interpretación de un contexto macroeconómico y el entendimiento de la realidad nacional, pasando por la identificación de prioridades sectoriales y posteriormente la asignación de recursos específicos, es un ejercicio que se debe realizar de manera concienzuda y cabal por parte de los diversos poderes estatales, hacienda y otros entes públicos. Esta identificación de las necesidades poblacionales y prioridades de salud nacional, así como la estimación de costo – beneficio, orientando siempre los recursos para proveer servicios con calidad, eficiencia y equidad, es tarea de estos entes y de las personas que los integran.  

La pandemia por COVID-19 ha tenido un impacto sustancial en todas las naciones, condicionando un re-planteo de los objetivos de atención de salud pública a corto, mediano y largo plazo, originando un contexto de mayor presión y/o shock económicos. Estas dos variables (la presión sanitaria y económica) están estrechamente relacionadas y es imperativo comprender cómo es que interactúan una con otra para la toma de decisiones más racionales. Debe quedar claro que entre más rápido los países actúen y colaboren para el control de la pandemia, se limitarán las consecuencias de este shock sanitario y económico, entendiendo también que mientras más profunda sea la presión económica, se afectará la sostenibilidad de los sistemas sanitarios y si el shock económico no es adecuadamente atendido, se reflejará en detrimento de la salud pública. 

Diversas experiencias internacionales comienzan a demostrar que es factible la mitigación de este shock si se interviene de manera precisa y en tiempo, con la orientación de identificar y dar apoyo a quienes se encuentran en mayor necesidad. Hay que entender que no toda la población se ve afectada de la misma manera. 

Entonces, un sistema sanitario que pueda tener capacidad de respuesta sólida ante estos eventos extraordinarios requerirá de financiamiento adicional, el cual debe ser asignado y distribuido de manera transparente, efectiva y eficiente. Sin esta asignación suplementaria de recursos públicos, el sistema sanitario no solamente tendrá problemas para controlar la pandemia, sino que fallará en mantener los servicios esenciales básicos de atención para otras condiciones relevantes en salud pública.  

Los fondos adicionales deben ser sustantivos y no solamente incrementos porcentuales presupuestales intrascendentes, pues serán necesarios para cubrir el costo de nueva infraestructura, personal, equipos e insumos que seguirán movilizándose para responder a la pandemia, pero también orientados a funcionar como cimientos de un sistema sanitario a mediano y largo plazo.  

El fortalecer a los sistemas sanitarios que resguardan la salud pública, requiere de un financiamiento robusto. Hay que entender que la combinación de una población enferma y un sistema sanitario deficiente, son las semillas de una economía claudicante y una economía de estas características mina la salud de la población. 

Debe quedar claro que los grandes problemas sanitarios requieren incrementos presupuestales acordes a esa dimensión de la problemática, pues un presupuesto y financiamiento deficientes conducen únicamente a perpetuar el círculo vicioso de shock económico y sanitario.  

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