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Vende bonsái para llevar “Reyes Magos” a sus hijos

Desde Toluca viene a Hidalgo para ofrecer los arbolitos

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Margarito vende bonsái en la ciudad de Pachuca, Hidalgo.

Margarito vende bonsái en la ciudad de Pachuca, Hidalgo.

Margarito apretaba con sus manos prietas y callosas el mango de la carretilla de madera en la que transportaba más de 20 arbolitos bonsái, esos que traen buena vibra y sobre todo suerte… esa que necesita para vender y completar para los regalos que, con mucho esfuerzo, dará a su familia que vive en Toluca.  

 

La pesada carretilla la jalaba desde el estacionamiento del estadio Hidalgo. Ahí, en la mañana del pasado viernes, llegó desde Toluca junto con su hermano y tres primos para ofrecer los arbolitos de origen japonés que tardan de tres a cinco años para alcanzar el tamaño ideal para venderlos. 

 

“Desde las ocho de la mañana llegamos a Pachuca; ya de ahí, cada quien jaló por su lado… bueno menos el Centro pues ahí los de la delegación (ayuntamiento) no nos dejan vender, nos trepan si vamos”, comenta José Margarito Flores, oriundo de Cuautla, Morelos, pero que desde hace años echó raíz, así como los bonsáis, en Toluca, Estado de México donde tiene a su familia.

De gorra gris, camisa rosa, pantalón oscuro y tenis blancos, Margarito descansaba en el quicio de una jardinera de Plaza La Joya, cerca del paradero de combis, donde pasaba gente cargando bolsas de las compras realizadas. Eran poco más del mediodía y aún no se había persignado con la venta del primer arbolito.

 

“Por eso digo que a veces hay que tener suerte para venderlos, pues, cuando la gente pregunta y se les da el precio hasta se espantan… y ya no los compran”, comenta Margarito.

Hace cinco años, recuerda, la gente se acercaba a comprar más. Se vendían muy bien. Normalmente un arbolito bonsái cuesta entre 180 y 230 pesos, pero, ahora los han tenido que dejar hasta en 100 y 130 pesos “pues a veces no queda de otra y es mejor no irse en cero”.

 

El más popular de los bonsái, que vende, es el junípero rastrero, también, conocido como “El árbol del Karate Kit”, ya que la especie se hizo famosa al salir en la famosa secuela de los años ochenta, protagonizada por Daniel San y el Señor Miyagi.

 

Le sigue el Cerezo Japonés, Hinoki “Oro viejo”, La Flor de Bruselas, El Árbol de la Vida, Cedro limón (que suelta un aroma cítrico por la noche), la Pata de Elefante, Palma Rubelina y la Lluvia de Estrellas o “Árbol de Cristo”.

 

La paciencia, la ciencia de la paz

Hacer crecer puede parecer sencillo, dice, pero implica mucha paciencia, cuidado y dedicación. Al menos ellos, que desde hace 15 años cosechan arbolitos bonsái, lo hacen germinando la semilla y cuando ven que sale la raíz, le aplican un “spray enraizador” para echarlo en la tierra que, previamente está mezclada con abono.
 

“Después hay que estar regándolos cada tres u ocho días y ponerlos al sol y dependiendo la especie tardan de tres a cinco años para ponerlos a la venta”, dice y agrega que “allá en Toluca su esposa y sus hijos se encargan de eso”. 

El dinero que sale de la venta, añade, lo envía para su esposa y sus cinco hijos, cuatro de ellos cursan la educación básica, mientras que otro apenas entró a la preparatoria, ya que hay veces que se van por meses a vender. 

Ahora su preocupación se centra en sacar para comprar los juguetes que darán alegría a sus hijos en enero de 2018 pues “los reyes magos tienen que llevarles algo… pero la verdad es que estamos rogando porque se vendan más arbolitos y así les ayudemos a completar, prácticamente trabajamos para la familia”, dice el buen Margarito quien en sus ojos se destella esperanza.

 

Sosteniendo un teléfono negro, como esperando una llamada comenta que “a veces uno quisiera estar con ellos… no puedo hacer mucho pues tengo que trabajar. Yo creo que este 24 no vamos a poder ir a verlos, pues tenemos que ir a Ciudad Sahagún, pero bien sabe el sacrificio que uno hace por ellos”, dice Margarito quien no se ha dado cuenta que a su lado una señora ha estado escuchando, discretamente, la conversación. 

 

Además de Hidalgo, junto con su hermano y primos, venden arbolitos bonsái en León, Guanajuato, Guadalajara, Jalisco y hasta Culiacán, en Sinaloa: “hay que buscarle y estar moviéndonos pues si nos quedamos parados no hay venta”.

 

-“Oiga señor, ¿de a cómo los da?”, pregunta la señora que estaba sentada a un lado de él.

- “Pues mire están en 180, pero si se lleva uno se lo dejo más barato… mírelos ¡están bien bonitos!”, responde José Margarito al tiempo de incorporarse del quicio de la jardinera. 

- “¡Híjole!, nada más traigo 120 pesos”, ofrece la marchanta quien se lleva un arbolito bonsái de Palma Rubelina. 

Dudándolo un poco, haciendo gestos para que la compradora aumente un poco la oferta, Margarito acepta cerrar el trato. Recibe dos billetes de cincuenta y uno de veinte pesos, con los que inmediatamente hace la señal de la santa cruz, persignándose.

 

Aliviado por su primera venta, Margarito agradece a Dios y se despide, dice y agrega que se irá a “ranchear” (recorrer con la carretilla) para ver si logra vender más; mientras, en la tarde, planea ir a buscar a su hermano y sus primos para comer tacos de chicharrón con salsa.

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