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Cuando un huracán azota tu hogar

Como fotógrafo independiente radicado en San Juan, Rivera ha cubierto gran parte de los desastres en el extranjero

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Dennis M. Rivera Pichardo

Dennis M. Rivera Pichardo

En lugar de arriesgarse a quedar varado en medio del campo, Dennis Manuel Rivera capeó al huracán María dentro de la sala de prensa de El Nuevo Día, el principal diario de Puerto Rico. Cuando los vientos se calmaron, se dirigió al aeropuerto y fue de hangar en hangar buscando a un piloto dispuesto a sobrevolar la isla. Habían esperado un día para volar sobre poblados remotos incomunicados debido a los puentes colapsados, los árboles arrancados de raíz y los cables eléctricos sueltos.

Como fotógrafo independiente radicado en San Juan, Rivera ha cubierto gran parte de los desastres en el extranjero. Pero este fue diferente, pues golpeó su hogar en más de un sentido.

“Hubo devastación total”, dijo Rivera, quien realizaba una cobertura para The Washington Post. “Fue como si hubiese ocurrido un gran incendio que dejó todo color café. No había hojas. Las raíces estaban expuestas. Luego vimos todas las casas sin techo y, desde arriba, solo se veían los pisos de azulejo cubiertos de escombros. En ese momento se volvió real”.

 


Un niño juega en la escuela primaria Dr. Francisco Hernández y Gaetán, en San Juan, el primer día de escuela luego de que el huracán María azotó Puerto Rico. CreditÉrika P. Rodríguez para The New York Times

 

La tormenta no solo puso a prueba la infraestructura de la isla y su nivel de preparación, sino también el espíritu y la determinación de su gente. Para los fotógrafos que viven y laboran ahí fue un verdadero reto cubrir un cataclismo único en la vida en lugares que acostumbraban visitar en momentos menos desafortunados. A más de dos meses de ocurrida la tormenta, The New York Times contactó a seis fotógrafos que cubrieron el suceso, ya fuera por encargo o por iniciativa propia. Además de Rivera, en el grupo se encuentran Francesca von Rabenau O’Reilly, Christopher Gregory, Ángel Valentín, Éric Rojas y Érika P. Rodríguez.

Mientras que San Juan estaba relativamente en buenas condiciones, la destrucción que encontraron los fotógrafos en otros lugares los desorientó: sus puntos de referencia conocidos habían desaparecido, las calles circundantes y los automóviles estaban inundados. Tuvieron que responder a las exigencias de cubrir la tormenta al tiempo que se aseguraban de que sus hogares, y los de sus familiares, habían sobrevivido.

Érika P. Rodríguez, una trabajadora independiente que cubrió la tormenta para The New York Times, comentó que los vientos que desprendieron los árboles de raíz no solo dejaron el suelo al desnudo, sino que también destaparon una verdad incómoda que había estado oculta entre la vegetación: para algunos, la pobreza de la isla había sido una mera abstracción, un aspecto exacerbado por la debilitadora crisis fiscal de Puerto Rico. María agravó la situación cruelmente.

 


Gente espera en la fila una pipa de combustible programada para abastecer la gasolinera Gulf Route 66. Río Grande, Puerto Rico. CreditÁngel Valentín

 

“Antes no nos dábamos cuenta realmente de cuánta gente vivía en la pobreza extrema”, afirmó. “María nos quitó el velo que nos hacía sentir parte de Estados Unidos y no un país tercermundista. Nos hizo darnos cuenta de lo pobres que somos. Las cifras siempre lo han dicho, pero la gente lo ignoraba. Ahora la pobreza nos mira de frente”.

Muchos de los fotógrafos se dieron cuenta de que la respuesta oficial (ya fuera de parte del gobierno federal o de los funcionarios de la isla) era, por desgracia, inadecuada. A pesar de ello, dijeron que la tormenta también despertó una especie de espíritu comunitario que hacía que la gente se reuniera a limpiar las calles, a dar asilo a vecinos desplazados y a salir adelante con cierto optimismo.

Ángel Valentín, fotoperiodista veterano con amplia experiencia en el Caribe y quien alterna temporadas entre Miami y la isla, retrasó su viaje varios días con la finalidad de llevar maletas llenas de suministros para sus padres y su suegro. En un principio se sintió mal por no haber estado ahí cuando el huracán tocó tierra pero, al final, fue mejor que esperara unos días para ir a la Radio Pública Nacional, pues así fue capaz de llevar la ayuda tan necesaria.

Se dirigió al lugar temiendo lo peor, pues había visto un video del río que pasa por detrás de la casa de sus padres desbordarse de su cauce. A medida que su vuelo se acercaba a San Juan, se mostró incrédulo. “Me llevé una mano a la boca y ahogué un grito”, dijo.

Lo que se encontró cuando pudo salir a otras partes de la isla confirmó lo que temía.

“Vimos cómo la destrucción engulló la isla”, afirmó. “No había un solo pueblo que visitáramos que no estuviera destruido”.

Christopher Gregory, trabajador independiente nacido y criado en Puerto Rico y quien alterna temporadas entre Nueva York y la isla, no se sorprendió ante las profundas afectaciones que el huracán causó ahí. Él cree que el huracán no hizo más que acentuar los problemas de antaño que se desprenden de la relación desigual entre Puerto Rico y Estados Unidos que, afirmó, influyeron en la torpe respuesta.

“Un desastre se deriva de la naturaleza”, dijo. “Una crisis es política. Eso fue evidente aquí. Esto se deriva de una historia de siglos de colonialismo”.


Javier Cabrera examina con cuidado entre los escombros en un tiradero improvisado en Aibonito, Puerto Rico, luego del huracán. CreditChristopher Gregory para The New Yorker

 

Asignado por The New Yorker, dijo sentirse atraído a analizar los efectos psicológicos de la tormenta, como el sentimiento que experimentó al conducir por lugares que había visitado cuando niño y que estaban absolutamente irreconocibles.

“Había una especie de capas de recuerdos sobre estos lugares destruidos por completo”, comentó. “Recuerdo que estábamos entrevistando a un hombre cuya casa había sido destruida, pero lo que más le dolía era que se hubiera derrumbado su árbol de mango. Dijo que aquel árbol conocía todos sus secretos y que había estado en la familia durante años”.

El tema de la familia es parte de las imágenes de Francesca von Rabenau, exfotógrafa de un diario. Ella y su esposo se refugiaron en casa de su hija. En determinado momento, miró hacia afuera y vio un árbol que se movía con violencia por el viento mientras su hija observaba asombrada la escena a sus espaldas. Cuando salieron más tarde, vieron la calle cubierta de escombros. Fue entonces cuando entraron en pánico.

“Cuando llegó María yo ya no trabajaba para el diario; estaba más preocupada por la salud de mi nieta”, explicó. “Amélie nació con una enfermedad de los riñones y requiere tratamiento médico. Se le practican análisis de laboratorio cada mes para monitorear su conteo de glóbulos blancos y si hay presencia de probables infecciones. Al ver la devastación, comencé a entrar en pánico. No había electricidad ni agua ni gas ni hospitales”.


El huracán María el 20 de septiembre en San Juan CreditFrancesca von Rabenau O'Reilly

 

Por suerte, su nieta salió adelante sin problemas. Von Rabenau fotografió todos los lugares que tuvo que recorrer a diario. Durante varios días, ella y sus familiares ayudaron a abrir los caminos hacia la escuela local. En otra ocasión, al llevar a su hija al centro médico, vio camiones de refrigeración afuera de la oficina del forense. Al día siguiente regresó para fotografiarlos y proporcionar pruebas de que la cantidad de muertos era mucho mayor de la que reconocían los funcionarios.

Para ella la familia sigue siendo fuente de motivación pues, al igual que muchos en la isla, se enfrenta a un futuro incierto. Su nieto, Jahziel Oyola, se conmocionó al ver la casa de su abuela. Unos días después de que uno de sus amigos se reubicó en Texas con su familia, lo asaltó una duda. Von Rabenau recuerda que su nieto le preguntó: “Abuela, ¿desaparecerá este dolor?”. “Mi nieto es fuerte, al igual que todos los niños de Puerto Rico son fuertes. Le dije que va a estar bien”.

“Gracias a ustedes, pude sobrevivir al peor huracán, uno de categoría cinco. Me miró y dijo: ‘Abuela, yo también’”.

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