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Eulalio vive solo y necesita ayuda, a sus 61 años intenta seguir adelante

Con un trastorno que le impide hablar, el próximo 12 de febrero cumplirá 62 años de edad; anhela tener una estufa y una televisión.

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Por: José Antonio Alcaraz

Eulalio vive solo y necesita ayuda, a sus 61 años intenta seguir adelante

Eulalio vive solo y necesita ayuda, a sus 61 años intenta seguir adelante

Aunque la casa que le prestaron para vivir tiene dos cuartos amplios, Eulalio Rosas Rosas solo ocupa uno, el más pequeño sin puerta. Ahí solo cabe su cama individual, desgastada y acolchada con dos cobijas. Sin embargo, necesita ayuda para comer, vestir, e incluso calor humano para apalear su soledad.

Lalo, como le gusta que le digan, sonríe al escuchar ese nombre. Es un adulto mayor de 61 años de edad oriundo de Actopan. Tiene un trastorno que limita su habla; solo dice una palabra a la vez, por lo que su comunicación es más con gestos y movimientos corporales. 

Estaba sentado en la calle, en su silla azul de plástico, bajo la luz del sol invernal que dejaba ver con claridad su rostro moreno, lleno de arrugas y su peculiar sonrisa de un solo diente. Su pelo, bigote y barba, blancos como la espuma del mar.

Su mirada es sincera, sin malicia. Taciturno, guarda las manos en las bolsas de su vieja chamarra azul marino que hace conjunto con el desgastado pants y los rotos tenis negros. Las saca solo cuando quiere comunicarse. 

Desde hace años, nadie se hace cargo de él. Prácticamente está abandonado y necesita ayuda. A su entender, dice que tiene una hermana, Raquel, que muy rara vez lo visita. Solo sus vecinos, Rocío Martínez y Carlos Hernández, le llevan de comer.

Carlos y Rocío es un matrimonio con dos hijos. Viven frente a la casa de Lalo. Desde hace seis años lo frecuentan, pues está solo. Todos los días le llevan algo que comer, principalmente alimentos líquidos, pues no tiene más que tres dientes.

Vive a unos metros de la zona de hospitales, en la primera cerrada de la calle Dr. Espinoza Arriaga 100, colonia Doctores, en Pachuca. Sus únicas pertenencias son la cama, dos cobijas, una muda de ropa (tenis, un pants y una chamarra vieja), un estribo de madera que ocupa de mesa, la silla de plástico, una escoba, un jalador y una vieja cubeta.

"Vive solo. Es muy limpio e inteligente, tiene aproximadamente seis años en esa casa. Antes vivía en otra, en la misma colonia, nosotros somos los únicos que lo vemos y le entendemos, pues no puede hablar bien”, comenta Carlos, a quien Lalo llama, con efusividad: “Papá”.

SUS TRES ‘HERMANAS’ LO CUIDABAN 

Raquel, Sara y Martha cuidaban de Lalo. Aunque no tienen parentesco, pues lo adoptaron, para él son lo más cercano a una familia. Hoy solo tiene noticias de una, quien de vez en cuando “le echa una vuelta”. 

Martha lo cuidó durante mucho tiempo; sin embargo, falleció. Trabajaba como secretaria en el Hospital Psiquiátrico ‘Villa Ocaranza’, en Tolcayuca. Llevaba a Lalo ahí porque no tenía con quién dejarlo.

Solo Raquel, propietaria de la casa, va a verlo de vez en cuando. Se lleva los recibos de luz y agua para pagarlos. Se desconoce a qué se dedica o dónde vive.

Para pasar el tiempo, Eulalio sale a caminar. Le gusta ir el centro de la ciudad, donde pide limosna con un bote y un cartel, hecho por Carlos, pues no sabe leer ni escribir.

SALIÓ A DAR LA VUELTA Y TERMINÓ HOSPITALIZADO EN IXMIQUILPAN

Una mañana de junio de 2019, como de costumbre, Lalo salió a dar una vuelta a la calle, una que duró seis meses y medio y que lo llevó al Hospital Regional del Valle del Mezquital, en Ixmiquilpan. 

Haciendo círculos al aire con el dedo índice de la mano, avisó que se iba “a dar una vuelta” a Actopan. “No comunicó exactamente a qué iba, pero nos avisó”. Los días y meses pasaron y no regresó.

No supieron de él hasta que a mediados de diciembre llegó a bordo de una camioneta con los logos del DIF de Ixmiquilpan. Una joven y un joven lo trajeron de vuelta a Pachuca.

“¿Qué estabas haciendo en Ixmiquilpan?”, preguntan. Lalo responde con un manotazo seco entre palmas, luego acaricia con los dedos su cabeza, los baja lentamente hasta la altura del bolsillo del pants (simula el escurrimiento de sangre) y da una tremenda carcajada que inicia con un extendido y elocuente “chin”.

“Nos tuvo con el Jesús en la boca, estábamos preocupados. No supimos nada de él. Decíamos ‘ojalá y Diosito lo cuide’, pero que bueno que regresó”, comenta alegre Rocío, porque al final lo encontraron.

Cuidadoso, él siempre lleva consigo una copia, tamaño carta, de su acta de nacimiento y credencial de elector. Por ello, fue que regresó a su domicilio, en Pachuca.

FRANCISCO CHONG BARREIRO LO OPERÓ 

Los trabajadores del DIF de Ixmiquilpan comentaron a Carlos y Rocío que Lalo se cayó en la calle y se abrió la cabeza. Quedó inconsciente y debido a la magnitud de la lesión tuvieron que llamar al neurocirujano hidalguense y director del Hospital General de Pachuca, Francisco Javier Chong Barreiro, para operarlo.

“Nos mostraron un expediente en el que había fotos donde Lalo estaba en una cama del hospital vendado de la cabeza. Después nos dijeron que lo llevaron a una casa de asistencia social donde se recuperó, hasta que a mediados de diciembre lo trajeron de vuelta a Pachuca”, agrega Carlos.

UN ENVASE DE CREMA LE SIRVE PARA BEBER REFRESCO 

Don Lalo tiene un vicio: la Coca Cola. Casi no toma agua, pese a la insistencia de Carlos y Rocío. Con el poco dinero que le dan en la calle, se va a la tienda a comprar un refresco.

Pese a que le regalaron un vaso y una taza, él usa un envase de crema de 900 mililitros para servir el refresco. Es feliz con su improvisado utensilio de plástico, cuentan el hombre y la mujer.

EN FEBRERO CUMPLE 62 AÑOS… QUIERE UNA ESTUFA DE REGALO

Como niño chiquito, con ilusión e inocencia de recibir un juguete, cada vez que Carlos y Rocío le recuerdan que se acerca su cumpleaños, se emociona. No lo oculta, se le puede ver en los ojos. 

Tras escuchar la palabra “cumpleaños”, camina hacia su cuarto, coge de entre las cobijas una bolsa transparente de plástico, saca una hoja arrugada y doblada en cuatro partes, es un recorte de catálogo en el que se muestran estufas. 

Basta ver su emoción y anhelo al desdoblar, con sutileza, la hoja. Señala con su dedo un modelo Mabe de 20 pulgadas, el de sus sueños. "A él le gusta mucho el mole y dice que en su cumpleaños cocinará, pretende invitar a mucha gente", agrega Rocío.

“En menos de un mes cumplirá 62 años, el 12 de febrero, ¿vas a invitarlo (al reportero) al mole?”, le pregunta Rocío. Lalo confirma con una sonrisa. “Ya vez, ya hay alguien que va a venir al mole”. Lalo vuelve a sonreír.

También, y no menos importante, “le gustaría tener una televisión”, revela Carlos con gesto de sorpresa y agrega: “nosotros tenemos una, pero es de las viejitas de esas que ya no captan la señal digital, solo falta comprar el decodificador”. 

Eulalio sonríe al escuchar la palabra televisión. Señala hacia su cuarto dando a entender que ahí la pondrá.

De corazón, dice Rocío: “si lo pueden apoyar donándole ropa, comida o incluso venirlo a visitar se les agradecerá infinitamente. Nosotros por las actividades que tenemos no podemos estar todo el día al pendiente de él, pero sí le echamos su vuelta".

Mientras frota su barriga con las manos, Lalo hace saber que ya es hora de la merienda. No le gusta ir a la casa de Carlos y Rocío, prefiere su espacio: una repisa de madera, que improvisa como mesa, en la que hay un pedazo de pan duro.

Sobre la banqueta Eulalio se despide con un fuerte abrazo y una sonrisa, da la vuelta e ingresa a la casa, camina hacia la silla de plástico y se sienta. Entrelaza sus manos y las descansa sobre sus piernas. Ahí, en su soledad, fija su mirada hacia el tragaluz de vidrio del techo, pensando, quién sabe qué.

Y tú, ¿qué opinas?