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Sabina, la comerciante más antigua

 “Yo soy de 1940 pero toda mi vida la pasé aquí”, cuenta

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Sabina comenzó a vender dulces desde 1949 | Foto: Víctor Galván

Sabina comenzó a vender dulces desde 1949 | Foto: Víctor Galván

Cuando el sol comienza atravesar las ramas de los árboles y el fresco matutino desaparece, doña Sabina Hernández Cornejo arma su puesto de dulces.

Ella, es la comerciante más antigua de uno de los lugares más icónicos y con más historia de la capital hidalguense, el parque Hidalgo.

“Yo soy de 1940 pero toda mi vida la pasé aquí, desde mi niñez me dediqué a ser comerciante, trabajo a diario desde las ocho de la mañana hasta las cuatro o cinco de la tarde, pero todo depende de las ventas”.

Las personas llegan, se sientan en las bancas de metal y después se van. Los viejos árboles ofrecen su sombra en los angostos senderos que forman las jardineras. Las administraciones municipales inician, acaban y dejan una nueva remodelación del parque, pero doña Sabina sigue en pie.

Y cuenta su historia.

De panteón a parque

A sus 77 años, doña Sabina sigue vendiendo dulces y frituras en el pasillo principal del lugar que la vio crecer y recuerda la transición de panteón a parque que comenzó en 1949.

“Mis abuelos fueron mis papás y uno de ellos era camposantero, aquí antes era un panteón, todo alrededor de San Francisco era panteón y después llegó el cambio. Me acuerdo que había cosas más hermosas, adornos más bonitos”.

Para ella los juegos antiguos eran mejores porque los niños se divertían más, de entre todos recuerda especialmente una resbaladilla que estaba en lo más alto y era su favorita.

Su semblante cambia y recuerda la alegría de lanzarse porque era el juego más divertido. “En ella disfrutabas mejor”, dice.

“De sus piquitos salía agua”

En la memoria de doña Sabina está muy presente una fuente muy peculiar que tenía seis garzas y los jardineros le enseñaron cómo usarla con un botoncito, justo cuando había visitantes.

“Y las garzas comenzaban a sacar agua de sus piquitos”, cuenta envuelta en un largo suéter que la protege del frío.

Le tiene cariño a su puesto porque le permitió cuidar a ocho hijos y llevar a la escuela a cada uno de ellos. A veces acompañándola mientras vendía.

“Aquí los metía en una caja de huevo y ahí estaban acostados, ahorita ya son todos casados. Siempre les pude dar escuela con este puesto, los mandaba a la Miguel Alemán. Cuando salían ya sabían que debían venir para acá. Les daba de comer y ya me los llevaba para la casa en la noche”.

De pueblo a ciudad

Durante la entrevista en su puesto de pequeñas cajitas sobre una tarima, doña Sabina evoca los viejos usos y costumbres de la capital, pues vivió la transición de Pachuca pueblo a Pachuca ciudad.

“Antes había más respeto, cuidaban todo lo que había aquí en el Parque Hidalgo, esto ya dio un cambio a través del tiempo. Donde está ahora el palacio de gobierno era pura magueyera y nopalera, ahí estaban el tren Tula y el tren mexicano y de ahí poco a poco se llenó la ciudad”.

Recuerda la época minera en la capital como la más próspera, debido a la gran cantidad de empleos que la ciudad tenía.

“Había más trabajo, más comida. Yo recuerdo que con 10 pesos bajaba con mi madrecita al mandado y se llenaba la canasta. Ahora te dan una patada porque ya no sirven para nada”.

Una casita de madera con lámina galvanizada

Además, relata haber luchado para que el cerro de Cubitos se transformara de 199 hectáreas de maguey y nopales a una colonia con casas y servicios básicos.

“Luché por ese cerro ya de casada y con hijos, ahí tengo mi casita de madera con lámina galvanizada”.

También, recuerda especialmente al ex gobernador Manuel Sánchez Vite ya que fue en su administración cuando un grupo de mujeres y ella buscaron llevar servicios a Cubitos.

“El señor Sánchez Vite me dijo que estaba loca porque pensaba que iba a obtener servicios públicos, porque estaba difícil llevar agua y electrificación. Pero todos nos juntamos para hacer brecha”.

Tornillos en las rodillas

Lamentablemente, el tiempo siempre cobra factura y todo el esfuerzo realizado en su juventud saca a la luz sus consecuencias. Por un mal en sus rodillas doña Sabina tuvo que ser operada y tiene tornillos en ellas.

“Ahorita ya no subo hasta allá, mis rodillas no me lo permiten. Me tuve que ir a vivir con mi hija a la Providencia y debo encargar mi carrito del puesto en un estacionamiento porque el doctor me dijo que no debo hacer esfuerzos”.

Por ello, debe pagar 900 pesos mensuales para que alguien lleve su carrito a un estacionamiento, lo guarde y al otro día lo regrese a su lugar en el parque.

Una mirada cansada, cicatrices en sus rodillas y una postura que denota tantos años de trabajo muestran lo difícil que era vivir antes. Sin embargo, doña Sabina sigue en su puestecito de dulces, desde las ocho de la mañana en el lugar que la vio crecer y en donde ha pasado la mayor parte de su vida, el parque Hidalgo.

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