Opinión

¿De qué trata el ecofeminismo?

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Por: Michelle Ortiz

Las primeras conexiones entre el feminismo y la ecología que dieron origen al ecofeminismo se encuentran en las utopías literarias de las feministas de la década de 1970. El término "ecofeminismo" se refiere a una pluralidad de posiciones que han girado en torno a los movimientos de finales de la década de 1970 hasta principios de la de 1980: el movimiento feminista occidental (radical, liberal y socialista) y el movimiento pacifista.

Aunque el ecofeminismo surgió en distintos países casi al mismo tiempo —en Francia, Alemania, Estados Unidos, Italia, Japón, Venezuela, Australia y Finlandia—, Estados Unidos fue el que dominó las primeras aportaciones a la corriente ecofeminista.

El ecofeminismo es una teoría y un movimiento social que sostiene la existencia de vínculos profundos entre la subordinación de las mujeres y la explotación destructiva de la naturaleza, con el objetivo de alcanzar la justicia para las mujeres y transformar la relación humana con los demás seres vivos y los ecosistemas.

Sin embargo, al ecofeminismo se le ha identificado principalmente con la corriente radical/cultural/espiritual. Esto ha ocasionado que se le critique de "esencialista".5 El intentar hacer una clasificación precisa de las diferentes posturas ecofeministas, así como de sus principales autoras, resulta complejo y se podría caer en un reduccionismo. Por ejemplo, Ariel Salleh una ecofeminista socialista ha sido criticada de acercarse demasiado a los terrenos del esencialismo.6

Vandana Shiva, nacida en la India, ha sido una de las voces más influyentes del ecofeminismo en todo el mundo. Su pensamiento se basa en la religión y la filosofía hindúes que describen el "principio femenino" como la fuente de vida y la base de un desarrollo sustentable. Asimismo, critica el modelo económico dominante, ya que propaga las técnicas de plantación de monocultivos tanto en los bosques como en la agricultura; considera que el sistema económico indio tradicional preserva la relación mutua con la naturaleza a través del policultivo, cuyo objetivo es la producción de subsistencia local con insumos propios.7

La economía capitalista acentúa la invisibilización de las mujeres y de la naturaleza La economía convencional se asentó sobre una noción de objeto económico reducida al subconjunto de aquello que cumplía tres requisitos: en primer lugar era susceptible de poder ser apropiado, en segundo lugar tenía que poder expresarse en términos monetarios y, por último, debía ser “productible”, es decir, se debía poder efectuar sobre el objeto algún tipo de manipulación que justificase su puesta en el mercado.

Por  tanto,  vemos  que  el  ecofeminismo entiende  que  el  problema

medioambiental debe  ser uno  de los  intereses a  integrar en  la agenda

feminista, porque  luchar por  la emancipación de las mujeres en un

mundo que  se autodestruye  resultaría contradictorio  a la  propia lucha.

Garantizar la  continuidad de  la vida  en el  planeta y  el bienestar  de los

seres humanos supone luchar contra las bases violentas del patriarcado y

el  sistema capitalista,  batallas que  vertebran al  mismo tiempo  la lucha

feminista.

La preocupación de la mujer por la salud 

Entre los temas que llevaron a algunas feministas de los países más industrializados a desarrollar el ecofeminismo, estaba la preocupación por la salud amenazada por la contaminación, en especial la de los más frágiles, es decir, niñas y niños, el trato dado a los animales, la amenaza de guerra nuclear y la insostenibilidad del modelo productivo basado en recursos no renovables y destrucción de los ecosistemas.

“Actualmente, encontramos mujeres movidas por preocupaciones ecologistas también en los países del Sur. Incluso puede decirse que están en la primera línea”, indicó la ecofeminista.

“Hoy en día hay muchas mujeres de los pueblos originarios, por ejemplo, de América Latina, que resisten ante la devastación producida por la megaminería y los cultivos transgénicos. Están dando la cara muchas veces cuando los hombres han muerto o han tenido que huir, y ellas son las que tienen que seguir defendiendo el territorio”.

Puleo resaltó la diferencia que existe entre el ecofeminismo que ella defiende y el ecofeminismo esencialista que ve a las mujeres como una especie de “ecologistas naturales”. Distanciándose de esa posición, afirma: “No creo que las mujeres tengan una misión naturalmente predeterminada, sino que hombres y mujeres somos naturaleza y somos cultura. No hay una ecologista en toda mujer. Nuestra posición en la sociedad y nuestra historia como género socialmente construido explican en gran medida la actitud de cuidado de la vida”, argumentó Puleo.

“Otra cosa es que biológicamente el cuerpo femenino tiene una mayor vulnerabilidad ante la contaminación. Esta cuestión ha sido comprobada por numerosos estudios que indican que los agrotóxicos presentes en los alimentos y en las dioxinas de las incineradoras nos afectan más a las mujeres que a los hombres. Existen claros indicios de que el aumento del cáncer de mama en los últimos cincuenta años se debe principalmente a la contaminación medioambiental con xenoestrógenos, es decir, sustancias químicamente similares al estrógeno.

Se encuentran en los alimentos cuando contienen restos de pesticidas organoclorados o dioxinas provenientes de incineradoras, en pinturas, ciertos productos de limpieza y perfumería, en los plásticos, en las resinas sintéticas, etc. Se han detectado parafinas cloradas y pirorretardantes bromados en la leche humana materna. Pero se habla poco de estas causas medioambientales de enfermedad. Hay un mayor número de mujeres entre los afectados por el síndrome de hipersensibilidad química múltiple (SHQM), porque nuestros cuerpos tienen un mayor porcentaje de células grasas, y esto nos convierte en bioacumuladoras de toxinas y nos hace más vulnerables a enfermedades que atacan tempranamente”.

Fuentes: 

ACLARACIÓN
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo.
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