El “Kaiser” Raposo: cómo ser futbolista sin saber jugar a la pelota

EL NÚMERO 12

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Por: Carlos Castelán

Bienvenidos mis queridos lectores a un número más de esta su columna de confianza. Entre centenas de miles de personas que sueñan con ser futbolistas profesionales, solo un ínfimo porcentaje alcanza su objetivo; quienes lo logran, generalmente tienen un talento nato y otros más son bichos competitivos con una exigencia física y mental que suple las habilidades con las que no nacieron.

Fuera de toda norma y estadística está Carlos Henrique Raposo, el “futbolista” que nunca aprendió a patear un balón y a pesar de ello forjó una carrera de 20 años. Pero no, no exagero, sabemos que hay futbolistas malos, pésimos, muertos, troncos, leñadores, pero Raposo estaba por encima de todos ellos, él literalmente no sabía jugar al futbol.

Criado en las calles de Río de Janeiro, Carlos Henrique encontró desde temprana edad al futbol como la vía para ayudar a la familia con los problemas económicos. Con no más de 12 años entró a la cantera del Botafogo, con 16 años ya era el principal sustento de su familia. 

De los 16 a los 23 comenzó un periplo por clubes de poca talla y mientras más pasaba el tiempo, Raposo sabía que era primordial fichar por un equipo de la primera división brasileña pese al completo desencanto que sentía por el futbol. Fue así que comenzó a frecuentar discotecas que ofrecieran la posibilidad de encontrar jugadores profesionales para tener un primer contacto.

Mauricio De Oliveira Anastácio, ídolo absoluto del Botafogo, fue el primer representante de Raposo. Se conocieron en uno de los tantos bares que frecuentaba y, encandilado por el carisma y la enorme facilidad para cortejar mujeres, Mauricio accedió a representarlo y buscarle acomodo en el primer equipo de “La estrella solitaria”.

Lo primero que hicieron fue crearle un sobrenombre, por lo que gracias a su parecido con el alemán Franz Beckenbauer, lo hicieron llamar “el Kaiser”. Para convencer a la directiva albinegra, afirmaron que Carlos Henrique había sido parte del plantel campeón de Libertadores con el Independiente de Argentina. Eran los años 80, les bastó con entregar un recorte de periódico donde aparecía el nombre de Carlos Enrique (sin la h), jugador argentino que, con una imagen difusa, se parecía ligeramente a Raposo. Esas dos primeras mentiras serían pilares para mantener su carrera.

Firmado como una estrella, Carlos Henrique comenzó con el modus operandi que lo caracterizaría a lo largo de su trayectoria. A los pocos minutos de comenzar un entrenamiento le pedía a un compañero que le propinara una patada o simplemente decía sentir un pinchazo en el muslo para así ir a la enfermería.

En entrevista para “Globo Esporte” el brasileño recuerda: "Cuando los días pasaban, tenía un dentista amigo que me daba un certificado médico con algún problema físico. Y así pasaban los meses. En Botafogo creían tener en mí un crack, y era objeto de misterio".

Tras tener cero actividad en el campo, en Botafogo le dieron salida, comenzando así su periplo por más 10 equipos, empezando por el Flamengo gracias a su amistad con Renato Gaúcho, seleccionado nacional por aquel entonces.

Para darle más caché a su carrera, a Raposo se le veía pasearse por los pasillos del club, con celular en mano hablaba en inglés (o por lo menos algo parecido) con algún supuesto dirigente de un equipo europeo con intenciones de llevarlo al viejo continente. Ronaldo Torres, preparador físico de aquel entonces, relató que un día descubrió que en realidad no hablaba con nadie.

Las buenas relaciones que tenía con todo el gremio lo llevaron a dar su primer paso internacional, que no podía ser en otro lado que no fuera México, después de todo, nuestra tierra es conocida por traer muertazos recomendados por algún agente.

El Puebla fue su destino, donde estuvo seis meses, jugando cero partidos y marcando cero goles. Este es un buen momento para decir que Raposo era centro delantero.

Después de tragar camote en la Angelópolis su siguiente destino fue El Paso Patriots de la Premier Development League estadounidense, donde estuvo seis meses “lesionado”.

Quizá el momento donde el “Kaiser” estuvo más cerca de pisar el césped en un partido oficial fue en 1989 con el Bangú de la liga brasileña. Su equipo perdía 2-0 y él estaba en la banca, el entrenador se le acercó para comentarle que por órdenes del dueño le tocaba entrar al campo, se levantó a calentar y acorralado por su inminente ingreso, decidió que la mejor manera de evitarlo era saltar el cerco y agarrarse a piñas con la afición del equipo rival. El árbitro lo expulsó sin siquiera haber puesto un pie en el césped.

Al término del partido Casto De Andrade, dueño del club, bajó furioso a los vestidores, Carlos Henrique lo vio entrar y antes de que pudiera reclamarle le dijo:

 "Antes que diga cualquier cosa, Dios me dio un padre biológico y me dio otro. Así que nunca voy a permitir que los hinchas digan que mi padre es un ladrón, que hace cosas malas y eso es lo que dijeron los hinchas de usted".

¿El resultado? Casto de Andrade lo abrazó por el cuello, lo besó y ordenó a los directivos renovarle a Raposo por seis meses más el contrato. Una cosa loquísima.

Cabe mencionar que en Bangú tuvo las increíbles cifras de cero goles en cero partidos jugados.

¿Cómo se logra tener una carrera tan longeva sin jugar ni un solo minuto? La respuesta es simple, solo hace falta ser un buen tipo.

Durante años se entrevistaron a varios compañeros, periodistas, entrenadores y empleados de los lugares donde Raposo jugaba y la respuesta siempre fue parecida, era una gran persona a la que no le gustaba jugar futbol.

Claro que en más de una ocasión fue descubierto, pero ningún club se atrevió a revelar la mentira por temor a las burlas que supondrían el haber contratado a un futbolista que no sabía mover la pelota.

El punto más alto de su carrera fue cuando el Ajaccio de Francia lo fichó, así es, Carlos Henrique logró dar el salto a Europa y además con cartel de ser el gran crack brasileño.

En su presentación, el modesto estadio de la isla de Córcega estaba repleto, el “Kaiser” pensó que solo se trataría de saludar a los aficionados, pero al entrar al campo, se dio cuenta que estaba todo listo para llevar a cabo una sesión de entrenamiento con el fin de que los hinchas pudieran ver al nuevo jugador.

El brasileño comenzó a tomar cada balón que había para lanzarlo a las gradas para después besar el escudo de la camiseta. El estadio enloqueció y los dirigentes del Ajaccio se tomaron de los pelos al saber que habían perdido cerca de 50 pelotas entregadas a los fans.

Pese a no jugar ningún partido oficial con el equipo francés, Carlos Henrique se fue como ídolo, pues se cuenta que en un amistoso entró en la parte final del encuentro, fingió una lesión en el muslo y decidió seguir jugando pese a estar “lesionado”, provocando una ovación generalizada por cojear durante 20 minutos.

Tras su paso por Francia regresó a su país, donde jugó (bueno, estuvo registrado) con varios equipos hasta su retiro a los 38 años de edad.

¿Cómo les quedó el ojo? ¿Ustedes también tienen un amigo chorero que ha llegado lejos nomás porque cae bien?

¡Hasta la próxima!

ACLARACIÓN                                                
La opinión expresada en esta columna es responsabilidad de su autor (a) y no necesariamente representa la postura de AM Hidalgo.
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