Opinión

El color de las sirenas

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Por: Iván Lozano

La memoria, dice Carmen Boullosa, es como un perro que se tumba donde le place; así, voluntariosa como suele ser, acude a los tiempos que le apetecen y a conveniencia; de modo que las imágenes de las que dispongo del pasado rara vez se reestructuran con nitidez, ni mencionar la precisión. Para ser todo un poco más trágico, la bruma es más espesa a la distancia. La niñez es ya lejana y borrosa, pero persisten resquicios de claridad a los que se aferra uno para no perderse en el presente.

Ya escasos son los recuerdos precisos de mi infancia, mas poco ha desaparecido de la imagen en la que estoy sentado frente al viejo y confiable tocadiscos con un cartón entre las manos, envoltura de un viejo vinilo atacado por los años y las manos torpes de un niño impaciente. Cuenta Cuentos era el nombre de la serie de publicaciones sonoras publicadas por la editorial española Salvat, de la que tuve un par de números y que le vinieron bien a mis oídos con una recopilación de cuentos, fábulas y coplas varias. Delicioso.

Los duendes y el zapatero, El ratón y el león, Hansel y Gretel, El traje nuevo del emperador, El espantajo peludo y Caperucita Roja figuraban en el compendio de narraciones que por horas escuchaba en la sala de mi casa. Tradición oral análoga de los 80 que persiste en la memoria, acaso podríamos titular así ese recuerdo infantil.

Robert Darnton, historiador estadounidense, en su libro ‘La gran matanza de gatos’, editado por el Fondo de Cultura Económica, explica que las tradiciones orales tienen un enorme poder de permanencia, tal vez por eso recuerdo bastante bien aquellos momentos, y no solo esos, sino en general cualquier otra forma de narración que, auxiliadas por la repetición, hallaron acomodo en mi memoria.

Esos discos fueron publicados, de menos, hace treinta años, y muchos de los relatos que los componen datan de mucho, mucho más tiempo atrás, algunos incluso pueden rastrearse hasta el siglo XVIII o antes, narraciones que en aquel entonces fueron configuradas como representación de la realidad, como suelen ser las historias.

Darnton explica que los cuentos que en aquel tiempo eran transmitidos en forma oral, incluían elementos que eran representaciones del mundo en que las personas vivían; por ejemplo, muchas historias tienen lugar en el bosque porque ahí es donde se encontraban las casas de los habitantes. Hansel y Gretel mostraba el temor de las personas porque se perdieran sus hijos al adentrarse en zonas desconocidas, y de paso buscan advertirles los riesgos de desobedecerlos.

Por otra parte, en historias tan antiguas como los relatos del siglo XVIII y anteriores son frecuentes las referencias a la comida y el hambre. De nuevo, en Hansel y Gretel, el anzuelo de la malvada bruja es una enorme casa de galletas y dulces, pues en la época era común la escasez alimentaria en gran parte de la población europea por lo que es entendible la referencia concreta al deseo de tener comida infinita.

Luego de leer a Darnton, pensé en aquello que se expresa por medio de las narraciones actuales, las cuales no parecen girar en torno a problemas como la eliminación del hambre o la evasión de enfermedades, aun en historias recalentadas como últimamente ha hecho Disney.

Desde una perspectiva histórica, Darnton echó un ojo a los cuentos tradicionales para explicar la relación que estos tienen con las sociedades que los creó y manipuló, pues las historias fueron apropiadas y transformadas por aquellos que las retomaban y explicaban, eso ha sucedido siempre. La versión que contamos a nuestros hijos, nietos o sobrinos de la Caperucita Roja dista de la original.

¿Qué sería, pues, aquello que historiadores futuros podrían analizar de los cuentos que interesaban a nuestra sociedad y de las modificaciones que esta les ha hecho con el paso del tiempo?

Quienes cuentan la historia han sido quienes la transforman, y para muchas historias que nos son conocidas ese narrador tiene nombre de corporación multinacional: Disney. La empresa, por falta de creatividad o seguramente más por ganas de explotar un sector cautivo y ávido de revivir su infancia, últimamente ha echado mano de sus éxitos de antaño para “reinventarlos” en versiones con actores y animación moderna. Por supuesto, estas nuevas entregas llegan con las modificaciones que obedecen a las exigencias y transformaciones de la sociedad (principalmente con móvil económico, no olvidemos eso).

De tal modo que el más reciente caso fue el de La Sirenita. Historia creada por Hans Christian Andersen en el siglo XIX y retomada por Disney que presentó una versión azucarada, como suele hacerlo, en 1989 y que figuró como parte del bagaje cultural de muchas infancias.

La elección de Halle Bailey para interpretar a Ariel desató un furor tal vez inesperado y agradecido por la compañía que ya empieza a contar los millones, porque a muchas personas les pareció un crimen modificar un aspecto del cuento que recuerdan, en este caso el color de piel del personaje principal, porque de buenas a primeras exigen rigor histórico a una historia inventada.

Así, pues, la sociedad actual no discute el hambre ni las enfermedades en sus narraciones (al menos no quienes estamos en los sectores privilegiados del mundo y controlamos y consumimos el entretenimiento) sino ahora el debate versa en el tono de piel de una mujer con cola de pescado que habla con un cangrejo acapulqueño. Menudo tema para historiadores.

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